24 de septiembre de 2013

Intensidades (1)



A puertas abiertas: Intensidades sobre el plano inconsciente en la filosofía del derecho.

Comunicação do Prof. Luis Alberto Warat do CPGD/UFSC


Revista Seqüência. UFSC, Florianópolis, SC, Brasil V. 14 n. 27 (1993)


1era PARTE


I. De donde parto.

En esta exposición me propongo hablar de los puntos de giro, que a mi juicio, la enseñanza y la investigación del Derecho deberían establecer para acompañar los vertiginosos cambios de mentalidad que comienzan a mostrarse como punto final del siglo XX.
Para cumplir con este empeño reflexivo dividiré el trabajo en dos momentos.
El primero centrado en algunas cuestiones referidas al proceso de “enseñanza -aprendizaje”; y el segundo apuntando a las contribuciones que, para la investigación del Derecho, puedan surgir del encuentro del saber del Derecho con el psicoanálisis y la política.

Primer momento

II. El seminario: Los alrededores de la verdad y del afecto.
Los aciertos de un seminario pueden ser considerados desde varios ángulos.
Es conveniente medir sus resultados viéndolo como un lugar de encuentro, de confidencias y confianzas para poder, como dirían Deleuze y el recordado Guattari, pensar entre amigos: un” entre-nos” donde se espera que el afecto circule con más peso que las diarias rivalidades por el prestigio académico.
Un seminario siempre puede ser una intimidad competente para una aproximación vital con el otro que se ocupa de las mismas cuestiones. Todo seminario puede provocar ese contacto “cuerpo a cuerpo”, que se trata de excluir de nuestros habituales manoseos con el pensamiento puro: una circunstancial sociedad de” amigos-amantes” que incitan a pensar lo “nuevo” (lo indecible que se significa) a través de una flujo de lenguajes y afectos que suspenden, aunque sea momentáneamente, el peso de las actitudes intelectuales que apuntan a lo magistral, y sostienen la frialdad marmórea de los claustros.

Está pasando la época de los intelectuales clausurados en si mismos, y presos de las ilusiones de sus propias pretensiones de universalidad (los que idolatran su propia huerta). La filosofía que nos es contemporánea empieza a rechazar al intelectual que dice ser un guardián del rigor, para poder hablar de sí. Reproducir y trivializar, conforme a un modelo por el mismo creado, para intentar sostener su narcisismo y descalificar la diferencia del otro. El intelectual que banaliza, en nombre de una ignorancia erudita, perdió su hora. Comenzamos a exigirnos contar con filósofos cooperativos, que precisen del otro para pensar, sin la determinación de un modelo a partir del cual se midan las diferencias. Filósofos que hablen en un nivel inmediato, vital, que apuesten en las intensidades de un “llegar entre -nos” a aquello que explora, en vez de ser el origen narcisista de un cálculo de dominación.

En todo seminario existe la oportunidad (no siempre alcanzada) para un agenciamiento colectivo, que niega la mística de captura, de los modelos que esconden el apego narcisista de algún intelectual encantado con su propio prestigio.

Generalmente, son intelectuales exitosos, con una buena comercialización de su obra y de su imagen, que no consiguen hablar de otra cosa que de sus triunfos, hablando de cualquier cosa...Y el otro, sólo como pasivo admirador, nunca un interlocutor que aporte. De nada sirve simular pensar al mundo con rigor, si con esto sólo se quiere poder desconocer la palabra del otro. Un seminario nunca es un “pasaje al acto perfecto”. Tampoco es la posibilidad de que la gente tenga un significante en el que reconocerse. Mucho menos, la búsqueda de un momento de conmoción que provoque un efecto de masa en lugar de un efecto de “sentimiento-sentido”.

 A mi modo de ver, el efecto de un seminario es una operación de conjunto, siempre en alerta contra el surgimiento de un padre ideal y de una masa neurótica que lo idealiza. El magisterio, como discurso del amo que hace desaparecer la falta, no puede aparecer en un seminario.

Nuestros malestares cotidianos nos reclaman esquivar el magisterio. Un reclamo que nos exige ir a la búsqueda de otros lugares para pensar, renunciar a los modelos magistrales e intentar huir hacia la originalidad (la diferencia en “mi”, que puedo producir reconociendo que hay algo que yo no había sospechado), ese territorio del placer que me hace escapar de los puestos de autoridad: la embriaguez que destruye o trivializa la diferencia.

