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24 de marzo de 2014

La perspectiva del poder - Vaneigem



La perspectiva del poder


 El insignificante significado


Raoul Vaneigem

  
    La historia actual recuerda a ciertos personajes de dibujos animados, a los que una alocada carrera arrastra repentinamente por encima del vacío sin que se den cuenta, de modo que sólo la fuerza de su imaginación les permite flotar a tanta altura; pero cuando se aperciben de ello, caen inmediatamente.

    Al igual que los personajes de Bosustov, el pensamiento actual ha dejado de flotar por la fuerza de su propio espejismo. Lo que antes lo había elevado, hoy lo rebaja. A todo correr se lanza al encuentro de la realidad que lo romperá, la realidad cotidianamente vivida.


   ¿La lucidez que se anuncia posee una esencia nueva? No lo creo. La exigencia de una luz más viva sigue emanando de la vida cotidiana, de la necesidad, percibida por todos, de armonizar su ritmo de paseante y la marcha del mundo. Contienen más verdades las veinticuatro horas de la vida de un hombre que todas las filosofías. Ni un filósofo consigue ignorarlo, por más menosprecio con que se trate; y este menosprecio se lo enseña la consolación de la filosofía. A fuerza de girar sobre sí mismo, aupándose sobre sus hombros para lanzar más alto su mensaje al mundo, el filósofo acaba por captar este mundo al revés; y todos los seres y todas las cosas se encuentran al revés, cabeza abajo, para persuadirlo de que él es quien se encuentra de pie, en buena posición. No obstante permanece en el centro de su delirio; no comprenderlo sólo sirve para hacer más incómodo su delirio.

   Los moralistas de los siglos XVI y XVII reinan sobre un amasijo de banalidades, pero su cuidado por disimularlo es tan grande que edifican en torno a aquéllas todo un palacio de yeso y especulaciones. Un palacio ideal abriga y aprisiona la experiencia vivida. De ahí surge una fuerza de convicción y de sinceridad que el tono sublime y la ficción del “hombre universal” reaniman, pero con un perpetuo aliento de angustia. El analista se esfuerza por escapar de la esclerosis gradual de la existencia mediante una profundidad esencial; y cuanto más se abstrae de sí mismo, expresándose según la imaginación dominante de su siglo (el espejismo feudal en el que se unen indisociablemente Dios, el poder real y el mundo), tanto más su lucidez fotografía el rostro oculto de la vida y tanto más inventa la cotidianeidad.

   La filosofía de la Ilustración acelera el descenso hacia lo concreto a medida que lo concreto es de alguna manera llevado al poder con la burguesía revolucionaria. De las ruinas de Dios, el hombre cae a las ruinas de su propia realidad. ¿Qué ha ocurrido? Más o menos esto: diez mil personas están ahí persuadidas de haber visto elevarse la cuerda del faquir, mientras que otros tantos aparatos fotográficos demuestran que no se ha movido ni una sola pulgada. La objetividad científica denuncia la mistificación. De acuerdo, pero ¿qué muestra? Una cuerda enrollada que no tiene el menor interés. Me siento poco inclinado a escoger entre el placer dudoso de ser engañado y el aburrimiento de contemplar una realidad que no me concierne. Una realidad sobre la que no tengo influencia, ¿no equivale a la vieja mentira renovada, el último estadio de la mistificación?
   Ahora los analistas están en la calle. La lucidez no es su única arma. ¡Su pensamiento ya no corre el peligro de aprisionarse en la falsa realidad de los dioses ni en la falsa realidad de los tecnócratas!

  Las creencias religiosas ocultaban el hombre a sí mismo, su bastilla los encerraba en un mundo piramidal en el que Dios era la cumbre y el rey la altura. Ojalá hubiera aparecido en el 14 de Julio suficiente libertad sobre las ruinas del poder unitario para impedir que las propias ruinas construyeran una prisión. Bajo el velo lacerado de las supersticiones no apareció, como soñaba Meslier, la verdad desnuda, sino la liga viscosa de las ideologías. Los prisioneros del poder parcelario no tienen más recurso contra la tiranía que la sombra de la libertad.

   Ni un gesto, ni un pensamiento que no se enzarce hoy en la red de los tópicos. La lenta recaída de ínfimos fragmentos salidos del estallido del viejo mito esparce por doquier el polvo de lo sagrado, un polvo que enferma de silicosis el espíritu y la voluntad de vivir. Las presiones han pasado a ser menos ocultas, más groseras, menos poderosas, más numerosas. La docilidad ya no emana de una magia clerical, procede de una multitud de menudas hipnosis: información, cultura, urbanismo, publicidad, sugestiones condicionantes al servicio de todo orden actual y futuro. Es, atado el cuerpo por todas partes, Gulliver, tumbado en la orilla de Liliput, decidido a liberarse, paseando en torno a él su atenta mirada; el menor detalle, la menor aspereza del suelo, el menor movimiento, no hay nada que no revista la importancia de un índice del que dependerá su salvación. En lo familiar nacen las más seguras posibilidades de libertad. ¿Ocurrió alguna vez de manera distinta? El arte, la ética y la filosofía lo demuestran: bajo la corteza de las palabras y de los conceptos, aparece siempre la realidad viva de inadaptación al mundo, agazapada, pronta a saltar. Ya que ni los dioses ni las palabras consiguen hoy cubrirla púdicamente, esa banalidad se pasea desnuda por las estaciones y los solares; se os acerca a cada recoveco de vosotros mismos, os coge por el hombro, por la mirada; y comienza el diálogo. Hay que perderse en ella o salvarla consigo mismo.

