20 de julio de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: décimo quinta entrega

La construcción de las contra-imágenes requiere la recuperación del espacio de lo político en la sociedad. Un deseo de significación que las masas perderán. Hoy las masas son apáticas hasta incluso para consumir las rutinas de las significaciones impuestas.
Desde un punto de vista pedagógico, podemos extraer deliciosos frutos delante de lo que termino de escribir.
Me parece importante destacar la presencia de un contenido mítico latente en el discurso didáctico oficial. El consigue, bien o mal, exprimirse apelando al deslumbramiento. El alumno, alimentándose del éxtasis, enceguecido por el habla del maestro, adorando su infalibilidad.
Existe una religión judía-cristiana que nos hace confundir el amor con la adoración. De esta manera creemos amar cuando estamos idolatrando.
La teología del poder permite encarar la censura, las despersonalizaciones como verdades, esto es dado a través de un magisterio universal, que sirve para mantener a los hombres en estado de creencia sacra.
En las instituciones, como en las neurosis, la creencia trabaja para construir fetiches. Ellos permiten simultáneamente realizar y ocultar los procedimientos que apuntan no solo para la manipulación del psiquismo sino, más concretamente, para atraer efectivamente a los hombres. Esto puede realizarse a través de discursos legitimadores que hacen hablar a las instituciones como voces insustituibles del saber absoluto. De esta manera ellas determinan la relación del hombre con el discurso. Para gobernarnos, este precisa apelar a la adoración, quiere decir, precisa de nuestro amor enfermizo al mensajero.
El discurso pedagógico está en el centro de ese proceso. Principalmente el discurso docente del Derecho.
En el discurso jurídico aparece vinculado a una ciencia de lo sagrado que mantiene en silencio una zona infernal de producción del saber: un conocimiento que habla de la libertad y de la justicia sin tomar conciencia de que está sirviendo a la mentalidad opresora de una época.
Las ciencias de la ley brindan la posibilidad de contar con discursos que establezcan vínculos de adoración a la ley, garantizando con eso la producción institucional de la subjetividad. Un saber que la ley hace transbordar efectos enfermizos de amor.
La penosa sensación de impotencia que experimentamos cuando niños, fue lo que despertó la necesidad de una protección amorosa, satisfecha en tal época por el padre. Cuando nos percibimos, como adultos, de la persistencia de esta dolorosa sensación de impotencia, extendemos la protección paterna a otras figuras. Dios, el Derecho, el Estado, la Ciencia, etc. Figuras que sirven para hacernos creer que seguimos contando con una protección amorosa. Así, atenuamos el miedo frente a los peligros de la vida. Es muy difícil enfrentar las incertezas contando solamente con nosotros mismos. Necesitamos ir acompañados de sagradas solemnidades, rodeados de aureolas de santidad. Cubiertos de santidad, perdemos la noción de cuanto la producción institucional de la subjetividad nos aparta de todo y de cualquier contacto vital. La recuperación de esos contactos exige sustituir las santidades ajenas por nuestra propia singularidad: cada uno de nosotros como constructor de sus propias ilusiones, lejos de los fetiches, de los estereotipos y de las creencias ritualizadas.

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