Sin duda, vivimos una época de malestares múltiples, dilemas y rupturas existenciales, donde no podemos darnos el lujo de ser banales o destructivos .Las trivialidades tienen que ser complicadas por los puntos de subjetivación, y la critica destructiva, sustituida por las fuerzas de la creatividad (el pensamiento del otro cuidado y no avasallado para poder llegar al “entre-nos”, que es condición necesaria de la creatividad). La crítica del resentimiento muere en las palabras y es siempre, junto a las banalizaciones, una forma cómplice de la dominación, por oponerse a la vida que huye de las determinaciones, de lo que ya está demasiado dicho.
Un seminario puede nutrirnos con una forma de montaje, que de vuelta a los modelos con los impulsos de fuga y las individuaciones instantáneas, con la incitación a crear territorios a medida que se los recorre: un erotismo conceptual que se realiza entre la ética y la estética, como medida preventiva contra las trivialidades eruditas de los modelos y las tendencias destructivas de los que tienen la fantasía de ser los dueños de la verdad, ese poder pastoral-denunciado por Nietzsche, Foucault,y Deleuze - que inocula resentimientos y expropia los mecanismos de individuación. El seminario soñado por Barthes: el lugar como texto que no pasa por la escritura, sólo una determinada manera de estar juntos, para conseguir la inscripción de la significancia. El texto, yo diría prolongando Barthes, que no es producto, sino práctica de sorpresas para el otro. El seminario como la sorpresa de los otros, como lo que porta los posibles de nuestras propias diferencias.

No se puede pretender que un seminario nos depare un momento singular para la creación de conceptos; de el se puede esperar que funcione como un dispositivo de intercambio, la emergencia de un pequeño “ritmo social”, que puede ir marcando la multiplicidad y la simultaneidad de un conjunto de intensidades en movimiento, que precisarán luego, ser insertadas en ondas preexistentes de creaciones conceptuales. Apenas dar dos, puertas abiertas. El seminario como un punto de subjetivación grupal (una atmósfera, una arruga del “estar-en-si-mismo” de los intelectuales), que tiene que valorizarse por la intensificación de las conjunciones, encuentros y diferencias que sea capaz de incitar . Flujos semióticos que podrán funcionar como una posibilidad de introducción del movimiento en los conceptos, o de éstos en los movimientos de vida en que se envuelven (lo colectívo en Guattari): el seminario como pliegue cartográfico. El seminario como fuga narcisista, como huida de la academia.

El espacio de un seminario (el que a mí, particularmente, me gusta) debe ser, como decia Barthes, novelesco: un espacio de circulación de los deseos sutiles, los deseos móviles, que en su estallido, apuntan a una socialidad cuyo opacamiento debilitan: el trabajo del deseo como posibilidad de liberación colectiva de la singularidad - del conjunto y de cada uno de los participantes. La creación colectiva de lo nuevo como posible .Un recreo de lo colectivo como territorio que implanta una red implacable de vigilancias, capaz de anular las diferencias e impedir cualquier huida hacia lo que ponga en duda la legitimidad moral-jurídica- política ya establecida. El seminario como un paréntesis de libertad.

El seminario, en definitiva, como lugar de encuentro con el otro, de encuentro con los afectos. El lugar de producción de un “saber- querer”, que determine algún vuelco en la subjetividad de los participantes. Un trastorno de los sentimientos. El lugar de encuentro de los que saben-querer, que son los que apuestan y ayudan al crecimiento del otro. El que sabe querer porque sostiene al otro para que encuentre o se re(encuentre) con la vida. El seminario como el lugar donde aprendemos a ser rigurosos con los sentimientos. Un lugar transferencial.
El lugar donde lo poético funciona como transferencia (el espacio surrealista al que hago referencia en algunos trabajos míos).

La labor del seminario, para Barthes, es la producción de diferencias. El ve la diferencia como lo que recupera la originalidad de los cuerpos (que se relacionan) tomados de uno en uno, interrumpe la reproducción de los “roles”, la repetición de los discursos, desbarata toda puesta en escena del prestigio, de la rivalidad.