    Demasiados cadáveres adornan los caminos del individualismo y del colectivismo. Bajos dos razones aparentemente opuestas reinaba un mismo bandolerismo, una misma opresión del hombre abandonado. Sabemos que la misma mano que sofoca a Lautreámont estrangula a Serguéi Esenin. Uno muere en el apartamento del propietario Jules-François Dupuis, otros se ahorca en un hotel nacionalizado. En todas partes se cumple la ley “no hay un arma de tu voluntad individual que, manejada por otros, no se vuelva inmediatamente contra ti”. Si alguien dice o escribe que ahora conviene sustentar la razón práctica en los derechos del individuo y sólo del individuo, se condena en sus opiniones si no incita inmediatamente a su interlocutor a sustentar por sí mismo la prueba de lo que acaba de decir. Ahora bien, dicha prueba sólo puede ser vivida y empuñada desde dentro. Por ello no hay nada en las notas siguientes que no deba ser experimentado y corregido por la experiencia inmediata de cada cual. Nada tiene tanto valor que no deba ser recomenzado, nada tanta riqueza que no deba ser enriquecido incesantemente.

   De la misma manera que se distingue en la vida privada entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que es y hace realmente, no hay nadie que no haya aprendido a distinguir entre la fraseología y las pretensiones mesiánicas de los partidos y su organización, sus intereses reales; entre lo que creen ser y lo que son. La ilusión que un hombre mantiene sobre sí mismo y sobre los demás no es básicamente distinta de la ilusión que grupos, clases o partidos alimentan en torno a sí y en sí mismos. Más aún, surgen de una única fuente: las ideas dominantes, que son las ideas de la clase dominante, incluso bajo su forma antagónica.

    El mundo de los ismos que envuelve a toda la humanidad o a cada ser en particular, no es más que un mundo privado de la realidad, una seducción terriblemente real de la mentira. El triple aplastamiento de la Comuna, del movimiento espartaquista y de Kronstadt la roja ha mostrado de una vez por todas a qué baño de sangre conducían tres ideologías de libertad: el liberalismo, el socialismo, el bolchevismo. No obstante, para que sea comprendido y admitido universalmente ha sido necesario que formas bastardas o amalgamadas de estas ideologías vulgaricen su atrocidad inicial mediante costosas demostraciones: los campos de concentración, la Argelia de Lacoste, Budapest. A las grandes ilusiones colectivas, hoy en día exangües a fuerza de haber hecho derramar sangre humana, suceden millares de ideologías parcelarias vendidas por la sociedad de consumo como otras tantas guillotinas portátiles. ¿Será precisa tanta sangre para demostrar que cien mil pinchazos de aguja matan tan certeramente como tres golpes de maza?

   ¿Qué tendría yo que hacer en un grupo de acción que me impusiera dejar en el vestuario no digo algunas ideas -pues serían mis ideas las que me inducirían a unirme al grupo en cuestión- sino los sueños y los deseos de los que jamás me separo, o una voluntad de vivir auténticamente y sin límites? Cambiar de aislamiento, cambiar de monotonía, cambiar de mentira, ¡qué más da! Donde la ilusión se convierte en insoportable. Ahora bien, éstas son las condiciones actuales: la economía no cesa de empujarnos a consumir más y más, a consumir sin tregua; el cambio de ilusión a un ritmo acelerado disuelve poco a poco la ilusión de cambio. Uno se encuentra solo, sin haber cambiado, congelado en el vacío producido por una cascada de gadgets, de Volkswagen y de pocket books.

    Las gentes sin imaginación se fatigan de la importancia conferida al confort, a la cultura, a las diversiones, a lo que destruye la imaginación. Lo cual significa que no se cansan del confort, la cultura o de las diversiones, sino del uso que de ellos se hace y que impide precisamente disfrutarlos.

    El estado de abundancia es un estado de vouyerismo. A cada cual corresponde su caleidoscopio: un ligero movimiento de los dedos y la imagen se transforma. Se gana de todas las maneras: dos frigoríficos, un Dauphine, la televisión, un ascenso, tiempo que perder...Después la monotonía de las imágenes consumidas toma ventaja, nos remite a la monotonía del gesto que las suscita, a la ligera rotación que el pulgar y el índice imprimen al caleidoscopio. No había un Dauphine sino tan sólo una ideología sin relación – o casi- con la máquina automóvil. Atiborrado de “Johnny Walker, el whisky de élite”, se padecía, en extraña mezcla, el efecto del alcohol y de la lucha de clases. Ya no hay nada de que extrañarse, ¡éste es el drama! La monotonía del espectáculo ideológico nos remite ahora a la pasividad de la vida, a la supervivencia.  Más allá de los escándalos prefabricados aparece un escándalo positivo, el de los gestos desprovistos de su sustancia en favor de una ilusión cuyo atractivo perdido hace cada día más odiosa. Gestos fútiles y apagados a fuerza de haber alimentado brillantes compensaciones imaginarias, gestos pauperizados a fuerza de enriquecer elevadas especulaciones donde entraban como criadas para todo, bajo la infamante categoría de trivial y banal, gestos ahora liberados y desfallecientes, dispuestos a extraviarse de nuevo, o a perecer bajo el peso de su debilidad. Helos aquí, en cada uno de vosotros, familiares, tristes, nuevamente entregados a la inmediata y móvil realidad, que es su medio espontáneo. Y contemplaos extraviados y entrampados en un nuevos prosaísmo, en una perspectiva donde lo próximo y lo lejano coincidan.


    Bajo una forma concreta y táctica, el concepto de lucha de clases ha constituido la primera reagrupación de los choques y desajustes vividos individualmente por los hombres; ha nacido del torbellino de sufrimientos que la reducción suscitaba en todas las sociedades industriales. Ha surgido de una voluntad de transformar el mundo y de cambiar la vida.

