24 de mayo de 2009

Para donde va mi arca

Julieta Rodrigues me mandó ayer un correo que me emocionó, dando origen al texto que edité ayer. Ella se preguntaba, leyendo mi texto acerca do Titanic e da Arca de Noé, para onde vai a Arca de Warat? Qual el sueño que este homem persegue obstinadamente? Y me decía que Após tantos, como Lispector, às vezes acho que sei, outras, nem sonho. Pero Julieta es una de mis amigas que mejor conoce mis territorios desconocidos, siempre tuvo buenas conversaciones con mis dragones. Ella sabe mejor que yo para donde va mi arca. Yo no tanto, principalmente porque trato de dejarla navegar sin mirar demasiado la cartografía que me permita saber para donde voy. Me conforma que la cartografía me sitúe donde ahora estoy. Tal vez podría decir alguna cosa de por donde me gustaría que vaya el arca de Casa Warat. No obstante eso, existen veces, en que pienso que mis sueños y deseos no son una brújula suficientemente buena. Las aguas están cada vez mas turbulentas y las tormentas en alta mar van en aumento sin ningún momento de sosiego.
Está claro que debemos apostar a una revolución educativa, que modifique ampliamente la concepción de educación. Pero esa educación revolucionada tiene que ser para todos, para revolucionarnos educativamente todos juntos. La dificultad asusta y desesperanza. Si pensamos que esa nueva concepción de educación tiene que estar a disposición de una política inclusiva deberíamos encender una gran luz roja de alarma. Parecería en una primera aproximación que una política inclusiva debe contar con excluídos que deseen terminar, salir de esa condición y encontrar caminos de reintegración social. Una política inclusiva requiere gente dispuesta a la construcción de su ciudadanía protagónica. ¿Pero como podemos ayudar a los excluídos a construir su ciudadanía si ellos ni siquiera tienen conciencia (una gran mayoria de ellos) de su existencia gregaria, de su existencia como identidades? La mayoría de ellos no tiene conciencia de su identidad. Precisaríamos previamente significar las palabras individuo, sujeto, persona. No saben que significa identidad. Gente que ni siquiera sabe que tiene un nombre. Si les preguntamos como se llaman ellos, sus padres y hermanos, no saben responder. Eso es algo que constaté en la experiencia del día a día de las escuelas públicas del Gran Buenos Aires, del conurbano de la Provincia de Buenos Aires. Una situación mas grave, en términos numéricos, la constaté entre los riberiños del Río Amazonas, acompañando las experiencias que desde Macapa se efectuaron a lo largo del Río (en un proyecto de justicia fluvial itinerante, coordinado por la juiza Sueli Pini). Los riberiños del Amazonas tampoco saben sus nombres, desconocen tener identidad (algunos creen que la identidad pasa por ser civiles o militares, nada de saber su nombre y apellido). Esos "inexistentes", como se los llama en Brasil, son millones (en un censo del tribubnal de justicia de la primera región, llegan a decir que son mas de diez millones). Una cifra que requiere ayudarlos a construir su identidad. Son gente que no tienen conciencia de coconciencia de lo que espanta. En el resto de América Latina sospecho que es igual. Me gustaría tener información.


De cualquier manera, la pregunta es, cómo se los educa o se los ayuda a aprender teniendo como mira la construcción de la ciudadanía, la integración y los Derechos Humanos. Todo tiene demasiado olor a fantasía bucólica. Frente a ellos no se puede hablar de tribus urbanas. Todo es mucho más grave. Como podemos en las escuelas públicas del Gran Buenos Aires aplicar una estrategia educacional basada en el redespertar de la sensibilidad. Sus dolores, y las marcas que dejaron, tiene una profundidad que demanda una amplia política prelimir de resiliencia. Los chicos de las escuelas públicas solamente conocen los peores códigos de la calle. "Si me atacás o me representás alguna cosa que puede llegar a molestarme, entonces, te mato." Ese código tiene una aplicacion cotidiana en las escuelas públicas del Gran Buenos Aires. En las escuelas los chicos reaccionan de esa forma si un compañero los molesta. Aunque sea por una cosa muy tonta, "lo matan". Y si las maestras no intervienen, matan. Eso se suma al pacto de mediocridad, entre el Ministerio de Educación, supervisores, etc, que viven haciendo despachos para no decidir ni asumir responsabilidades sin importarles que la vida de otros chicos esté en riesgo. En esas escuelas el que quiere estudiar no puede. Si las maestras quieren tomar alguna medida sobre los chicos violentos, con códigos nada convivenciales, son acusadas de discriminación. Nadie ve, ni le importa que la vida de otros chicos está en riesgo. Si ocurre alguna desgracia, mejor, aumenta el numero de teleespectadores. Más ganancia para Tinelli.



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