4 de octubre de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: cuatrigésimo tercera entrega

Foucault nos mostró que el poder es operacional, una función difusa que se manifiesta como relación de fuerzas sin unificaciones transcendentes ni totalizaciones globalizantes.
Como una relación de fuerzas los poderes pasan tanto por las fuerzas dominantes como por las dominadas; actúan sobre los cuerpos y los pensamientos de los dominados, pasan por ellos, se apoyan en ellos o en ellos se influencian.
Hablar del poder a partir de Foucault lleva a pensarlo como una acción (sobre otra acción) que puede incitar, normalizar, serializar, desmotivar, descomprometer, disciplinar o robotizar emocionalmente. Todas funciones que nunca serán suficientemente entendidas, considerándolas como efectos lineales de la represión y de la ideología.
El poder más que reprimir o endulzar produce la realidad y la verdad.
La represión y la ideología presuponen siempre un dispositivo productor de la realidad: la producción simbólica de la realidad y de la verdad generan la represión y la ideología y no lo contrario.
Estamos delante de un buen camino para comenzar a reflexionar sobre los poderes de las significaciones y las significaciones de los poderes: componentes inseparables que actúan en el lenguaje para producir la realidad y la verdad. Es a través del lenguaje que el poder se manifiesta como relación de fuerza e interviene sobre los cuerpos produciendo la realidad y la verdad. La maleable homogeneización de la masa social, blanda y manipulable en el grado máximo, depende de la producción semiológica de la realidad.
La forma inicial de la política no es dominación (represión), sino la representación de la realidad. La gran revolución de la sociedad son cambios en la forma de representación de la realidad, alteraciones en los modos de la comunicación simbólica.
Lo que tipifica los radicales cambios de la metamorfosis estereofónica de la representación de lo real es el deslocamiento de la razón como forma hegemónica de la producción simbólica. En su lugar un juego telemático-informático-militar que nos brinda la versión simbólica de un mundo sobre burocratizado, sobre domesticado, sobre militarizado y frenéticamente trivial. Un mundo monótonamente tele erotizado: la tecnología del alma como vector de los poderes de un Estado visiblemente terapéutico y subterráneamente aniquilador.
De hecho, existe una semiosis del poder que produce lo real, dominios de objetos y rituales de verdad. Poderes que se ejercen positivamente sobre la vida, una vida gobernada semiologicamente por los poderes. Estoy profundamente convencido de que la resistencia democrática a los efectos totalitarios de los poderes depende de nuestra capacidad para transgredir los dispositivos semiológicos, el magma de significados que permite la fabricación institucional de la vida y de los sujetos: hombres producidos por un poder poliforme que los encierra en un horizonte uniforme y seriado.
La resistencia democrática basada en la búsqueda de la autonomía del hombre pasa por el rechazo y transgresión del monoformismo semiológico impuesto. Maniobras que buscan rescatar al hombre producido por el poder, desenmascarar las formas simbólicas que buscan promover como normal la imagen de un hombre que es apenas una imposición de los poderes.
Las formas sociales totalitarias dependen de una visión inocente del mundo. Ella está determinada por un magma simbólico que provoca la conversión de las prácticas sociales, la verdad y la ideología en prácticas naturales. No pueden comenzar una práctica de la autonomía sin transgredir esa inocencia semiológica.
Para escapar a la política unidimensional impuesta por el orden social totalitario, para devolver la vida al hombre mutilado por la versión informática del mundo, debemos buscar la transformación radical de nuestra relación con el lenguaje. Necesitamos superar el hombre informatizado a través de lo erótico de lo nuevo. De este modo estaremos comprometidos con la idea del hombre imaginativo, capaz de producir poesía, sueño, delirio y amor. Para esto precisamos encontrar un lenguaje que nos permita la fuga para al frente del orden simbólico impuesto. El lenguaje que se produce sobre la protección del saber es, por estatuto, un lenguaje de repetición: el estereotipo es la figura mayor del poder. El orden totalitario está siempre ligado a la repetición del lenguaje fuera del placer. Resistimos a el, provocando un arrebatamiento semiológico en dirección a lo nuevo, transgrediendo la paz de los sentidos. Siempre que el lugar de donde hablamos se institucionaliza, estamos ante un lenguaje que hace de la vida un intertexto totalitario.
Y se diría que para altera sustancialmente nuestros sistemas de valores y necesidades tenemos que intentar hacer del lenguaje una realidad que no se desfigure en naturaleza. Una realidad semiológica que pase por la autoridad del placer, un leer-soñar el mundo lejos de toda práctica homogénea. Veo en esa voluptuosidad significativa el meollo para cualquier tipo de resistencia ecológica. El sentido hace la vida. Lo viejo hace el estereotipo. Para transgredir el mundo, es necesario transgredir el lenguaje.
Me arriesgo a decir que la aventura transgresiva de los signos se inscribe en las formas lúdicas que hacen de la ambigüedad voluntario una condición para que las emociones despierten en las movilidades de los sentidos. Equivale a decir que la práctica transgresora del lenguaje encuentra en la perturbación erótica de los sentidos una posibilidad de fuga de la alienación que lo simbólico provoca en lo simbólico: la multivocidad de los sentidos transgrediendo la verdad abusiva de todas las posturas unívocas y las mitologías totalizantes.

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