  Un arma así exigía un perpetuo reajuste. Y, en cambio, ¿no vemos ya como la I Internacional vuelve la espalda a los artistas, basando exclusivamente sobre las reivindicaciones obreras una programa que Marx, sin embargo, había demostrado hasta qué punto interesaba a todos los que buscaban, en su rechazo a ser esclavos, una vida rica y una humanidad total? ¿Acaso Lacenaire, Borel, Büchner, Baudelaire, Hölderlin no significaban también la miseria y su rechazo radical? En cualquier caso, el error reviste proporciones delirantes desde el momento en que, menos de un siglo más tarde, la explotación de la fuerza de trabajo está englobada en la explotación de la creatividad cotidiana. Una misma energía, arrancada al trabajador durante horas de fábrica o sus horas de ocio, hace girar las turbinas del poder, turbinas que los detentores de la vieja teoría lubrifican beatamente con su contestación formal.

   Los que hablan de revolución y de luchas de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y de positivo en el rechazo de las obligaciones, tienen un cadáver en la boca.
(...)


Fragmento - Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones - 
Raoul Vaneigem
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10 de marzo de 2014

Raoul Vaneigem



Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones - Fragmento -

Raoul Vaneigem


             No tengo la intención de entregar lo que hay de vivido en este libro a los lectores que no se esfuercen con toda su conciencia en revivirlo. Espero que lo que expongo se pierda y vuelva a aparecer en un movimiento general de los espíritus, de la misma manera que deseo fuertemente que las condiciones presentes se borren de la memoria de los hombres.
          
  El mundo está por rehacer: todos los especialistas de su reacondicionamiento no lograrán impedirlo. Por éstos, a quienes no quiero comprender, mejor no ser comprendido.

             En cuanto a los demás, pido su benevolencia con una humildad que no les pasará inadvertida. Hubiera deseado que un libro como éste fuera accesible a las cabezas menos avezadas a la jerga de las ideas. Espero no haber fracasado más que en un segundo grado. De este caos saldrán algún día fórmulas que se dispararán contra nuestros enemigos. Mientras tanto dejemos que la frase, una y otra vez leída, recorra su camino. La senda hacia la sencillez es la más compleja; aquí especialmente era útil no arrancar a las banalidades las múltiples raíces que permitirán trasplantarlas a otro terreno y cultivarlas en nuestro provecho.

            Nunca he pretendido revelar algo nuevo, lanzar cosas inéditas al mercado de la cultura. Una ínfima corrección de lo esencial tiene más importancia que cien innovaciones accesorias. Sólo es nuevo el sentido de lo corriente que acarrea banalidades.

           Desde que existen los hombres, y leen a Lautréamont, todo está dicho y, en cambio, son pocos quienes han llegado a sacar provecho. Ya que nuestros conocimientos son en sí banales, sólo pueden resultar provechosos a espíritus que no lo sean.

           El mundo moderno debe aprender lo que ya sabe, convertirse en lo que ya es, a través de una inmensa conjuración de obstáculos, por la práctica. Sólo se escapa a la banalidad manipulándola, dominándola, zambulléndola en el sueño, entregándola al placer de la subjetividad. Yo concedo una gran importancia a la subjetividad, pero que nadie me critique antes de haber calculado todas las posibilidades que, en favor de la subjetividad, encierran las condiciones objetivas que el mundo realiza cada día. Todo parte de la subjetividad y nada se detiene en ella. Hoy menos que nunca.

           La lucha de lo subjetivo y de lo que lo corrompe amplía en lo sucesivo los límites de la vieja lucha de clases. La renueva y la agudiza. La toma de partido por la vida es una toma de partido política. No queremos un mundo en el que la garantía de no morir de hambre equivalga al riesgo de morir de aburrimiento.
     
        El hombre de la supervivencia es el hombre torturado por los mecanismos del poder jerarquizado, en una combinación de interferencias, en un caos de técnicas opresivas que sólo esperan para ordenarse la paciente programación de los pensadores programados.
        El hombre de la supervivencia es también el hombre unitario, el hombre del rechazo total. No transcurre un instante sin que cada uno de nosotros no viva contradictoriamente y, en todos los grados de la realidad, padezca el conflicto entre la opresión y la libertad; sin que no sea extrañamente deformado y como apresado al mismo tiempo por dos perspectivas antagónicas: la perspectiva del poder y la perspectiva de la superación.

      Consagrados al análisis de una y otra, las dos partes que componen este Tratado... requerirían ser abordados no sucesivamente, como lo exige la lectura, sino simultáneamente, puesto que la descripción de lo negativo fundamenta el proyecto positivo, y a su vez, el proyecto positivo confirma la negatividad. El mejor orden de un libro es no tenerlo, con el fin de que el lector descubra el suyo.

     Lo que hay de deficiente en la escritura refleja también una deficiencia en el lector en cuanto lector y más aún en cuanto hombre. Si la dosis de aburrimiento que comporta el escribir se traduce en cierto modo en el enojo de leer, esto sólo constituirá un argumento más para denunciar la deficiencia en el vivir. Por lo demás, que la gravedad de los tiempos excuse a la gravedad del tono. La ligereza está siempre más acá o más allá de las palabras. La ironía, aquí, consistirá en no olvidar nunca.


    El tratado...entra en una corriente de agitación de la que se sigue oyendo hablar. Lo que se expone es una simple contribución, entre otras cosas, a la reedificación del movimiento revolucionario internacional. Su importancia no debe escapar a nadie, pues nadie, con el tiempo, escapará a sus conclusiones.



3 de marzo de 2014

Herbert Marcuse





Herbert Marcuse (1898-1979)


Marcuse reformula desde el pensamiento crítico una teoría de la liberación individual y social, de ruptura con los moldes represivos de la cultura burguesa, como expresión humanizada de las ideologías de emancipación social, que la URSS había desvirtuado en las prácticas del proyecto socialista. Marcuse, que se mueve entre los pensamientos de Marx y Freud, denuncia la teoría cultural de Freud por pesimista, y entiende la cultura no como sublimación represiva, sino como la libre expresión del eros, el principio del placer y de la dimensión lúdica. Su visión estuvo estrechamente relacionada con los movimientos generacionales y contraculturales de los años 60.


