9 de junio de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: segunda entrega




Para el surrealista, el absurdo no tiene una connotación peyorativa: es la forma de protesta que se opone al juego del coherente, del lógico y del demostrado, categorías impregnadas como criterios incontrovertibles de verdad de los grandes relatos que la ciencia produce para imaginar el mundo.


Del surrealismo, el absurdo reitera la necesidad de múltiples comprensiones del mundo. El absurdo surrealista es una salida espontánea para procurar la voz humana en medio de los poetas, en medio de los deseos.

Declarar, afirma Breton, que la razón es la esencia del hombre, ya es dividirlo en dos, cosa 
que la tradición clásica nunca dejó de hacer. Esta, acrecienta, distinguiendo a los hombres de la razón, y que, por eso mismo, es verdaderamente humano, y el que no es razón, es que, por esta falta, parece indigno del hombre: instintos, sentimientos y deseo. Un corte mortalmente peligroso y omnipotente que el surrealismo pretende sorprender en sus faltas, llamando a la poesía.

Valiéndose de la poesía, el surrealismo muestra su firme intención de derribar los márgenes estrechos del racionalismo, sacudiéndonos, al mismo tiempo, para que despertemos de nuestras ilusiones y dependencias en relación a todas las convenciones vigentes.
Invoca el sueño, la magia de una mirada suprareal sobre el mundo, para procurar un nuevo orden de valores, sin olvidos para los eruditos.
No se puede hablar de suprarealidad, sino como sueño. Los sueños son siempre surrealistas. Ellos hacen acordar el deseo, mostrándole como la razón (impuesta por los profesionales del saber) los asfixia.

Los sueños, más allá de lo que nos puedan parecer, muestran que también existen ilusiones, negativas y cansadas, una razón que pretender ser realista. Ellas llevan en sus costas todo el cansancio del mundo, sirviendo, sin escrúpulos, a los señores de la safomania.

Las clasificaciones, los lugares atribuidos por la ciencia para el mundo y los deseos son también tentativas de concierto, un encarcelamiento a todo lo que por su naturaleza no admite parrillas.

En contraposición, los sueños surrealistas muestran las razones que la razón instituida ignora, esto promueve las luchas de los opuestos, desarraigados y enlazados donde cada uno asume la verdad de su vida en su favor. Es la fantasía en lugar de los fantasmas.
El sueño (como poesía encantada) es un espacio de creatividad sin censuras: gestos, imágenes, deseos sin miras ni tiranías. Es un modo de expresión vaciada contra el poder y los poderosos, contra la tela de araña que forma, con una venda de imposición, miedos y dependencias, el hombre resignado.

El surrealismo propone un sueño diurno y nos invita a ser la Penélope que despierte de día para ser fiel a si misma.

Es la revolución por la autonomía del arte. La revolución por el sueño transformado en acciones pedagógicas que incitan micro-revoluciones. Así, la revolución surrealista encara el sueño como posibilidad de descolonizar la imaginación. Por ahí pasa la búsqueda de una declaración surrealista de los derechos del hombre: la declaración universal de los derechos del deseo, del derecho a la creatividad, del derecho a soñar.



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