10 de septiembre de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: trigésimo primera entrega

El orden totalitario se combate desde el saber aplastando la razón de las certezas. Para que el saber preserve nuestra autonomía tiene que ser construido en disyunción con las certezas que fuimos construyendo a partir de la modernidad. Ella es el resultado del esfuerzo del hombre para emancipar al orden social de la lógica de lo sagrado. Ese movimiento, que es también el esfuerzo por la emancipación del saber y de la política, con relación a la religión, representa también un conjunto de aspectos represivos que precisan ser contestados.
Las teorías que emergen de la modernidad en su intento de aplastar el orden social de la lógica de lo sagrado introducen lo ideal de una comunidad transparente. Proponen, de esa manera; una realidad construida por las ilusiones de certeza. Se trata de una realidad presentada como unívoca y cierta, como consecuencia de un tipo de saber que glorifica la búsqueda de la transparencia del mundo y la armonía de las relaciones sociales. Estamos delante de una ilusión que nos "tira" el derecho de intentar la transformación del mundo, de intentar la multiplicación de las instancias democráticas de la sociedad.
El totalitarismo, frente a eso, aparece como la tentativa fija para siempre el sentido unívoco y armonioso de lo real, negando la emergencia de lo plural como elemento neurálgico de la manifestación de la autonomía.
En el saber jurídico encontramos teorías, como la Kelseniana, que, intentando desvincularse de la lógica de lo sagrado, buscan la comprensión transparente de las significaciones normativas, "legando-nos" así la ilusión de un conocimiento neutro sobre el Derecho, un conocimiento distante de los antagonismos. Un conocimiento que, como el mundo encantado de Disney World, nos envuelve en la magia de una hiper realidad mucho más placentera que la realidad que nos toca, en suerte, vivir.
Estoy describiendo, como una gran pesadilla el futuro del orden social, con el único propósito de alertar sobre la imperiosa necesidad de tomar ciertas providencias para intentar desmanchar la cena totalitaria de nuestro tiempo.
No estoy queriendo hacer ningún tipo de profecía sobre el futuro de la sociedad. Pienso, como Benjamín, que los sueños sirven para la instancia del despertar, en aquél momento en que el hombre consigue refregarse los ojos e interpretar el sueño, descubriendo los contenidos somáticos que exprimen sus condiciones de existencia. Las imperfecciones del orden social encuentran, en los sueños, su expresión, en el despertar, su interpretación transformadora.
Escribo sobre el futuro del orden social para crear ciertas imágenes que me permitan hablar sobre el despertar del fin del siglo XX. Precisamos salir de lo acordado.
El hombre precisa desestabilizar la confortable reducción de la realidad impuesta por el devenir totalitario de los sueños que organizan nuestra sumisión. Sueños que empobrecen y transforman la realidad en una representación dorada. Un sistema de representaciones (sociopolíticas, amorosas, deseantes, subjetivas u otras cualquiera) que propician la mirada de un mundo donde, en el final, se acaban consiguiendo.
Acredito que, para desestabilizar esos sueños felices, debemos intentar convertirlos en pesadillas, interpretarlos con el peso de un gemido de muerte en la instancia del despertar. En ese sentido, también es recomendable completar la interpretación fantaseando, en el interior de la pesadilla, el futuro del orden social. Se muestra, de esta forma, como las representaciones doradas desembocarán en un devenir animal de la condición humana, en un acto automático más allá de lo simbólico. Se muestra como las prácticas disciplinadoras desembocarán en prácticas de absoluta dependencia. No se hará nada sin consultar las voces invisibles y aplastantes del Estado.

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