Para Marcuse, los medios de comunicación y las industrias culturales, así como las expresiones de la publicidad comercial, reproducen y socializan en los valores el sistema dominante y amenazan con eliminar el pensamiento y la crítica. Los efectos de esta orientación mediática crean un escenario de cultural cerrado, 'unidimensional', que propicia una especie de pensamiento único y determina la conducta del individuo en la sociedad. Los medios crean una estructura de dominación, bajo la apariencia de una 'conciencia feliz' que inhibe la posibilidad de cambio hacía la liberación. Los medios de comunicación, a través de un lenguaje informal, no dan explicaciones ni ofrece conceptos, sino que aporta imágenes. Descontextualiza, niega la referencia histórica. Lejos de moverse entre la verdad o la mentira, se limita a imponer un modelo.


Las posiciones y propuestas de Marcuse suscitaron amplias críticas en América y Europa, tanto desde los planteamientos ideológicos conservadores como desde el pensamiento marxista y anarquista.


En 1941 se integró en los servicios secretos del Departamento de Estados norteamericano, guiado por su compromiso político contra los fascismos europeos. Después de la Segunda Guerra Mundial trabajó en el Instituto de Investigaciones sobre Rusia, de la Universidad de Harvard. Regresó a la producción intelectual con la edición de Eros y Civilización (1955) y Marxismo Soviético (1958). 


Dejó la Universidad de Harvard, por discrepancias de la dirección con sus trabajos, y, en 1958, comenzó a impartir docencia en la Brandeis University, que también abandonó, en 1964, tras la publicación de El hombre unidimensional. Ingresa entonces en la californiana Universidad de Berkeley, que pasaba por ser la más liberal de los Estados Unidos. Allí se convierte en el referente ideológico de los movimientos estudiantiles. 

En los últimos tiempos de su vida regresó a Alemania, donde falleció en Stamberg en 1979.



Biografía

Nació en 1898 en Berlín, Alemania. Sirvió en el ejército germano en la Primera Guerra Mundial. Estudió en la Universidad de Friburgo, donde se doctoró en Literatura en 1922. Seis años más tarde volvió a la Universidad para estudiar Filosofía con Martin Heidegger, que dirigió su tesis sobre Hegel. En 1933 se trasladó a Francfort, para trabajar en el Institut Sozialforschung, identificándose con los proyectos interdisciplinares del instituto, con el desarrollo de la teoría crítica, cerca de figuras como Horkheimer y Adorno. En 1934, su condición radical y el origen familiar judío le llevó a huir del nazismo, exiliándose en los Estados Unidos, donde se reencontraron los pensadores del Institut, dando vida en la Universidad de Columbia a la Escuela de Francfort. Allí, durante una década, trabajó en la divulgación del pensamiento dialéctico en los Estados Unidos, con una significativa influencia en el espacio académico.


En 1941 se integró en los servicios secretos del Departamento de Estados norteamericano, guiado por su compromiso político contra los fascismos europeos. Después de la Segunda Guerra Mundial trabajó en el Instituto de Investigaciones sobre Rusia, de la Universidad de Harvard. Regresó a la producción intelectual con la edición de Eros y Civilización (1955) y Marxismo Soviético (1958). 


Dejó la Universidad de Harvard, por discrepancias de la dirección con sus trabajos, y, en 1958, comenzó a impartir docencia en la Brandeis University, que también abandonó, en 1964, tras la publicación de El hombre unidimensional. Ingresa entonces en la californiana Universidad de Berkeley, que pasaba por ser la más liberal de los Estados Unidos. Allí se convierte en el referente ideológico de los movimientos estudiantiles. 


En los últimos tiempos de su vida regresó a Alemania, donde falleció en Stamberg en 1979.


Sus principales libros: Reason and Revolution, Oxford University Press, New York, 1941; Eros and Civilization, Beacon Press, Boston, 1955; Soviet Marxism, Columbia University Press, New York, 1958;One Dimensional Man, Beacon Press, Boston, 1964;Negations, Beacon Press, Boston, 1968; An Essay on Liberation, Beacon Press, Boston, 1969;Counterrevolution and Revolt, Beacon Press, Boston, 1972; Studies in Critical Philosophy, Beacon Press, Boston, 1973; The Aesthetic Dimension, Beacon Press, Boston, 1978.



Obra:
·        Acerca de los fundamentos filosóficos del concepto científico-económico del trabajo (1933)
·        The Struggle Against Liberalism in the Totalitarian View of the State (1934)
·        Razón y revolución (1941)
·        Eros y Civilización (1955)
·        El marxismo soviético (1958)
·        El hombre unidimensional (1964)
·        Tolerancia represiva (1965)
·        Cultura y Sociedad (1967)
·        Acerca del carácter afirmativo de la cultura (1967)1
·        El final de la Utopía (1968)
·        La sociedad industrial y el Marxismo (1968)
·        Un ensayo sobre la liberación (1969)
·        Psicoanálisis y política (1969)
·        Ética de la Revolución (1970)
·        La Sociedad Opresora (1972)
·        Contrarrevolución y Revuelta (1972)
·        The Aesthetic Dimension (1978)
·        La agresividad en la sociedad industrial avanzada. Y Otros Ensayos (1979)
·        Introducción a la terminología financiera (1988)
·        Protosocialism and Latecapitalism. Toward a theoretical synthesis Based on Bahro's Analysis
·        Guerra, tecnología y fascismo. Textos Inéditos. (2001)







