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27 de enero de 2014

Video: Onfray - Hedonismo libertario por Luis Diego Fernández


Curso Michel Onfray “Un Hedonismo Libertario”


 Clase I Ateísmo e Inmanencia



Lic. Luis Diego Fernández

Escuela de Filosofía de Buenos Aires


Más info: 
http://www.efescueladefilosofia.blogspot.com.ar/


6 de marzo de 2013

derecho x Onfray





La curvatura del derecho



Por Michel Onfray



Cuando era un joven estudiante y trabajaba en mi tesis de filosofía política y jurídica, mi directora y yo chocábamos sobre casi todos los actores: nunca sobre aquellos que ella no llevaba en su corazón- Helvetius, Marx, Nietzche-, puesto que ella quería a aquellos que yo abominaba – Hobbes, Kant, Montesquieu…- Tampoco estábamos de acuerdo cuando leíamos a tal o cual al que ambos queríamos. Así sucedía con La Boétie, que mientras que para ella era legitimista, yo la veía como el padre de todas las resistencias, ¡por lo tanto el inventor del temperamento libertario! Pero yo amaba su rectitud y su gusto por el trabajo bien hecho, y era sensible a su deseo de conducirme en la historia de las ideas.

Hoy pienso a menudo en nuestras discusiones. Especialmente sobre la cuestión del derecho. Puesta en Platónica, ella lo veía bajado del cielo, como un substituto laico de Dios. Era una devota de la Ley porque una sociedad sin ley es la anarquía, el peor de los males. Yo me oponía al Derecho y a la Ley, puesto que como marxista las veía como una regla impuesta por las potencias para legitimar su dominación y su ascendiente sobre los desposeídos, los débiles –sus víctimas- Y persisto en este análisis.

La prueba de lo que planteo se encuentra en la historia del derecho. Como cuando el Código teodosiano (435 d.C.) promulga leyes que legitiman la persecución, el despojo, la detención, la tortura y la pena de muerte para los herejes y los paganos, cuyo error consiste en no amar al prójimo del mismo modo que sus perseguidores; igualmente con el Código Negro (1685), que legaliza la explotación, la deportación, la sumisión de los millones de africanos y de antillanos transformados en ganado por la necesidad del colonialismo de los comerciantes de la época; como las leyes antisemitas nacionalsocialista de(1933) o de Vichy (1940), que dictan el derecho a la expoliación, a golpear, a deportar a los campos, a transformar en sub-hombres a aquellos que no tienen la dicha de ser arios, blancos, heterosexuales, cristianos de derecha…

De modo que soy menos celoso de una Justicia definida por el Derecho y la Ley que de una Justicia expresada más allá de la positividad jurídica, siempre puesta en movimiento para justificar y legitimar el poder de los poderosos y luego convertir en ilegal e ilegítima la insumisión de los potencialidades rebeldes. Contra la Justica legal y sus palacios, sus hombres llamados de ley – tan a menudo por encima de ella-, prefiero una Justicia que nos devuelva a la equidad. ¿La equidad? Aquella que vuele a cada uno según el principio de una justicia natural, independientemente de las cristalizaciones políticas y jurídicas del momento. Obviamente, esta naturaleza no proviene del derecho natural de los cristianos, que esconden bajo esa expresión el poder supremo de su Dios; ella nombra, mas bien, aquello que desagrada, despierta la cólera, estremece y promueve la camaradería con los desheredados, los desamparados, los olvidados, los simples, los desperdicios del sistema liberal.

El sentimiento de esta justicia a pesar del derecho se expresa ante los quince mil muertos provocados por la ola de calor y cuyo error fue ser viejos y no tener poder; se manifiesta en la presencia de los obreros despedidos por sus empleadores, que parten a hacer estragos a otra parte con los bolsillos repletos de indemnizaciones suculentas; surge ante el espectáculo de los anónimos que en invierno mueren de frío por decenas en los sótanos y en las veredas; existe ante las guerras llevadas a cabo por el imperialismo estadounidense, movido por el interés del dinero; actúa, si se considera a las prisiones, en donde la sociedad animaliza a aquellos a quienes luego les reprocha ser bestias. Para esta Justicia no es necesario convocar al Derecho. Alcanza con actuar contra la Ley, siempre llamada a caducar.


Fuente: “La Filosofía Feroz”, pp.76.79 Libros del Zorzal, Buenos Aires 2007.


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21 de febrero de 2013

"Nietzsche: Se Créer Liberté" Comic (como el de Kelsen de Warat...)



Nietzsche en cómic

Nietzsche: Se Créer Liberté. Es un libro de historietas sobre Nietzsche, publicado en Francia (2010). Los dibujos son obra del joven y talentoso artista Maximilien Le Roy (Hosni), y el guión pertenece al famoso filósofo Michel Onfray (ambos franceses).

El origen de este libro es muy interesante: De alguna forma el artista Le Roy topó con un viejo guión para cine de Onfray, que trataba sobre Nietzsche. El dibujante se comunicó con el filósofo francés, por medio de correos electrónicos, y le propuso adaptar su guión al formato de historietas –Le Roy le comenta que el cómic es el “cine de los pobres”–. Onfray aceptó el proyecto y pusieron manos a la obra.

Ambos trabajaron, según cuenta Michel Onfray, con mucha seriedad y un escrupuloso apego a la verdad histórica. El dibujante viajó y fotografió varios lugares por donde estuvo Nietzsche (Sils-Maria, Portofino, Rapallo, etc.) para retratarlos con la mayor fidelidad posible; y el guionista, buen conocedor de la obra del filósofo alemán, también hizo su parte respetando el pensamiento de Nietzsche en la selección de sus frases.

Onfray participó gustoso en el proyecto, también debido a su gran interés de “sacar la filosofía del gueto”, como el mismo dice. Él ve en el cómic un poderoso instrumento para divulgar y democratizar la “vida filosófica”.



Fuente: http://blogdenotasnietzsche.wordpress.com/







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29 de noviembre de 2012

Deseo


La historia del deseo

Por Luis Diego Fernández - Ensayista. Autor de "Furia y clase" (Paradoxia)

En el origen está la neurosis. Aristófanes expone en El Banquete de Platón el mito de un animal esférico que reunía en si al hombre y la mujer. Bestia valiente y fiera que desafía a los dioses, Zeus la castiga partiéndola en mitades iguales. Mito amoroso que plantea la cópula como el remedio de la unidad perdida. Esta genealogía platónica del deseo que se expande al cristianismo y se consolida con el amor cortés en el siglo XII y XIII, a través del mito del amor romántico (habitual en Hollywood) se apoya en tres pilares: el deseo es falta y es una energía que reconquista la unidad perdida (lectura que condena toda relación no heterosexual), la pareja es la unidad recobrada (reduciendo a la mujer al rol de madre), y, por último, la división de dos formas: el sexo como pura materia, sucio e impío, o el amor sentimental y “limpio”.

