5 de octubre de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: cuatrigésimo cuarta entrega

La travesía erótica de las significaciones es una idea muy importante para la constitución de un lenguaje de transgresión en las civilizaciones de la culpabilidad y de las verdades científicas; la fuerza o reconocimiento de que es absolutamente necesario poner en riesgo y subvertir el privilegio ilusorio dado por las posturas científicas y el racionalismo instrumental a la propiedad de un lenguaje esclavo. Existe apenas una verdad lúdica para el pasaje transgresor por la espera de la autonomía.
En una palabra, la inscripción y dependencia semiológica de los podes debilita su configuración totalitaria en la transgresión lúdica de lo simbólico. Ante las normas, restricciones y jerarquías de las formas simbólicas de una sociedad totalitaria surge la travesía lúdica y erótica de los sentidos como posibilidad de generar, en el interior del propio discurso de una cultura, la demanda por un ejercicio democrático del orden simbólico de los poderes: el sueño democrático instalado y reinando en el territorio de las identificaciones simbólicas que constituyen una forma de sociedad.
En fin, estoy intentando reivindicar la importancia de un lenguaje carnavalizado como ese espacio social que no deja ningún sentido encubierto, pronto para el consumo, ni en cualquier sujeto de enunciación en la situación de juez, de maestro, de confesor o de intérprete consagrado de una realidad que oprime y restringe al lenguaje carnavalizado. La carnavalización es una práctica de autonomía del lenguaje.
La autonomía de los textos carnavalizados demanda una relación lúdica y erotizada entre todos los discursos oficiales, sea ellos científicos, políticos o poéticos. En los textos carnavalizados los signos visten fantasías como mecanismos libertarios que descolocan a los individuos de sus posiciones acostumbradas en el interior de la estructura social, proyectándonos en una comunidad lúdica que predispone al cuestionamiento de todas las normas y posturas totalizantes: una quiebra simbólica que invoca para la parodia y para el realismo grotesco para revelar lo insensato y lo absurdo de la sensatez instituida: la respuesta creativa a las situaciones de exclusión social. En los textos carnavalizados se da la convergencia de innumerosas contradicciones exaltadas como plural del sentido.
Los discursos carnavalizados no se pueden detener, no pueden ser transformados en fetiches en los estantes de una biblioteca; su movimiento constitutivo es la travesía. Los procesos de sus sentidos constituyen su producto. El texto carnavalizado no se prende a una jerarquía, ni tampoco a una simple segmentación de los géneros. Implica siempre cierta esperanza de los límites que encuentra fuerza de subversión en su naturaleza inclasificable. El discurso carnavalizado se sitúa siempre en el límite de las normas, de las convenciones y de las jerarquías, inclusive se sitúa en el límite de las reglas de enunciación, de legibilidad y de la racionalidad instituida. No existe la censura en la travesía de sus sentidos. La carnavalización de los procesos significativos se realiza en la transgresión de los límites y de las censuras instituidas.
Necesitamos dos tontos y dos bufones medievales para que todos los miedos, todo lo que en la cultura totalitaria nos aterroriza, se tornen grotesco por la ridiculización carnavalesca y el carácter subversivo de la risa, del humor, del polvo en la práctica pública oponiéndose a tono solemne y culpabilizador de la cultura oficial. La cultura carnavalesca permite, así, una visión del mundo y de las relaciones humanas que funcionan como sosias paródicos erotizados del campo simbólico oficial. De cierto modo, estamos ante sosias significativos que nos liberan de cualquier dogmatismo y nos permiten, soportar por la risa situaciones culturales insustentables para el inconsciente. Es la forma de torna soportable y épica una pérdida. Es la risa china delante del juego de Jiang-Quing, es el sentido que sustenta el vínculo folclórico que los mexicanos tienen con la muerte: risa que libera, risa que resuelve en un plano superior la insustentable pesadilla de los miedos tanáticos. En la visión carnavalesca del mundo el hombre consigue reírse (subversivamente) de su propia infelicidad.
El individuo, en la versión carnavalesca del mundo, adquiere un estado de éxtasis erótico que se opone a toda perpetuación, a todo perfeccionamiento y reglamentación, apuntando para un futuro reconocido como incierto.
Los campos simbólicos carnavalescos permiten a los hombres retornar a si mismos, suspendiendo la alienación. Los sentidos carnavalescos pueden ser vinculados a la plaza pública medieval donde se producía un orden simbólico, fruto de un contrato vivo, material y sensible, de un contrato liberado de las normas oficiales como su negación transformadora. De cierto modo, la plaza pública medieval generó momentos festivos sin restricciones, momentos simbólicos opuestos a toda idea de finalización e perfección, y la idea de inmutabilidad de certeza: símbolos dinámicos, mutables, fluctuantes, activos, símbolos impregnados de renovación, de conciencia lúdica y de un profundo sentimiento de la relatividad de las verdades y de las autoridades en el poder. Símbolos también que permiten la degradación y regeneración, por el realismo grotesco, de lo que está socialmente instituido como sublime para ocultar el mundo agonizante. En un universo carnavalizado, el nacimiento de algo nuevo es tan indispensable como la muerte de lo viejo.

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