Eros y civilización

Eros y civilización parte de la tesis sustentada por Freud –particularmente en El malestar de la cultura- de que la civilización necesita una rígida restricción del “principio del placer”. Pero a la luz de la propia teoría freudiana, y basándose en las posibilidades de la civilización llegada a madurez, Herbert Marcuse aduce que la existencia misma de ésta depende de la abolición gradual de todo lo que constriña las tendencias instintivas del hombre, del fortalecimiento de los instintos rivales y de las liberaciones del poder constructivo de Eros. Piensa Marcuse que los logros alcanzados por las culturas occidentales han creado ya los prerrequisitos para el surgimiento de una civilización no represiva, y señala las tendencias sociológicas y psicológicas que actúan en ese sentido. Esto lo lleva a un replanteamiento de la teoría freudiana en pugna con las escuelas neofreudianas (Eric Fromm, Karen Horney, Harry Stack Sullivan), que, en su opinión, han abandonado algunos de los descubrimientos más decisivos de la teoría psicoanalítica. "Eros y civilización, no nos saca de la utopía. Utopía de una civilización no represiva, de una sexualidad transformada en Eros creador






El hombre unidimensional


El hombre unidimensional es un análisis de las sociedades occidentales que, bajo un disfraz seudodemocrático, esconden una estructura totalitaria basada en la explotación del hombre por el hombre. La obra se basa en dos hipótesis aparentemente contradictorias. De un lado, Marcuse afirma que la sociedad industrial avanzada es capaz de reprimir todo cambio cualitativo. Por otro lado, parece prevalecer la hipótesis que quiere que en esta sociedad existan fuerzas capaces de poner fin a la represión y de hacer explotar las mortales contradicciones que laten en su seno.



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10 de febrero de 2014

Hedonismo: Julien de la Mettrie



 IDEAS DE JULIEN OFFRAY DE LA METTRIE (1709-1751)






El hombre feliz


He aquí el objeto desechado por el pensamiento del Iluminismo: Julien Offray de La Mettrie. Sus obras fueron prohibidas. El mismo, por ellas, fue desterrado de Francia y, después, el olvido. En el contenido de sus textos y, sobre todo, en la imposibilidad de ceñirles un sentido –¿cínicos?, ¿irónicos?– es válido explorar la subjetividad que, dos siglos y medio después, ha venido a emerger.

Vivir tranquilo, sin ambición, sin deseo; usar la riqueza sin gozar por el hecho de tenerla; conservarla sin inquietud, perderla sin pena, gobernarla en lugar de ser su esclavo. No turbarse ni dejarse conmover por ninguna pasión –incluso carecer de ellas. Estar contento tanto en la miseria como en la opulencia, en el dolor como en el placer; tener un alma fuerte y sana en un cuerpo débil y enfermo; no tener temores ni terrores; despojarse de toda inquietud; desdeñar los placeres y la voluptuosidad; aceptar el placer y la riqueza sin buscarlos; depreciar la vida misma; en fin, alcanzar la virtud por el conocimiento de la verdad: en esto consiste el soberano bien de Séneca y de los estoicos en general, y la felicidad perfecta que le es ajena. ¡Qué anti-estoicos seremos!

Ellos son filósofos tristes, severos, duros; nosotros seremos alegres, dulces, complacientes. Todo alma, ellos hacen abstracción de su cuerpo; todo cuerpo, nosotros haremos abstracción de nuestra alma. Ellos se muestran inaccesibles al placer y al dolor; nosotros nos gloriamos de sentir una cosa y la otra. Esforzándose en lo sublime, ellos se elevan por encima de los acontecimientos y no creen ser verdaderamente hombres hasta que no cesan de serlo. Nosotros, no dispondremos en absoluto de lo que nos gobierna, ni ordenaremos nada a nuestras sensaciones: reconociendo su imperio y nuestra esclavitud, trataremos de serles agradables, persuadidos de que es allí donde yace la felicidad de la vida. En fin, nos creeremos tanto más felices cuanto más hombres seamos –o más dignos seamos de serlo. Cuanto más sintamos la humanidad, la naturaleza y todas las virtudes sociales, no admitiremos otras –ni otra vida que no sea ésta.

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Nuestros órganos son susceptibles de un sentimiento o una modificación que nos gusta y nos hace amar la vida. Si la impresión de ese sentimiento es breve, se trata del placer; si más larga, de la voluptuosidad; si permanente, de la felicidad. Es siempre la misma sensación que sólo difiere por su duración y su vivacidad. Agrego esto, porque no hay soberano bien más exquisito que el gran placer del amor, que tal vez lo constituye.
Mientras más durable, delicioso, halagador, no interrumpido ni turbado por nada es ese sentimiento, más se es feliz.
Mientras más breve y vivo, más posee la naturaleza del placer.
Mientras más largo y tranquilo, más se aleja de él y se aproxima a la felicidad.
Mientras más inquieta, agitada y atormentada está el alma, más se le escapa la felicidad.

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Admito que es posible ser feliz por no hacer nada que provoque remordimientos. Pero de ese modo nos abstenemos de lo que causa placer, de lo que la naturaleza pide, de lo que la hace sufrir si no se escucha su voz. Nos abstenemos de mil cosas que no nos podemos impedir desear y amar. No se trata más que de una felicidad infantil, fruto de una educación mal entendida y de una imaginación turbada. En tanto, no privándonos de las miles de atracciones y de las miles de dulzuras que, sin hacer daño a nadie, producen un gran bien en quienes las experimentan, sabiendo que es pura puerilidad arrepentirse del placer que se ha experimentado, se alcanzará la felicidad real y positiva, una felicidad razonable que no será corrompida por remordimiento alguno.

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Me atrevo a incluir la felicidad orgánica entre los efectos de la estructura del cuerpo humano. Ha sido dada a esos felices mortales que, para ser, sólo tienen necesidad de sentir, a esos felices temperamentos, a esos beatos de los que se habla todos los días, cuya constitución es tal que la pena, el infortunio, la enfermedad, los dolores mediocres, la pérdida de lo que más se quiere, todo lo que aflige a los demás, en fin, se desliza sobre su alma sin apenas rozarla. El mismo acontecer fortuito, la circulación misma, el mismo juego de sólidos y de fluidos que hace al genio feliz o al espíritu limitado, hace también al sentimiento que nos vuelve felices o desdichados. La felicidad no tiene otra fuente, como nos lo enseña la uniformidad de la naturaleza. ¡Qué admirable es en esto la predilección! Aquel a quien ella favorece hasta ese punto, contento con lo estrictamente necesario, no recuerda más que él ha nadado –¡qué digo!–, que se ha sumergido en lo superfluo.