Ya señaló Michel Foucault en su Historia de la Sexualidad (1976-1984) que si bien muchas civilizaciones tienen una ars erótica –China, India, Japón, Nepal, Arabia, Grecia y Roma– la modernidad de Occidente se ha dirigido más bien a hacer de la experiencia sexual una cuestión científica: la llamada scientia sexualis.
Desde el sacerdote al psicoanalista, del confesionario al diván, el hombre occidental fue un animal de confesión, y la sexualidad un dispositivo a ser contado, registrado, culpabilizado, patologizado y normalizado. Por ende, la tradición de una erótica como estética del vivir, por fuera de la normativa reproductora/familiar, siempre ha resultado problemática para Occidente.
Sin embargo, resulta clara una lógica del placer sexual a través de diferentes épocas y autores: así es Platón quien abre la interpretación del deseo como carencia (que llega hasta Freud), mientras que Ovidio elogiará el eros ligero y libertino, una erótica celebratoria como respuesta al platonismo. 

Por su parte, el filósofo Michel Onfray en Teoría del cuerpo enamorado (2002), propone una genealogía del deseo cuya intención señala en el prefacio: “La fisiología manda, la cultura sigue”. La erótica que Onfray denomina solar está anclada en estas hipótesis: el deseo es exceso que pulsa por salir, el placer es gasto que se dispensa y la disposición es el contrato de solteros y pares libres.
En el marco del proyecto de deconstrucción del ideal ascético, reproductor, productivista y consumista, Onfray plantea una erótica donde los cuerpos estén libres del funcionalismo social y productor. Serán los filósofos atomistas –Leucipo y Demócrito– quienes planteen, contrariamente a Platón, que el deseo es un tema meramente físico. Es el exceso que pugna por salir del cuerpo, no una “falta” que debe ser cubierta.

En sus memorias, El tiempo de una vida (2005), dice Juan José Sebreli: “Los contactos múltiples y breves están denigrados bajo el nombre infamante de promiscuidad y se los estigmatiza como el descenso a la pulsión, cuando, en realidad, señalan lo contrario: la refinada complejidad de la indagación humana. El erotismo es un impulso universal; el amor, en cambio, es un hecho cultural, histórico, inventado en las Cortes de Provenza del siglo trece y fomentado después por la literatura y el arte. Mucha gente no se enamoraría, decía Stendhal, si no hubiera sentido hablar del amor”. Toda erótica reclama el placer pero también evadir lo infamante del dolor producto del idealismo del amor.


Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com


24 de agosto de 2012

Onfray filósofo ciudadano IV

VIDEO

Michel Onfray filósofo Ciudadano 

  4ta. parte del documental de Franz-Olivier Giesbert et Olivier Peyon para France Télévisions / MMM Productions, televisado el 8 de abril de 2010.


22 de agosto de 2012

Onfray filósofo ciudadano III

VIDEO

Michel Onfray filósofo Ciudadano 

3 era. parte del documental de Franz-Olivier Giesbert et Olivier Peyon para France Télévisions / MMM Productions, televisado el 8 de abril de 2010.



17 de agosto de 2012

Onfray filósofo ciudadano II


VIDEO

MIchel ONfray

2 parte del documental de Franz-Olivier Giesbert et Olivier Peyon para France Télévisions / MMM Productions, televisado el 8 de abril de 2010.


10 de agosto de 2012

Video: Onfray filósofo ciudadano I

VIDEO

Michel Onfray filósofo Ciudadano 

1era. parte del documental de Franz-Olivier Giesbert et Olivier Peyon para France Télévisions / MMM Productions, televisado el 8 de abril de 2010.




8 de agosto de 2012

libidos - M Onfray



La feliz voluptuosidad de las líbidos gozosas - (fragmento)


En el principio se oyen los murmullos del líquido amniótico.En esos momentos mi pequeño cuerpo está nadando en aguas tibias, moviéndose con la lentitud propia de un alma impulsada por alientos muy leves. La carne gira lentamente en el elemento acuático como un planeta que evoluciona en un cosmos lejano, casi inmóvil, o como una medusa flácida en la oscuridad de los fondos submarinos, casi hierática. Sólo se ve turbada por la marca que traza en mis órganos el flujo de energías vitales.

En el confinamiento de este universo salado, como pez de los orígenes o virtud marina encarnada, obedezco enteramente a los afectos, pulsiones, emociones y otros instintos de mi madre. Su sangre, su aliento, su ritmo obligan a mi sangre, a mi ritmo, a mi aliento. Evidencia de perogrullo; todos los cuerpos, masculinos y femeninos, proceden de esta inmersión primitiva en un vientre de mujer. Hipótesis; todos los cuerpos, masculinos y femeninos, aspiran según un principio de modalidades confusas a los reencuentros con estas voluptuosidades primitivas, a esos momentos en los que la vida despunta, y triunfa exclusivamente la fuerza de las potencias vitales.

Siento las presiones del interior de la carne materna contra mi espalda, mis ríñones, mi nuca, mis nalgas de niño llevado y suspendido en el agua; tengo memoria del limbo en mi fibra informada por la linfa, los nervios, los músculos; hay luces de camafeos rojas, rosas, naranjas, semejantes a los fuegos de las eclosiones planetarias o a las hogueras de las explosiones estelares; hay perfumes volátiles y fragancias infinitesimales, inscritos en la materia placentaria como esos olores marítimos que abisman felizmente el aire y el éter de las geografías costeras; se oyen ruidos sordos, graves, repetidos, dulces, ronroneos espesos de muy baja frecuencia; hay sonidos exteriores y movimientos interiores, está el oleaje de la fisiología materna y el rumor del mundo: entorno los párpados, vacilo con una lentitud extrema, modifico mi postura -y conozco mi primera erección-. Es el principio de una larga historia desarrollada bajo el signo del eterno retorno.


Michel Onfray en "Teoría de un cuerpo enamorado. Por una erótica solar".