En un seminario se puede hacer circular la diferencia, considerando todo lo que el discurso erudito desprendió de su saber, lo que naufragó de la verdad académica: restos, retazos, movimientos de aparición-desaparición de los indecibles.
El erotismo de las verdades. Los no dichos que están en nuestros cuerpos disponibles para el otro como caos “El cuerpo, afirma Barthes, es el futuro de lo que se ha dicho”. Una forma, agregaría él, de adivinar todo un desplazamiento de la civilización.
Todavía en Barthes: el seminario es como una conversación aturdida entre muchos, abandonada a una ligera euforia que nos permite desterrarnos, embriagarnos de sorpresas en una escucha fuera de lugar, carnavalizada (la escucha donde el método y la enseñanza fracasan). La escucha que se aparta del saber y de la enseñanza como modelo. La escucha que nos erotiza produciendo la sorpresa que licua las trivialidades y todo lo que se enuncia con ganas de destruir al” otro”.

Decididamente, un seminario tiene que apostar a todo lo que tenga capacidad de sorprendernos, para provocar en nuestra propia subjetividad un pliegue como diferencia. Sólo sirve pensar en un trabajo de transformación de la subjetividad (propia y colectiva): un movimiento de subjetivación que inunde el mundo infiltrando líneas de singularidad y de futuro. La subjetivación que pueda reemplazar la (in)diferencia por la diferencia.

En un seminario, desde mi óptica, se trata de tomar disposiciones, montar dispositivos ( en un estar -todos-juntos) para poder obtener una actitud creativa en la incesante construcción de la subjetividad: alternativas variadas, barrocas, en el movimiento de fuga que posibilita un coeficente de libertad .

No se puede acudir a un seminario esperando ser “enseñado” por los que saben. En el seminario toda enseñanza está frustrada: no se transmite ningún saber, únicamente se constituyen “climas para crearlo; se persiguen ráfagas de los indecibles, rumores del caos. El seminario es un lugar de incitación, donde cada uno trata de recojer las botellas que el otro lanzó al mar. Un rosario de deseos, afectos y dudas. El propio cuerpo que circula como objeto del saber. Hacer circular un saber, que se dice erudito, con la secreta y principal finalidad, diria Barthes, de tocarse las manos.

Es evidente, que cuando las manos se tocan circulan los deseos y se crea la palabra colectiva. La palabra es rica cuando es solidaria. La palabra aislada, del “filósofo fanfarrón” (el intelectual que se presenta como la mala conciencia del otro esperando conseguir lucros para su imagen), puede ser fascinante, pero no sirve como punto de subjetivación.
Barthes coincide con Guattari cuando dice que un seminario es, únicamente, un “orden de ramificaciones”, es decir, un rizoma: la multiplicación de deseos. O como Freud dice, de las escenas:”...no forman simples ringleras, como las de un collar de perlas, sino conjuntos que se ramifican a la manera de árboles genealógicos”.

Guatari y Barthes murieron, donde quedó el saber que sus cuerpos portaban?
Todo lo que sabían murió con ellos?. El saber, como el placer, muere en cada cuerpo que se agota?. Barthes contestaría que no, que puede perdurar en cada seminario que organizó, participó o marcó indirectamente: el “entre-nos que enfrenta a la muerte de los significados, el seminario como la memoria de todos; lo dicho que queda, temporariamente, en el silencio de los indecibles.

Estoy, con esta concepción de lo que puede ser un seminario, apuntando a la filosofía en términos nitzchianos-deleuzianos, lo que implica todo un alboroto en relación a sus formas más clásicas. Un torbellino que nos disloca de los dos grandes posicionamientos estratégicos de la filosofía tradicional: 1) de la actitud reflexiva, cuestionada por Deleuze, y que yo rechazo por trivializadora; y 2) de la postura crítica, que la estoy derivando de la apuesta deleuziana para negarla, por verla finalmente cómplice de las tendencias destructivas que contaminan el pensamiento de muchos intelectuales. Se propone sustituirlos por la creatividad, para otorgarle a la filosofía (junto con la estética) el destino de constructora de mundos posibles, de iniciadora de lo nuevo (la filosofía como hechicera que nos inicia en lo indecible).
En fin, el seminario como brecha, dardo, lugar de los que se buscan para no seguir haciendo de los sueños la imposible espera de un príncipe encantado.
El seminario, que permite sentir que no es posible hacer un intercambio mercantil entre saberes de especialistas. El saber de los otros sólo como brecha que altere el propio saber, nada a demostrar, únicamente una forma de estar juntos para ir reformulando una subjetividad que le tenga menos miedo a la vida.


CONTINUA

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