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Nada prueba mejor que se trata de una felicidad de temperamento que todos esos ignorantes felices, todos esos imbéciles que cada uno conoce, mientras que tantas personas de espíritu son desdichadas. Pareciera que el espíritu tortura al sentimiento. También los animales corroboran este sistema. Cuando tienen buena salud y sus apetitos están satisfechos, experimentan el agradable sentimiento que va unido a esa satisfacción, y por consiguiente se trata de una especie feliz a su manera.

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¡Cuántos hombres estúpidos de los que se sospecha reflexionan menos que un animal son perfectamente felices! La reflexión aumenta el sentimiento pero no lo proporciona, al igual que la voluptuosidad no hace nacer el placer. ¡Ay!, ¿debemos aprobar esta facultad? Ella acude todos los días y se ejerce, por así decirlo, tan a contrapelo que aplasta el sentimiento y lo destruye todo. Ya sé que cuando se es feliz por causa suya y cuando ella se encuentra en el origen del hilo recto de nuestras sensaciones, se lo es más. El sentimiento es estimulado por esta especie de aguijón. Pero en caso de desdicha, tomada en sentido ordinario, ¡qué facultad más cruel y más funesta! Es el veneno de la vida. Muchas veces, la reflexión es casi un remordimiento. Al contrario, un hombre contento por su instinto, lo está siempre sin saber cómo ni por qué y sin ningún gasto. No ha sido más costoso hacer esta máquina que la del animal.

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¿Ciertos remedios no son acaso una prueba de esa felicidad que denomino orgánica, automática, o natural, en la que el alma no tiene nada que ver y no tiene en ello mérito alguno, en la medida en que es independiente de la voluntad? Quisiera hablar de esos estados dulces y tranquilos proporcionados por el opio, en los que se querría permanecer toda una eternidad; verdaderos paraísos del alma si fueran permanentes: estados bienaventurados que sin embargo no tienen otro origen que la pacífica igualdad de la circulación, y una expansión dulce y medio paralítica de las fibras sólidas. ¡Qué maravilla es capaz de producir un solo grano de jugo narcótico agregado a la sangre y fluyendo con ella en los vasos! ¡Con qué magia nos comunica más felicidad que todos los tratados de los filósofos! ¡Y cuál sería el destino de alguien que estuviera organizando toda su vida tal como lo está mientras actúa ese remedio divino! ¡Qué feliz sería!

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Los sueños, que no tienen necesidad de opio para ser con frecuencia muy agradables, confirman la misma cosa. Del mismo modo que un objeto amado se pinta mejor cuando está ausente que cuando está presente, porque la realidad ofrece a la imaginación límites que ella no conoce cuando está abandonada a sí misma, por esa misma razón las pinturas son más vivas en el sueño que en la vigilia. El alma, que durante ese tiempo no está distraída con nada, completamente librada al tumulto interior de los sentidos, experimenta mejor y más intensamente los placeres que la penetran. Recíprocamente, se halla más alarmada y más asustada por los espectros que se forman en el cerebro durante la noche, y que nunca son tan espantosos durante la vigilia porque los objetos externos los descartan inmediatamente: sueños sombríos a los que están sometidos aquellos cuya imaginación, siempre en duelo, por así decirlo, durante el día se alimenta sólo de ideas tristes, lúgubres o siniestras, en lugar de ahuyentarlas tanto como sea posible.

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Puede observarse que la ilusión misma, sea producida por medicamentos o por sueños, es la causa real de nuestra felicidad o desdicha maquinal: de manera que si tuviera que elegir entre ser desdichado durante la noche y feliz durante el día, tal vez la elección me pondría en dificultades. ¿Pues qué me importa en qué estado está mi cuerpo cuando me hallo descontento, inquieto, apenado, desolado? Si en el íncubo no hay ningún peso sobre mi pecho, ¿experimenta mi alma menos la pesadilla? Y aunque esos objetos encantadores que me procuran un sueño delicioso no estén efectivamente conmigo, no por eso yo dejo de estar con ellos. No siento menos los mismos placeres que si estuvieran presentes.

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Si la naturaleza nos engaña para provecho nuestro, ¡que nos siga engañando siempre! Sirvámonos de la razón para extraviarnos, si así podemos ser más felices. Quien ha encontrado la felicidad ha encontrado todo.

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Pero el que ha encontrado la felicidad no la ha buscado. No se busca lo que se tiene; y lo que no se tiene no se lo tendrá jamás.


* Fragmentos del libro “Discurso sobre la felicidad” de Julien De La Mettrie

Fuente: Pagina 12


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3 de febrero de 2014

Epicuro & felicidad






Epicuro sobre la Felicidad en su Carta a Meneceo



Por Charlie Boyle


No son muchos los que hablan de felicidad, de cómo lograrla; tampoco los que intentan definirla, salvo en términos místicos o religiosos. Epicuro filosofa sobre el tema y desarrolla sus puntos de vista principalmente en su Carta a Meneceo en donde expone un conjunto de axiomas para lograr la felicidad a través de la razón.
“Hay que estudiar los métodos de alcanzar la felicidad, porque, cuando la tenemos, lo tenemos todo, y cuando no la tenemos lo hacemos todo para conseguirla.”