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3 de agosto de 2012

contrahistoria - Onfray

Una contrahistoria de la filosofía 

Por Michel Onfray


Para construir un Jardín tan bello con senderos bien cuidados y arbustos bien podados, hay que podar muchísimo, talar y cortar. La preferencia por tal o cual autor, por un pensamiento en lugar de otro, el impulso de una corriente o el montaje de todo un equipo adecuado para hacer triunfar una tesis obligan a ocultar los nombres, las tesis, los libros y los conceptos en el sótano... Para echar luz sobre todo esto, es necesario poner orden en la oscuridad: existe, sin embargo, más allá de estos elementos, un material considerable, desperdiciado. El objetivo de mi curso en la Universidad Popular de Caen ‑véase La comunidad filosófica‑ es exhumar la historiografía alternativa.

La historiografia ha olvidado, desatendido en el mejor de los casos, pasado por alto, a sabiendas o no, y a veces organizado esa segregación; de vez en cuando, prejuicio mediante, no se lleva a cabo el cuestionam lento. No se suele considerar a los cínicos como filósofos; además, Hegel lo escribió claramente respecto de ellos sólo hay anécdotas. ¿Los sofistas? Hasta las recientes reivindicaciones, se los consideraba según la mirada de Platón: mercenarios de la filosofía para quienes la verdad no existe y lo único que vale es lo que tiene éxito. Todo sirve para evitar descubrir la modernidad de este pensamiento relativista, perspectivista y nominalista, en una palabra, ¡del antiplatonismo!

Los agentes de la historiografía tradicional realizan el increíble sueño de Platón: los hechos se hallan en Diógenes Laercio Vida y doctrinas de los filósofos (IX, 40) (1)‑ y me parece singular que no se trate nunca filosóficamente esta historia. Platón deseaba lanzar todos los libros de Demócrito a la hoguera. Debido a la cantidad considerable de sus obras, su éxito y la presencia de los textos en varios lugares, dos pitagóricos, Amiclas y Climas, se sintieron en la obligación de disuadir a Platón de cometer tal crimen. Un filósofo inventor del auto de fe moderno...

Se entiende, pues, que en la totalidad de las obras de Platón no haya ni una sola mención del nombre de Demócrito. Dicho olvido vale como un auto de fe conceptual, pues la importancia de una obra, y más aún, de una doctrina capaz de incluso poner en dificultades, también en peligro, las fabulaciones de Platón, exigía una explicación precisa y franca, honesta e intelectual. El prejuicio anti materialista del platonismo ya se manifestaba en vida del filósofo; la lógica de la historiografía clásica y dominante repite ese tropismo. Ni hablar de concederle siquiera un poco de dignidad a esa otra Filosofía, razonable, racional, antimitológica y verificable a través del sentido común, del que carecen a menudo los filósofos.
La continuación estaba escrita: Epicuro y los epicúreos, al reavivar el materialismo del hombre de Abdera, desencadenan los ataques de los partidarios del idealismo. Abundan las calumnias contra el filósofo del jardín, incluso durante su vida: grosero, lujurioso, perezoso, goloso, bebedor, comilón, deshonesto, inmoderado, malintencionado, perverso, ladrón de ideas ajenas, arrogante, pedante, pretencioso, inculto, etc. En una palabra: un puerco indigno de figurar, tanto él como sus discípulos, en el panteón de los filósofos.

La calumnia se ensaña también con su obra: la ataraxia que define el placer, a saber, la ausencia de turbación que se obtiene a través del uso prudente y dosificado de los deseos naturales y necesarios, se vuelve voluptuosidad trivial de la bestia que se abandona al goce más brutal. El atomismo, que reduce el mundo a una combinación de átomos en el vacío, aparece como la incapacidad de disponer de una inteligencia digna de ese nombre. Los encuentros entre esclavos, mujeres y extranjeros en el jardín le valen la reputación de atraer victimas para satisfacer su sexualidad desatada, etc. Y veinte siglos de pensamiento se sirven de las mismas calumnias, sin ninguna modificación.

En la Antigüedad, la contrahistoria de la filosofía parece fácil: junta a todos los enemigos de Platón. 0 casi... Leucipo, el fundador del atomismo, Demócrito, luego Antístenes, Diógenes y otros cínicos, Protágoras, Antifón y el grupo de sofistas, Aristipo de Cirene y los cirenalcos, Epicuro y los suyos... la elite intelectual. Más tarde, en contra de la ficción cristiana construida a partir del personaje conceptual llamado Jesús, de los Padres de la Iglesia, encargados de proveer el material ideológico al futuro cristiano del Imperio, y de los escolásticos medievales, se puede sacar de la sombra en la que se pudren a los gnósticos licenciosos ‑Carpócrates, Epifanio, Simeón, Valentín...‑ y a los Hermanos y Hermanas del Espíritu Libre ‑Bentivenga de Gubbio, Heilwige Bloemart, los hermanos De Brünn y otros iluminados‑. Tantos otros oscuros desconocidos mucho más excitantes, sin embargo, con su panteísmo teórico y sus orgías filosóficas practicas, que los monjes del desierto, obispos arrepentidos y otros cenobitas de monasterio...

Lo mismo vale para la constelación de epicúreos cristianos, inaugurada por Lorenzo Valla en el Quattrocento ‑un De voluptate que no fue traducido al francés en cuatro siglos hasta la reparación que llevaron a cabo algunos amigos, gracias a mi interés‑, ilustrada por Pierre Gassendi, pasando por Erasmo, Montaigne y otros: libertinos barrocos franceses ‑Pierre Charon, La Mothe Le Vayer, Saint‑Evremond, Cyrano de Bergerac...- materialistas franceses ‑el abate Meslier, La Mettrie, Helvetius, el barón de Holbach...‑, utilitaristas anglosajones ‑Bentham, Stuart Mill‑, ideólogos que escribieron sobre fisiología ‑Cabanis‑, trascendentalistas epicúreos ‑Emerson, Thoreau‑, genealogistas deconstructores ‑Paul Rée, Lou Salomé, Jean‑Marie Guyan‑, socialistas libertarios, nietzscheanos de izquierda ‑Deleuze, Foucault‑, y tantos otros discípulos de la voluptuosidad, la materia, la carne, el cuerpo, la vida, la felicidad, la alegría, y otras tantas instancias culpables.

