21 de julio de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: décimo sexta entrega

El fetichismo marca la relación del hombre con los objetos que lo alienan. Prolongando las consideraciones que sobre el fetichismo provocó el psicoanálisis, hablo de él como una metáfora que circula con relativa frecuencia en las teorías que componen las llamadas ciencias sociales. En ellas se emplea el término para referirse al culto de ciertos objetos, a los cuales se atribuye un poder particular, poder que solamente se ofrece al análisis inserto, cuidadosamente, el objeto en el conjunto de las creencias sociales.
Se trata de una forma metafórica para hablar de la existencia, en una cultura, de objetos y nociones rectificadas que condensan, simbólicamente, el lugar del inconsciente donde se articulan el enigma y la creencia. Los fetiches son siempre vistos como el resto de un enigma.
Refugiándose en los fetiches los hombres pueden reconocerse, ilusoriamente, como los únicos animadores de sus deseos. En el fondo, un testimonio de la necesidad de tener la ilusión del ejercicio concreto de un poder sobre aquellos que los gobiernan.
Apelándose, metafóricamente, al fetichismo, se puede, de alguna manera, contar con una explicación de las relaciones idolátricas del hombre en la sociedad, de los dispositivos que hacen de los procesos de superestimación uno de los factores de la dominación. El fetiche oculta siempre el hecho de que un sentimiento fue transformado en una flaqueza.
Las personas, las cosas, las ideas fetichistas de nuestra cultura, pueden ser interpretadas como un compromiso entre el deseo y el proceso defensivo, muestran las mismas necesidades del hombre primitivo de encarnar en un fetiche a su Dios. Encarnar, dar una carne, para encubrir, en el origen de la instauración del fetiche, una intolerable no-satisfacción frente a lo que ofrece o deja de ofrecer el objeto del amor, su Dios protector. El fetiche es una artimaña para dioses, que se vuelve en contra de su creador.
El fetiche representa siempre la sustitución de un deseo. El objeto fetichizado viene siempre a satisfacer condiciones preexistentes, no satisfechas. El objeto fetiche es siempre el sustituto de una carencia. Es siempre un recuerdo encubridor, testimonio manipulable donde se oculta, entrever, y preserva lo que no debe perderse. Es la negación de la percepción de una ausencia.
En este punto creo que no puede haber muchos recelos en admitir que el pensamiento vulgar va determinando una mentalidad fetichista en relación al Derecho, al Estado, así como, en las relaciones de las verdades de las ciencias sociales como los objetos y las situaciones del mundo.
Diría que, por razones históricas, se vinculan, en gran parte, a la institución social de una cultura capitalista, entrelazándose modos uniformes de ver el mundo, que nos remiten para significantes últimos fetichizados: Dios, la Ciencia, la Ley, la Razón y también los objetos de consumo. Disfraces que nos permiten una apropiación simbólica de la manera por la cual la vida de efectúa: una artimaña preparada al deseo, petrificando su proceso. Esto nos convierte en lectores ciegos de la vida, sin la sensibilidad de Borges. El cuchillo íntimo en la garganta.
Existe una relación estrecha entre el fetiche y la castración. Esta última puede ser vista como la supresión de una demanda de amor. Y una impotencia afectiva que puede ser vista como efecto directo de los fetiches. Ellos son, en el fondo, verdades que vendrían a ocupar el lugar de la vida: un espejo de deseos idealizados que provocan el efecto de sabores plenos.
Los fetiches de la cultura capitalista van matando nuestra capacidad de multiplicar las posibilidades del amor, dejándonos con la ilusión de un erotismo que no llega a provocar fiebre.
La gente se queda sin la gente. Todos en la fila de espera de los clichés y los fetiches que le darán deseos enlatados, como remedio envenenado para los afectos perdidos.
Para resistir, precisamos inventar otra historia, reconstituyendo en lugar del fetiche el campo de la ilusión. Es una ilusión que permite el brillo neurótico del profesor inconforme.

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