Nos dice que hay una relación directa entre el estudiar los métodos de la felicidad y el filosofar, pero para lograrlo, el ser humano no cuenta en su vida con un momento determinado para hacerlo, sino que esta búsqueda lo deberá acompañar a lo largo de toda su vida.  Su método se basa en cuatro distinciones:


Primero: La cuestión de los dioses

Acepta la existencia de los dioses que habitan en un espacio celeste sin tiempo ni limitaciones, pero acto seguido advierte que la opinión de la multitud no pertenece a ese orden angélico  en disonancia con aquel “Vox populi, vox dei”. Acepta a quién niega a algún dios en particular,  pero reniega de quienes asignan a los dioses la opinión de la multitud. Dice:
“No es impío el que niega los dioses del común de los hombres, sino al contrario, el que aplica a los dioses las opiniones de esa mayoría. Porque las afirmaciones de la mayoría no son anticipaciones, sino conjeturas engañosas. De ahí procede la opinión de que los dioses causan a los malvados los mayores males y a los buenos los más grandes bienes.”
En esta máxima explica la lógica de lo que él califica como proceso impío que se produce a partir de que la multitud hace una transferencia sobre lo que está bien y lo que está mal desde la opinión pública terrenal hacia lo divino. Estos conceptos que se acuñan en el seno de la opinión de la multitud, mediante este mecanismo que él repudia, son transferidos luego como opinión divina de “los dioses”. Los malvados son reprendidos por los dioses simplemente porque éstos castigan lo que es malo para la multitud.
 
Por otro lado al no estar centralizado en un solo dios el sistema místico de los griegos, como sí ocurre con en el de los judíos, y por el contrario constituían una red distribuida en donde los mismos dioses interaccionaban entre sí, no había una única pauta ética ni  rito o adoración definido y unificado para practicar el culto, sino que había múltiples, por lo que de esta manera era mas posible que la voluntad de los dioses este en concordancia con la de la multitud. Incluso había semi dioses que cumplían  funciones intermedias entre lo celeste y lo terrestre. De allí que a Epicuro le quedara claro que lo que estaba bien para la multitud estaría bien para los Dioses y esto lo afirma de una manera contundente:
“La multitud, acostumbrada a sus propias virtudes, sólo acepta a los dioses conformes con esta virtud y encuentra extraño todo lo que es distinto de ella.”
De esta manera la voluntad de los dioses se basa en el ethos de la multitud que es transferida a la esfera celeste, más allá de la voluntad de los propios dioses y eso es lo que Epicuro considera impío. En una primera instancia la multitud selecciona y se acostumbra a sus propias virtudes. Este Ethos, surge de una moral local, de una ley de morada a la que la multitud se deberá ajustar para poder convivir. La incorpora como natural y se coordina para asimilarla como virtud. Antes de virtud primero es una coordinación en el obrar bien, una fuente de bienestar para la multitud y por lo tanto de felicidad, luego es una moral, al convertirse en ley de la morada local, luego es un ethos al convertirse en global, para finalmente convertirse en fe religiosa cuando es transferida como característica propia de alguna deidad en particular. Esto se podría considerar de una manera diferente: de las múltiples opciones que ofrecía el politeísmo griego, la multitud se apropiaba solo de los dioses que estaban en concordancia con su propio ethos, de allí que parecería que es la opinión de la multitud la que le asigna a los dioses las virtudes humanas en una especie de elección darwiniana de los distintos cultos.
De esta manera la multitud: acepta sólo a los dioses conformes a su virtud y rechaza a todos los que son distinta a ella. Es por eso que sea lógico que en un sistema politeísta los dioses compitan entre sí, uniéndose, sintetizandose o anulándoese entre ellos.

Como consecuencia de este proceso, que se inicia con la mera coordinación de multitud en función del bienestar común, al final de su evolución concluye convirtiéndose en una cuestión de fe y de culto. La coordinación en función del bienestar de la multitud converge hacia lo divino.
Epicuro reniega de este proceso en el que creían la mayoría de los hombres y mujeres de su época. Para él se podía aceptar o rechazar a un dios determinado como un todo, lo que no aceptaba era transferirles a ellos las virtudes propias de los humanos, categoría ética que como se mostró era exactamente lo mismo visto desde otra óptica.

 
Segundo: El concepto de la muerte.

En segundo lugar Epicuro nos habla de la muerte como un límite para los cuerpos sensibles, las concepciones sobre el bien y el mal parten de las sensaciones por lo que ya no existirán luego de la muerte, en consecuencia no habría por qué temerle a la muerte ya que toda sensación corresponde a la esfera de lo vivo.
“Un conocimiento exacto de este hecho, que la muerte no es nada para nosotros, permite gozar de esta vida mortal evitándonos añadirle la idea de una duración eterna y quitándonos el deseo de la inmortalidad. Pues en la vida nada hay temible para el que ha comprendido que no hay nada temible en el hecho de no vivir. Es necio quien dice que teme la muerte, no porque es temible una vez llegada, sino porque es temible el esperarla. Porque si una cosa no nos causa ningún daño con su presencia, es necio entristecerse por esperarla.”
Negando la continuidad de la vida mas allá de la muerte nos sitúa en un pragmatismo que nos obliga a resolver nuestra existencia en el aquí y ahora, entendiendo que el gozo de la felicidad se sitúa precisamente en estas coordenadas espaciotemporales, quitándonos de esta manera el fantasma de muerte en su doble incidencia sobre nuestras vidas: como miedo a lo desconocido, miedo a la vida después de la vida, si efectivamente creemos que hay vida mas allá de la muerte; y como miedo a una muerte que se nos aproxima instante a instante pero que nos sorprenderá  en momento totalmente indeterminado. Remata este concepto con esta sentencia:
“Así pues, el más espantoso de todos los males, la muerte no es nada para nosotros porque, mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos”
Nos advierte que
“igual que no es la abundancia de los alimentos, sino su calidad lo que nos place, tampoco es la duración de la vida la que nos agrada, sino que sea grata”.[…], y que “conviene recordar que el futuro ni está enteramente en nuestras manos, ni completamente fuera de nuestro alcance, de suerte que no debemos ni esperarlo como si tuviese que llegar con seguridad, ni desesperar como si no tuviese que llegar con certeza”.
Vivir con intensidad el presente sin preocuparnos por lo que nos va a pasar en el futuro, parecería ser la clave hacia la felicidad según Epicuro. Sin embargo nos advierte que  de alguna manera también somos artífices de ese futuro.