¿Qué se le reprocha a ese mundo? Querer la felicidad en la tierra, aquí y ahora, y no más tarde, hipotéticamente, en otro mundo inalcanzable, concebido como una fábula para niños... La inmanencia es el enemigo, la mala palabra.
Los epicúreos deben su sobrenombre de puerco al hecho de que su constitución fisiológica los determina; su existencia genera su esencia. Al no poder actuar de otro modo que como amigos de la tierra, según la feliz expresión del Timeo de Platón, esos materialistas se condenan a excavar con el hocico sin saber siquiera que por encima de su cabeza existe un Cielo lleno de Ideas. El cerdo ignora para siempre la verdad, puesto que sólo la trascendencia conduce a ella, y los epicúreos se estancan, ontológicamente, en la más absoluta inmanencia. Ahora bien, sólo eso existe: lo real, la materia, la vida, lo vivo. Y el platonismo les declara la guerra y acosa con su venganza a todo lo que celebra a la pulsión de vida.

El punto en común de esa constelación de pensadores y pensamientos irreductibles es un formidable cuidado en deconstruir los mitos y las fábulas para hacer este mundo habitable y deseable. Disminuir los dioses y los temores, los miedos y las angustias existenciales a encadenamientos de causalidades materiales; mitigar la idea de la muerte con una terapia activa aquí y ahora, sin inducir a morir en vida a fin de partir mejor cuando llegue el momento; buscar soluciones efectivas con el mundo y los hombres; preferir las modestas proposiciones filosóficas viables a las construcciones conceptuales sublimes pero inservibles; rechazar el dolor y el sufrimiento como vías de acceso al conocimiento y a la redención personal; procurarse el placer, la felicidad, la utilidad compartida, la unión alegre; acceder a lo que pide el cuerpo y no proponerse detestarlo; dominar las pasiones y las pulsiones, los deseos y las emociones y no extirparlos brutalmente de sí. ¿La aspiración del proyecto de
Epicuro? El puro placer de existir... Proyecto siempre de actualidad.
      (1) "Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres", Diogenes Laercio, L. IX, Ediciones Teorema, Barcelona, España, 1985.



Texto extraído de "La potencia de existir", Michel Onfray, págs. 55-59, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, Argentina, 2007


1 de agosto de 2012

Círculos éticos - M. Onfray



Los circulos éticos

Michel Onfray

La oral cristiana sostiene que hay que amar al prójimo como a sí mismo por amor a Dios. ¿Qué significa esa fórmula, si nos tomamos el trabajo de analizarla en su totalidad? En primer lugar , que el otro no es un fin, que no se lo ama al otro por sí mismo, porque sea él , sino como un medio para otra cosa, o sea, Dios. ¿El tercero? Un escalon para llegar a Dios.. El otro no es amado por sí mismo, sino porque permite ante todo decirle al Creador que amamos a su criatura. Al amra al otro, es a Dios a quien amo: la practica de la moral se resume en la oracion.

Esa moral inhumana en el sentido etimológico se refiere a dos categorías humanas: una es amable, por lo tanto no es necesario un deber de amar si ya hay una predisposición natural a ello, el tropismo es innato, el magnetismo habla;  la otra es aborrecible, el famoso delincuente relacional en sus multiples variantes: del canalla sartreano al verdugo de los campos de concentración, pasando por los sádicos a tiempo parcial, los perversos a tiempo completo, los crueles de siempre, los torturadores y otras variantes de la negatividad ética. ¿Amar a ésos? ¿Y por qué?.

¿En nombre de qué, de quién, podemos asumir el deber de amar al projimo si es abominable? ¿Qué se puede alegar para convencer a la victima de amar a su verdugo? ¿Qué es criatura de Dios, como yo, y las vías de Señor que lo conducen a hacer el mal son inescrutables? Esto vale  para los que se consagran a las pamplinas cristianas, pero ¿ y para los demás, los que viven inmunes a esas fábulas? ¿Qué extraña perversión podría, pues, conducir a este mandato inaudito: amar al autor del suplicio que nos destruye? Auschwitz muestra los límites de esa ética: interesante sobre el papel, pero inútil para la vida.

A esa moral para los dioses, como tal prohibida a los hombres, opongo una ética aristocrática y selectiva. No se trata de buscar la santidad, sino la sabiduría. Contra la falsa aplicación biyectiva en la relación triangular cristiana, me inclino por una geometría de círculos éticos que, partiendo de un punto central y focal, Yo-siendo cada uno el centro de su dispositivo-, organiza a su alrededor, y de manera concétrica, la ubicación de cada uno en función de las razones para mantener o no con el otro una relación de proximidad. No existe ningún lugar definitivo, cada situación en ese espacio fluye o se deriva de lo que se dice, hace, muestra, demuestra y se da como señal de la calidad de la relación. Como no hay Amistad, sino demostraciones de amistad, no hay Amor, sino demostraciones de amor, no hay Odio, sino demostraciones de odio, etc., los hechos y gestos forman parte de una aritmética que permite deducir, según se puede constatar, la naturaleza de la relación: amistad, amor, ternura, camaradería o lo contrario…

Los dos movimientos son sencillos:  elección y evicción. Fuerza centrífuga, fuerza centrípeta. Acercamientohacia sí, expulsión en los bordes. Esta ética es dinámica, nunca se detiene, siempre está en movimiento, en permanente relación con el comportamiento del prójimo. Por lo tanto, el otro es garante de sus compromisos y responsable de su lugar en mi esquema ético. En la perspectiva hedonista, el deseo del placer del otro estimula el movimiento hacia sí; la estimulacion del displacer del otro impulsa el movimiento contrario.

Así, la ética parece ser menos una cuestión teórica que práctica. El utilitarismo regocijante determina la regla del juego. La acción-el pensamiento, las palabras y los actos- anima las dinámicas. Como la Amistad platónica no existe, sino sólo sus encarnaciones, las demostraciones de amistad acercan y los testimonios de enesmistad alejan. Y se puede pensar lo mismo sobre lo que constituye la sal de la vida: amor, afecto, ternura, dulzura, deferencia, delicadeza, indulgencia, magnanimidad, cortesía, entretenimiento, gentileza, civilidad, cordialidad, atención, buena educación, clemencia, devoción, y todo lo que incluye la palabra bondad. Esas virtudes crean la excelencia del vínculo: su falta desune y las transgresiones disgregan.

