14 de julio de 2009

El lobo es el lobo del hombre

El supuesto del que Hobbes parte para suponer que el hombre es el lobo del hombre, es que el hombre está en una constante competencia con los demás hombres, lo que conduce a la aparición de "la envidia y el odio y finalmente a la guerra" . Esto supuestamente es una característica innata en el hombre y es el argumento principal que utiliza para justificar la creación de un Estado autoritario.

Es interesante anotar que Hobbes inmediatamente después de hacer esta afirmación determinista sobre la naturaleza humana señala que los animales en cambio "no saben distinguir entre el bien público y el bien privado" y por lo tanto no se dan cuenta que cuando persiguen su bienestar individual, están a su vez procurando el bienestar común. Esta afirmación nos llevaría a deducir que los hombres que "no distinguen" entre su bienestar particular y el bienestar público se asemejarían a los animales, lo cual se basa en la justificación bíblica de que es a partir de ingerir el fruto de la sabiduría que el hombre empieza a distinguir el bien del mal y que además tiende a elegir el mal, es decir, el bien individual sin importarle en absoluto el bien público. En términos cristianos esto querría decir, que el hombre no elige espontáneamente hacer el bien sin mirar a quién, sino que elige satisfacer sus deseos egoístas, en primera instancia.

Veamos si esto corresponde a la realidad cotidiana que nos es familiar.
El niño pequeño establece sus primeras relaciones con las personas que le dan de lactar y se ocupan de él, en general. Se suele decir que el niño en esa fase de su desarrollo es totalmente egoísta, porque sólo "exige" de su medio ambiente que se lo atienda.

Pero por qué el niño a veces llora cuando percibe que alguna persona que no es la habitual le quiere dar de lactar o lo quiere cargar. ¿Es decir, a qué se debe este primer sentimiento de miedo a lo extraño / diferente, y por otra parte el apego a lo conocido, que es común a todos los niños ? Parece pues que el niño se siente tranquilo en un ambiente conocido porque en él puede desarrollar su razón, es decir, se cree seguro de que "no sufrirá daños" y que podrá seguir percibiendo sensaciones nuevas, pero dentro de un marco conocido, de modo que podrán ser procesadas por él con cierto éxito.

Este sentimiento de apego es lo que conocemos con el nombre de afecto o amor, según su potencia. Ahora bien este sentimiento en el niño pequeño, que aún tiene un manejo muy magro de su razón, lo percibimos como un sentimiento egoísta, por no "tomar en consideración" las necesidades individuales de la persona a la que pide que lo atienda. Sin embargo a medida que el niño va creciendo y haciendo un mayor uso de su razón, empieza a preocuparse por su protector, de modo que si por ejemplo alguien le pega a su madre, él llora y se preocupa por ella. Afirmar que el niño cuando llora porque le pegan a su madre es porque tiene temor de que le vaya a llegar a faltar comida o afecto, si su madre es accidentada o muerta, es a mi parecer un análisis muy burdo de lo que está ocurriendo. Lo cierto es que el niño llora porque siente afecto por su madre.

Tal vez ese afecto , y en general todo afecto se basa en una relación de empatía dentro de la cual la persona se sienta libre y capacitada de usar su razón plenamente, lo cual además implica una respuesta o retroalimentación por parte de la otra persona. De modo que el egoísmo al desplegar su razón libremente termina por traducirse en un sentimiento de afecto hacia las personas con las que se siente más capaz para desplegar libremente su razón. Estas personas suelen ser en un primer momento los miembros de su familia, que lo aceptan casi incondicionalmente a diferencia de las personas extrañas,, y este espectro de personas se amplía a los amigos y a la pareja conforme el ser humano medura y busca nuevas experiencias para ampliar el uso de su razón dentro de cierto marco de aceptación incondicional mutua.

La preocupación natural por el ego , en el caso de un desarrollo más o menos libre de la razón, se traduce pues en el desarrollo de un sentimiento de afecto, como primeras experiencias emocionales, lo cual es todo lo contrario a un sentido de competencia con los demás o a un supuesto deseo innato de ejercer poder sobre los demás para oprimirlos o hacerles algún tipo de daño, es decir, que refutaría la tesis de que el hombre sea el lobo del hombre.

Ahora bien, en las sociedades como la contemporánea se pretende reducir al hombre a tener que competir por conseguir la gracia y el reconocimiento de los grupos de poder a través del malbarateo de su fuerza de trabajo o de relaciones de tipo servil , pues son estos grupos de poder los que poseen directa o indirectamente los medios de producción, de los que él y sus seres queridos dependen para poder sobrevivir económicamente. En esas sociedades el hombre es inducido por parte del sistema a ser el lobo de los demás hombres. Esta histeria competitiva que permite que los sistemas irracionales de explotación de hombres por otros hombres pueda subsistir, no es natural al ser humano, como tampoco lo es el afán de acumulación de objetos, es decir, el deseo de acumular propiedad privada. Ambos son taras que el sistema se encarga de inculcarle desde temprana edad a sus niños, pues son el móvil principal que mantiene vivo este sistema aberrante. Siendo que hace ya varios milenios que vivimos en sistemas de explotación de hombres por otros hombres queremos , como decía Kant, no pensar por nuestra cuenta sino asumir simplemente que se trata de un defecto natural del hombre, cuando nuestra experiencia cotidiana personal nos muestra a diario que en nuestras relaciones más cercanas lo que suele dar son relaciones de afecto. Y como explicamos estas relaciones de afecto no son una suerte de bondad celestial que se nos inyecta por alguna suerte de iluminación divina sino que surgen de la relación natural del hombre con el hombre en cuanto este siente la necesidad de encontrar un espacio de interrelación y aceptación relativamente incondicional, en el que pueda desarrollar su razón y ser aceptado aún si comete atropellos contra lo racional o convencional.

Por otra parte el sistema al reducir al hombre a un elemento que lucha por competir con otros para subsistir, hace que en gran parte de los casos las personas se alienen a tal punto que pasen este sentido de competencia al plano de sus relaciones afectivas. Esto es lo que denuncia por ejemplo Fromm en su famoso libro "El arte de amar". La alienación por su carácter normalmente inconsciente hace que la gente crea que lo que es "es porque debe ser", pensamiento triste que heredamos de la propuesta moral conservadora de Hegel. Entonces resulta que se termina creyendo que porque en nuestro estado de innercia e impotencia contra el sistema opresor proyectamos a nuestras relaciones afectivas la histeria competitiva a la que se nos ha sometido, entónces las relaciones afectivas también son de carácter competitivo. Y es que en este proceso de enajenación destruimos el carácter originario de dichas relaciones afectivas convirtiéndolas efectivamente en relaciones enfermizas que no son ya ni auténticamente afectivas ni auténticamente competitivas.
Esto es gravísimo porque siendo que nuestra razón se despliega dentro de los marcos de relaciones afectuosas como explicamos con anterioridad, esto significa, que al deformarse las relaciones afectivas en relaciones de una competencia racionalmente injustificada, lo que termina sucediendo, es que tampoco la razón encuentra el espacio que necesita para desplegarse y el hombre termina encerrado en un círculo vicioso de limitaciones racionales.

Resumiendo, el hombre no es pues por naturaleza el lobo del hombre, pero si no se libera de su opresión seguirá sometido a la irracionalidad y en tanto tal, será inducido a actuar como si fuese el lobo del hombre.

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