Tercero : Sobre los deseos y la autarquía.

En tercer lugar hace una distinción entre los deseos. Distingue dos grandes categorías que luego volverá a subdividir: los naturaleslos vanos, de los vanos no se ocupa, de los otros dice que:
“unos son necesarios y los otros sólo naturales […] necesarios para la vida misma; y que de los necesarios: unos son necesarios para la felicidad, otros para la tranquilidad del cuerpo… […] todas nuestras acciones tienen como fin evitar a la vez el sufrimiento y la inquietud. […] buscamos el placer solamente cuando su ausencia nos causa un sufrimiento. Cuando no sufrimos no tenemos ya necesidad del placer.”

Luego entra en la descripción de lo que consideramos es el núcleo duro de su filosofía:
“Por ello decimos que el placer es el principio y el fin de la vida feliz. Lo hemos reconocido como el primero de los bienes y conforme a nuestra naturaleza, él es el que nos hace preferir o rechazar las cosas, y a él tendemos tomando la sensibilidad como criterio del bien. Y puesto que el placer es el primer bien natural, se sigue de ello que no buscamos cualquier placer, sino que en ciertos casos despreciamos muchos placeres cuando tienen como consecuencia un dolor mayor. Por otra parte, hay muchos sufrimientos que consideramos preferibles a los placeres, cuando nos producen un placer mayor después de haberlos soportado durante largo tiempo. Por consiguiente, todo placer, por su misma naturaleza, es un bien, pero todo placer no es deseable. Igualmente todo dolor es un mal, pero no debemos huir necesariamente de todo dolor. Y por tanto, todas las cosas deben ser apreciadas por una prudente consideración de las ventajas y molestias que proporcionan.”
El placer aquí no se entiende como una estimulación erótica, sino por el contrario, como una inhibición a esa emoción. El placer no es una estimulación en si misma sino una forma de alcanzar la salud del cuerpo y la ataraxia del alma. Una suerte de equilibrio dinámico entre necesidades naturales de los cuerpos y de las almas y las disponibilidades realmente existentes a nuestro alcance, que puedan satisfacerlas.

En este sentido el equilibrio entre necesidades genuinamente naturales tratadas como deseos y su correspondiente satisfacción es la norma de la que Epicuro se vale como la base un sistema económico aplicable a todos los otros bienes materiales.
De allí que cuanto mayor y mas estable sea ese equilibrio, nuestras necesidades podrán ser satisfechas de una forma mas completa y en consecuencia seremos mas felices. Al reducir nuestras necesidades a las necesidades de la naturaleza de los cuerpos y del espíritu, estaremos limitando nuestra dependencia de otro y/o de los otros a los momentos de real necesidad por escasez.
“A nuestro entender la autarquía es un gran bien. No es que debamos siempre contentarnos con poco, sino que, cuando nos falta la abundancia, debemos poder contentarnos con poco, estando persuadidos de que gozan más de la riqueza los que tienen menos necesidad de ella, y que todo lo que es natural se obtiene fácilmente, mientras que lo que no lo es se obtiene difícilmente. Los alimentos más sencillos producen tanto placer como la mesa más suntuosa, cuando está ausente el sufrimiento que causa la necesidad; y el pan y el agua proporcionan el más vivo placer cuando se toman después de una larga privación. El habituarse a una vida sencilla y modesta es pues un buen modo de cuidar la salud y además hace al hombre animoso para realizar las tareas que debe desempeñar necesariamente en la vida. Le permite también gozar mejor de una vida opulenta cuando la ocasión se presente, y lo fortalece contra los reveses de la fortuna. Por consiguiente, cuando decimos que el placer es el soberano bien, no hablamos de los placeres de los pervertidos, ni de los placeres sensuales, como pretenden algunos ignorantes que nos atacan y desfiguran nuestro pensamiento. Hablamos de la ausencia de sufrimiento para el cuerpo y de la ausencia de inquietud para el alma. Porque no son ni las borracheras ni los banquetes continuos, ni el goce de los jóvenes o de las mujeres, ni los pescados y las carnes con que se colman las mesas suntuosas, los que proporcionan una vida feliz, sino la razón, buscando sin cesar los motivos legítimos de elección o de aversión, y apartando las opiniones que pueden aportar al alma la mayor inquietud.”

Cuarto: La razón como fuente de sabiduría y de medida.

De esa manera Epicuro nos introduce al cuarto elemento a tener en cuenta para lograr la felicidad. La razón será la que nos diferenciará de los animales en la búsqueda de los motivos legítimos para elección o de aversión de lo bueno, apartando de nosotros las opiniones que puedan aportar al alma una mayor inquietud.
“El mayor bien, es la sabiduría. […], porque es la fuente de todas las virtudes y nos enseña que no puede llegarse a la vida feliz sin la sabiduría, la honestidad y la justicia, y que la sabiduría, la honestidad y la justicia no pueden obtenerse sin el placer. En efecto, las virtudes están unidas a la vida feliz, que a su vez es inseparable de las virtudes.”
La filosofía sobre la felicidad de Epicuro se basa en la carta a Meneceo que se resume acá, sin embargo es en las Máximas Capitales donde dedica dos de ellas a otro tema fundamental que también se desprende de la razón que es el bien de la amistad. Dice en sus Máximas  27 y 28:
27 “ De los bienes que la sabiduría ofrece para la felicidad de la vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad.”
28 “El mismo conocimiento que nos ha hecho tener confianza en que no existe nada terrible eterno ni muy duradero, nos hace ver que la seguridad en los mismos términos limitados de la vida consigue su perfección sobre todo por la amistad.”