Agreguemos a todo ellos que la ética es cosa de la vida cotidiana y de encarnaciones infinitesimales en el fino tejido de las relaciones humanas; no son ideas puras o concepciones etéreos. Consagra el reino del casi nada, del no sé qué , de lo casi mínimo y de lo anodino. Las unidades de medida morales surgen de lo imperceptible o de lo microscópico sólo visible al ojo experto en variaciones atómicas. El equilibrio de este dispositivo es siempre inestable, a merced de desórdenes generados por nimiedades. Teoría de la catástrofe…Todo ser evoluciona de modo precario en el dispositivo del otro; cada uno permanece en el centro del suyo; todo el mundo ocupa un lugar provisional. Sólo la tensión ética . el cuidado moral y el acto justo permiten mantenerlo en un polo de excelencia.

No más juicio final, ni potencia que domina de tal manera que trascienda la cuestión moral, ni impunidad inmediata en nombre de la justicia divina y post mortem…La sanción , en esta ética inmanente, es inmediata. En este movimiento browniano perpetuo, Dios no juzga, pues nada ni nadie juzga:  el resultado consiste solamente en la determinación de una relación. La descomposición de una relación o su solidificación son las únicas consecuencias: nada muy concreto. No hay necesidad para eso de un tercero celestial….

Una dialéctica de la cortesía.

Así pues, el hedonismo presupone un cálculo permanente a fin de visualizar, en una situación dada, los placeres con que contamos, pero también los displaceres posibles. Hagamos la lista de lo que puede ser divertido o molesto, placentero o desagradable, y Lugo juzguemos, sopesemos y calculemos antes de actuar. Epicurio expone la siguiente regla matemática: no acceder a un placer aquí y ahora si más tarde nos va a costar  el displacer. Renunciar a él. Es mejor elegir un displacer inmediato si ha de conducir más adelante al surgimiento de un placer. Hay que evitar, pues, el regocijo instatáneo, dado que el goce sin conciencia es la ruina del alma….

La suma de los placeres debe ser mayor que la suma de los displaceres. El sufrimiento en la ética hedonista encarna el mal absoluto. Tanto el sufrimento experimentado como el sufrimiento infligido, por supuesto. Por consiguiente , el bien absoluto coincide con el placer definido por la ausencia de perturbaciones, la serenidad adqurida, conquistada y mantenida, y la tranquilidad del alma y del espíritu. Ese juego conceptual puede parecer complejo, esa tensión mental da la impresión de ser radicalmente impracticable, ese cuidado constante del tercero, esa escena ética montada de forma permanente, ese teatro moral sin tregua, llevan a creer que se trata de una propuesta titánica, insostenible, y no más practicable que la moral judeocristiana de la santidad. …


Michel Onfray, "La Potencia de existir, Manifiesto Hedonista", P. 106-109


27 de julio de 2012

La universidad de Onfray 3


3era. parte del documental sobre la Universidad Popular de Michel Onfray,  realizado por Olivier L. Brunet en 2007

24 de julio de 2012

Onfray: manifiesto por la vida filosófica - II parte




Manifiesto por la vida filosófica – Michel Onfray

Fragmento de: “Teoría del cuerpo enamorado Por una erótica solar” (2003).

2da. parte


Mi segundo paso, afirmativo, propone una alternativa al orden dominante gracias a la formulación de un materialismo hedonista: elaboraremos una teoría atomista del deseo como lógica de los flujos que llaman la expansión y necesitan para ello una hidráulica catártica; secularizaremos la carne, desacralizaremos el cuerpo y definiremos el alma como una de las mil modalidades de la materia; propondremos un epicureísmo abierto, lúdico, gozoso, dinámico y poético a partir de los posibles esbozados y ofrecidos por el epicureísmo cerrado, ascético, austero, estático, y autobiográfico del fundador; precisaremos las modalidades de un libertinaje solar y un eros ligero; se invitará a una metafísica del instante presente y del puro goce de existir; tenderemos a un nomadismo de solteros promoviendo a una opción de cíclopes; reactivaremos la teoría del contrato pragmático, utilitarista, deseable y dominado por la voluntad de disfrutar mutuamente; propondremos una opción radicalmente igualitaria entre los sexos y la formulación de un feminismo libertario; reivindicaremos una autentica aspiración a la esterilidad y una práctica de las leyes de la hospitalidad redoblada por una permanente invención de sí; desembocaremos así en una verdadera estética pagana de la existencia. Algunos siglos de judeocristianismo pueden encararse de esta forma y ser rebasados.

Instalada resueltamente en las comarcas antiguas, en guerra contra el modelo ético dominante, mi propuesta reanuda sin ambages el trato con el proyecto de todas las escuelas helenísticas: hacer posible la vida filosófica. Y para ello, ha de quererse abiertamente el fin de la vida mutilada, fragmentada, explotada y dispersada que fabrica nuestra civilización alienante, apoyada en el dinero, la producción, el trabajo y el dominio. La filosofía puede contribuir a este proyecto radical. Mejor aún: debe. En primer lugar, tiene que dejar de contenerse, como lo hace desde hace tiempo, con problematizar, escribir la historia de los problemas y seguir al dedillo la odisea de las querellas, cuando ganaría convirtiéndose claramente en la disciplina de las soluciones, las respuestas y las propuestas.

Por mi parte, no me satisface una filosofía de pura búsqueda que consagra lo esencial de su tiempo y de su energía a reclamar las condiciones de posibilidad, a examinar los zócalos epistémicos sobre los cuales se pueden plantear las cuestiones.
Prefiero considerar, en el otro extremo de la cadena reflexiva, la suma de las afirmaciones y de las soluciones útiles para vivir una existencia lanzada a toda velocidad entre dos nadas. La opción teorética produce pensamientos autistas y solipsistas, sistemas y visiones del mundo emparentados con esos puros juegos de lenguaje que están destinados a los especialistas, reservados a los técnicos o confinados en los laboratorios. 

En el terreno filosófico me interesan prioritariamente los que encuentran más que los que buscan –y siempre he preferido un pequeño hallazgo existencialmente útil que una gran indagación filosófica inútil para la vida cotidiana-. Una anécdota y dos líneas extraídas del corpus cínico me llevan siempre más lejos intelectual y concretamente que las obras completas del conjunto de las producciones del idealismo alemán.

