26 de junio de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: quinta entrega



















¿Cómo es posible imaginar lo nuevo? Esta es una gran pregunta que precisamos formular si quisiéramos que nuestras vidas sean articuladas por una mentalidad democrática. 
Debemos, por lo tanto, procurar de la imaginación democrática. Tenemos, así, una relación estrecha entre sueño, imaginación y autonomía. Esta última, la definiría como el derecho de imaginar y de inventar nuestros propios deseos. 

Pedagógicamente hablando, las artes brindan una posibilidad insustituible, estimulan la imaginación creativa, volviéndonos, absolutamente, permeables para lo nuevo. Representan actos de producción de lo nuevo. Es lo nuevo erotizado por el acto pedagógico. 

Los cadáveres son poéticamente enterrados. Las verdades nostálgicas, vencidas por la lucidez de la sala de aula. Las vanguardias regresivas del academicismo por una pragmática poética, afectiva y eficiente. Ya no se trata de hacer discursos sobre el valor pedagógico de una imaginación creativa. Es colocarla en práctica para descolocar nuestra mentalidad del sistema instituido. Es hacer la experiencia de producción de lo nuevo. Es aprender a “ser el hombre nuevo”. Creo que la línea más sobresaliente de una mentalidad democrática es su predisposición inagotable para la imaginación de lo nuevo, para la recepción de lo imprevisible. 

Entonces, la poesía (en el sentido de las artes), nos enseña a adquirir una permanente actitud “adémica” frente a todas las cosas del mundo. Una mirada primitiva, absolutamente indispensable para que el saber recupere su función de turbulencia y singularidad. La visión “adamica” frente al mundo podría ser entendida como una propuesta de constitución del saber a partir de la instantaneidad. 

Así, el hombre “adámico” estaría “enxergando” permanentemente las cosas del mundo en estado virginal, creando permanentemente nuevas condiciones de visibilidad, y rechazando rutinas mentales seculares, que obstaculizan su percepción de lo nuevo y su sensibilidad singular. Una vuelta de la razón al templo de las crianzas, donde se ven las cosas del mundo por primera vez. Lo poético, en Bachelard, no es un simple ordenamiento. Tiene necesidad de un poder, de una energía, de una conquista, de una magia transformadora. Para el no se comprende bien ninguna contemplación ociosa. Es preciso – comenta – que el ser que contempla juegue su propio destino ante el universo contemplado. 

En su “epistemología” “noturna” todos los tipos de poesía “sao” tipos de destino. Una historia de la poesía, dice, es una historia de la sensibilidad humana. La poesía, para Bachelard, revela que el hombre desea un deber, un destino, una afectividad creativa. Para el filósofo, de los obstáculos epistemológicos, la función primordial de la poesía es la de transformarnos. La poesía, proclama, es una obra humana que nos transforma con mayor rapidez: basta un poema. Invocando a Lautremont, Bachelard recomenda leer la poesía como una lección de vida, como una original lección de voluntad de vivir. Así, la poesía, lo que ella espera, de pronto, es subversión. La vida ofensiva sucede a la vida ofendida. La importancia del grito por la vida presente en los “Cantos de Maldoror”. Sin embargo el grito poético, un universo gritado como energía de vida, es siempre a mi ver, elegante, lleno de gestos tranquilos. Es siempre un grito calmo. E

se es para mí el grito poético que propone Bachelard. Un grito silencioso. Sentir que los “fracos” rugen. Los que prefieren gritos desgarradores, dice Bachelard, no saben gritar. Es el grito del miedo frente “a la amenaza”. Muestra un cuerpo comprometido con la angustia, más no con la transformación del humano. Los significantes rabiosos están hechos de mediocridad lúdica, de mediocridad imaginativa. No se necesita de defensas maníacas: agredir para no “engolir” deseos desencantados, prohibir para permitir, censurar para defender el derecho a la creatividad.


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