Así pues, tengo nostalgia de la filosofía antigua, de su espíritu, de sus maneras, de sus métodos y de sus presupuestos. La figura de Sócrates ilumina los siglos que siguen a su suicidio inducido, permitiéndonos la acuñación de una forma filosófica inolvidable: la existencia y el pensamiento confundidos, la vida y la visión del mundo imbricados, lo cotidiano y lo esencial mutuamente alimentados.
Lejos del profesor de filosofía, del espulgador de textos, del productor de tesis doctorales, del crítico profesional, el filósofo define en primer lugar al individuo que se ejercita en la vida filosófica y que trata de insuflar en los pormenores de su práctica el máximo de fuerzas que alimentan su teoría –y viceversa-. El filósofo se propone la perpetua experimentación de sus ideas y no se pronuncia por ninguna tesis sin haberla deducido de sus propias observaciones.

No hay ninguna necesidad, para ello, de escribir libros, de producir textos, ya que sólo importa la fabricación de una vida que esté conforme con las producciones existenciales que la sostienen. Si la producción de obras contribuye a caso a la estilización de la existencia ¿por qué no? Entonces el escrito formulará las reglas, los medios y las ocasiones para llevar una vida buena, una vida mejor, para ampliar nuestra biografía. La vida filosófica nos obliga a intentar poner en conformidad –no forzosamente con éxito- los propósitos teóricos con los comportamientos prácticos.
El verbo apunta a la carne, la palabra tiende a la obra activa, el pensamiento contribuye a la actitud; paralelamente, la carne apunta al verbo, la obra activa tiende a la palabra, la actitud contribuye al pensamiento. Nada esencial se efectúa fuera de este perpetuo movimiento de ida y vuelta entre vivir y filosofar.

Los pensadores de la Antigüedad distinguen entre el sabio y el filósofo según la posición ocupada por cada cual en la travesía de la ascesis existencial: sólo el primero alcanza su objetivo después de haber puesto en conformidad su ideal de existencia sublimada y su inscripción en el mundo trivial; el segundo trabaja, obra y camina hacia ese apogeo ontológico que necesita un constante esfuerzo, una perpetua tensión.

El sabio deja tras de sí al filósofo como si fuera una piel antigua, de un antiguo mudo e inútil aunque testigo del trabajo de necesaria autorregeneración, el filósofo aspira al estatuto del sabio y a la serenidad de una vida trasfigurada. Todas las fuerzas movilizadas por el impetrante durante los largos años de experimentación –pitagórica, socrática, cínica, cirenaica, estoica, epicúrea, escéptica, etcétera- se aflojan cuando el esfuerzo se disuelve en el sosiego, la paz del alma, la ataraxia y la calma realizadas. La sabiduría procura un objetivo a nuestra época de nihilismo generalizado, y la filosofía, una vía creadora de potencialidades magníficas para alcanzarlo.

Así pues, el filósofo actúa como médico del alma, como terapeuta, como farmacéutico. Trata y disipa las enfermedades, cura y conjura los trastornos, instaura la salud y despacha los miasmas patógenos.

La vida filosófica se convierte en alternativa a la vida mutilada tras la sola decisión de seguir un tratamiento: cambiar la vida, modificar sus líneas de fuerza, construirla según los principios de una arquitectura deudora de un estilo propio. Lo cotidiano fragmentado, reventado e incoherente genera dolores, sufrimientos y penas que atormentan los cuerpos y destruyen la carnes. Entre las almas cascadas, rotas, pulverizadas y los cuerpos medicalizados, psicoanalizados, intoxicados; entre los espíritus frágiles, vacilantes, enclenques y las carnes angustiadas, gangrenosas, putrefactas, la filosofía ofrece la tangente de un camino que conduce al apaciguamiento.

Después de haber escrito un libro sobre la terapia cínica, y antes de publicar otro sobre las hipótesis y el método cirenaico, deseaba examinar las potencialidades del epicureísmo antiguo sin repetir los lugares comunes doctrinarios y ortodoxos sobre el tema. Por esto he leído y releído para este libro muchos textos, canónicos o no, escritos entre el sigo de Homero y el de San Agustín, a fin de tratar de aportar mi respuesta a algunas de las cuestiones: ¿cómo se puede ser epicúreo hoy, generalmente, pero también en el terreno más particular de las relaciones sexuadas y de los cuerpos enamorados? ¿De qué manera podemos leer a Epicuro, a sus predecesores y a sus seguidores materialistas hedonistas? ¿Cómo visitar el jardín en compañía de los poetas elegíacos con el designio de combatir el platonismo ardiente reciclado por teólogos cristianos?

La doctrina del fundador desemboca necesariamente -con ayuda de su débil fisiología y frágil cuerpo- ene ese epicureísmo ascético que celebra la ética de la renuncia; mientras que, viviendo todavía el Maestro, ciertos discípulos ya se apoyaban menos en la letra que en su espíritu y proponían un epicureísmo hedonista al que podemos apelar. El corpus mismo de las cartas y de las sentencias de Epicuro no excluye una filosofía del placer, en ciertos aspectos muy cercana a una escuela cirenaica que la inspira en muchos puntos. La tradicional oposición entre los placeres cinéticos (en movimiento) de los filósofos de Cirene y los placeres estáticos (en reposo) de Epicuro no basta para cavar un foso infranqueable entre las dos escuelas. Me gustaría en esta obra intentar mostrar por el contrario si íntimo parentesco.

Acumulando las notas correspondientes a las cuestiones de etimología, descubrí con estupefacción una extraña noticia sobre el nombre mismo de Epicuro. Obviamente, nunca he encontrado esta información en ninguna de las numerosas obras consagradas al fundador del jardín por los especialistas universitarios de la cuestión. Y sin embargo, hojeando el Littré para verificar que en él se desaprueba lo epicúreo tanto como en el Bescherelle, quedé pasmado con una entrada del patronímico del filósofo. Más allá de mí asombro por constatar que tras años de frecuentar mi diccionario predilecto aún no había notado que se podía encontrar un puñado ínfimo y arbitrario de nombres propios, aprendí que la etimología de Epicuro señala un parentesco con el socorro.

Una consulta en el Baily nos permite confirmar que epikouros caracteriza al individuo que aporta el socorro. Siguen informaciones más amplias: el término sirve igualmente para definir a aquel que en la guerra atiende a las necesidades de alimentación, y también a la persona que sabe y puede preservara a alguien de algo. Se menciona igualmente las epikouria, tropas de socorro y refuerzo, luego los epikourios, que califican a los individuos aptos para portar socorro y ayuda –en las tropas auxiliares, por ejemplo. En todos los casos, en tiempos de paz o en tiempos de guerra, en tiempos felices o en tiempos aciagos, el epicúreo encausa el consuelo, lleva consigo los medios de todos los sustentos, transmite las fuerzas necesarias para reconstituir las energías que están en peligro. ¿Se puede expresar mejor la tarea y el destino saludable del proyecto epicúreo?

De ahí mi certeza, una vez cerrado el diccionario, de la necesidad de buscar más lejos, de cavar más profundo a fin de proponer una lectura más objetiva del epicureísmo antiguo: en el cruce del materialismo de los orígenes y del hedonismo cirenaico, a medio camino de la violenta desmitificación cínica y el proyecto estético elegíaco de vida filosófica, el pensamiento intempestivo e inactual de Epicuro nos autoriza a reflexionar sobre las posibilidades de un libertinaje contemporáneo que permita un arte de vivir y de amar son sacrificar la autonomía ni la independencia. En las antípodas de una filosofía del deseo, los materialistas hedonistas formulan una fisiología del placer, al mismo tiempo que una erótica alternativa a las incitaciones nocturnas del judeocristianismo.

Finalmente, la invitación epicúrea se redobla por una feliz llamada a resguardar nuestra vida, a no exponerla a la vista de los contemporáneos siempre dispuestos a criticar, juzgar, culpar y condenar en virtud de la moralina que les obstruye y amenaza siempre desbordantes. La vida filosófica se vive entre dos individuos, se conduce al abrigo de las miradas indiscretas, en el silencio de las promesas que cada cual puede y debe hacerse. Lejos de lo que constituye las pasiones fútiles de la mayoría –la búsqueda desenfrenada de honores, dinero, poder, posesión y riquezas-, la terapia materialista propone una ascesis, un auténtico despojamiento de los pesares inútiles y vanos en provecho de la única riqueza que hay: la libertad. Con el cuerpo del otro, y a pesar de las tensiones patéticas, el epicureísmo hedonista autoriza la celebración de las soberanías realizadas o recobradas.



ONFRAY, Michel. Teoría del cuerpo enamorado Por una erótica solar. Biblioteca de Filosofía Editora Nacional Madrid, 2003, P: 31-36


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20 de julio de 2012

La universidad de Onfray 2

VIDEO

2da. parte del documental sobre la Universidad Popular de Michel Onfray

"El placer de existir, Michel Onfray y las Universidades Populares" realizado por Olivier L. Brunet en 2007


18 de julio de 2012

Onfray: manifiesto por la vida filosófica - I parte

Manifiesto por la vida filosófica – Michel Onfray


Fragmento de: “Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar” (2003).

1era parte


Leyendo a Homero, soñaba con las sirenas que fascinan a los hombres con sus voces embrujadoras y abandonan, al alba, en los prados que bordean al mar, las osamentas de los imprudentes que sucumbieron a la tentación; encontré tomando notas de Diodoro de Sicilia y Filón de Alejandria, a Pasífae enamorada de un toro divino hasta el punto de pedir al ingenioso Dédalo la fabricación de una ternera mecánica como añagaza en la que ella pudiese arrodillar para recibir la simiente taurina y conocer así la voluptuosidad de las bestias; seguí con Ovidio la metamorfosis de Tiresias, hombre transformado en mujer durante siete otoños por haber desapareado en el bosque a dos serpientes enlazadas, personaje cuya experiencia enseña cómo el placer de las mujeres es nueve veces superior en intensidad al de los hombres; he amado a Argos, el perro de Ulises, cubierto de piojos y tirado sobre el estiércol, desconsolado por la desaparición de su dueño durante dos decenios y muerto después de haberlo reconocido.
Siempre he sentido el interés más vivo por estas figuras, pues ellas expresan nítidamente desde los tiempos más antiguos el ineluctable y peligroso placer del deseo, la naturaleza radicalmente animal del placer, la irreductibilidad del cuerpo del hombre al de la mujer y, finalmente, la fidelidad como un asunto exclusivo de la memoria.

Con estas cuatro certezas, modestas pero definitivas, me consolé un poco de no haber podido nunca resolver verdaderamente por mí mismo -es decir, bajo el puro ángulo masculino- cinco o seis cuestiones, especialmente las siguientes: ¿qué es una mujer?;¿qué se puede planear con el cuerpo del otro que no se sitúe trágicamente bajo el signo de la guerra, del conflicto, y que no tienda por ello a la petrificación en los modelos seculares de la pareja, del matrimonio, de la monogamia, de la procreación y de la fidelidad?; ¿adónde apuntan las semejanzas, dónde se manifiestan las desemejanzas ontológicas entre lo masculino y lo femenino;¿qué pueden y qué quieren los cuerpos del uno y de la otra?;¿las ganas de tener hijos es solamente un deseo femenino que los hombres toleran?;¿el deseo y el placer son sexuados?

Las respuestas contemporáneas a estos enigmas de siempre no cesan de recubrir las preguntas antiguas, como para mejor oscurecer los interrogantes y hacer posibles las soluciones, que no obstante necesitamos: las teorías consumistas de la seducción, el erotismo como aprobación de la vida hasta en la muerte, la sombra producida por el falo del Padre todo poderoso, el deseo instalado de manera cesariana en el inevitable registro re la falta, el rostro que surge en la luz fenomenológica, los gozos activados del falogocentrismo, la triangulación del deseo mimético, la teología negativa de Bafomet, el olor del agua bendita de los devotos de la experiencia-límite, el dispositivo pulsional disparándose al paso de las maquinas deseantes, todos estos archivos recientes, aunque agotados, apagan la voz hoy inaudible pero sin embargo genealógica de los filósofos paganos anteriores al cristianismo, en los cuales encuentro con verdadero contento una materia primitiva susceptible de ser reclamada ahora de manera oportuna. Bajo el fárrago genealógico moderno, la Antigüedad cristalina persiste para ser remontada y restaurada desde la perspectiva de una arqueología reconstructiva.

En este proyecto de regreso a lo antiguo no se trata de realizar un trabajo de exegesis semántica, ni de crítica al modo talmúdico de los textos o de las fuentes, ni de menos comentarios fisiológicos o parafrásisticos plagiados de las costumbres de la tribu universitaria, que se justifican en una retahíla interminable de bibliografías: el texto original vale parta mí como depósito de sustancias esenciales –del engrudo a veces grumoso de los paladines del ideal ascético y colectivo, pero también de la pólvora y de la dinamita de los partidarios del ideal hedonista e individualista-.

El corpus filosófico antiguo funciona de manera extremadamente activa para quien se apropia de él y aspira a una verdadera complicidad intelectual. A mi modo de ver, los pensadores griegos y latinos pertenecen más a los lectores que les piden ayuda para su vida cotidiana que a los forenses que los confiscan para realizar sus lecciones universitarias de anatomía en la atmósfera confinada de las cátedras de la corporación. A Lucrecio hay que vivirlo más que leerlo –y leerlo debe encarase únicamente desde la perspectiva de practicarlo-.

Esta Teoría del cuerpo enamorado procede, pues, del trato con los filosofos de la Antigüedad y también del trato con los autores de esa época que merodean en torno al universo de los pensadores: poetas, fabulistas médicos, historiadores, naturalistas o teólogos. Bajo el signo del bestiario filosófico elaborado tanto por Arquíloco como por Aristóteles, Eliano, Plinio, Esopo y Fedro, la platija platónica, el elefante monógamo y la abeja gregaria que permiten proponer una deconstrucción del ideal ascético, mientras que el pez masturbador cínico, el cerdo epicúreo y el erizo soltero me autorizan a descristianizar las moral desde la perspectiva de una formulación de un materialismo hedonista. En este zoo metafórico de tres zonas, los animales intervienen seis veces según los pliegues de un ritmo contrapuntístico.

Una genealogía del deseo, una lógica del placer y una política de las disposiciones permiten reflexionar, de manera entrecruzada sobre el papel de la falta, del ahorro y del instinto, el gasto y el contrato en la línea del materialismo hedonista.

El conjunto brinda menos una respuesta precisa a las preguntas que siempre me he planteado sobre las mujeres que una tentativa de resolver de manera sosegada el problema de la posible relación entre los sexos. ¿Cómo hablarse para entenderse, encararse sin desfigurarse el rostro, mirarse para quizás tocarse, aprehenderse sin tratarse con dureza? ¿De qué manera amar sin renunciar a la libertad, a la autonomía, a la independencia –y tratando de preservar siempre los mismos valores en el otro-? ¿Se puede conjurar y desmovilizar la lucha y la guerra en provecho de empresas más dulces y más gozosas? ¿Cómo impedir la relación sexuada que sucumbe a la atracción de la violencia?

Para poner un nombre a esta intersubjetividad libertaria cuyo acto inaugural encuentro nítidamente formulado en Lucrecio, me gustaría poder recurrir sin ambigüedad al concepto moderno de libertinaje. Pero actualmente el lastre de la aceptación trivial pesa demasiado sobre esta noción para que pueda utilizarla reivindicado sólo mi inquietud por la etimología.

De otro modo este libro habría podido titularse Tratado de libertinaje. Pues el libertino, en el primer sentido del término, designa al libertino que no pone nada por encima de su libertad. Nunca reconoce ninguna autoridad susceptible de guiarle, ni en el terreno de la religión, ni en el de las costumbres. Vive siempre según los principios de una moral autónoma lo menos apoyada posible en la dominante de la época y de la civilización en la que se mueve. Ni los dioses ni los reyes consiguen sujetarlo –menos aún, pues uno o una compañera en una historia amorosa, sensual, sexual o lúdica-. Así, siguiendo el espíritu de la palabra, el libertinaje –ese arte de ser uno mismo en la relación con el otro- encuentra singularmente su primera forma en el materialismo hedonista epicúreo, y más precisamente en el gran poema de Lucrecio De la naturaleza de las cosas.

El primer paso de mi andadura supone la deconstrucción del ideal ascético: para llevarlo a cabo, trataremos de acabar con los principios de la lógica renunciante que tradicionalmente relacionan el deseo y la falta para después definir la felicidad como lo completo o como la realización en, por y para el prójimo; evitaremos sacrificar la idea que la pareja fusionada propone la fórmula ideal de esta hipotética cima ontológica; casaremos de oponer encarecidamente el cuerpo y el alma, pues este dualismo, que ha resultado un arma de guerra temible en manos de los amantes de la autoflagelación, organiza y legitima esa moral moralizadora articulada sobre una positividad espiritual y una negatividad carnal; renunciaremos a asociar hasta la confusión el amor, la procreación, la sexualidad, la monogamia, la fidelidad y la cohabitación; recusaremos la opción judeocristiana que amalgama lo femenino, el pecado, la falta, la culpabilidad y la expiación; se estigmatizará la convivencia entre el monoteísmo, la misoginia y el orden falocrático; fustigaremos las técnicas de autodesprecio puestas en circulación por las ideologías pitagóricas, platónicas y cristianas –continencia, virginidad, renuncia y matrimonio-, sobre cuyo espíritu se ha erigido nuestra civilización; subvertiremos la familia, esa célula básica primitiva de la política estructuralmente apoyada en ella. Varios siglos de judeocristianismo pueden comprenderse así y luego ser anulado.

Continuará...


ONFRAY, Michel. Teoría del cuerpo enamorado Por una erótica solar. Biblioteca de Filosofía Editora Nacional Madrid, 2003, P: 27-31


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13 de julio de 2012

La universidad de Onfray

La Universidad Popular de Michel Onfray


En 2002 Michel Onfray –uno de los pensadores contemporáneos más corrosivos y demoledores– abandona la práctica docente en un instituto de secundaria francés y crea, junto con un pequeño grupo de profesores de filosofía, una universidad popular en Caen, sin títulos, sin programas oficiales y totalmente gratuita.

Esta iniciativa entronca con el espíritu ilustrado de las creadas en el siglo XIX tras el caso Dreyfus y, más tarde, en Mayo del 68 por Deleuze y los situacionistas. Su objetivo es resucitar el Jardín de Epicuro, liberar a la filosofía de un sistema educativo que la falsea y traiciona y construir una comunidad filosófica de individuos emancipados capaz de ofrecer una microrresistencia a la suicida marcha del mundo, pues 'sólo la construcción de un sí mismo radiante, soberano, solar y libertario es realmente revolucionaria'.

En estos lineamientos entre otros, estaba trabajando Luis Alberto Warat para América Latina a través de su proyecto Multiversidad Surrealista Popular - CASA WARAT


Presentamos este video documental de la Universidad Popular de Caen (Francia) para difunidr éstas ideas y enriquecer el debate.


El placer de existir, Michel Onfray y las Universidades Populares

1era. parte del documental realizado por Olivier L. Brunet en 2007








Enlace a la Universidad Popular de Caen ( en francés)

http://upc.michelonfray.fr/