31 de octubre de 2012

pensamientos



Un filósofo que piensa de nuevo


Por Reyes Mate | 25 de Marzo del 2006


En sus cuatro últimos libros, Slavoj Žižek reflexiona sobre los peligros del mundo y su relación con lo real y lo virtual. Para ello se vale de instrumentos como el psicoanálisis lacaniano y el marxismo.



Hace falta un cierto desparpajo para escribir que el prestigio de que goza últimamente Hannah Arendt es “el signo más claro de la derrota de la izquierda”. Lo tiene Slavoj Žižek (Eslovenia, 1949) cuando, en Quién dijo totalitarismo (Pre-Textos, 2002), arremete contra el desprestigio del término radicalidad, que enseguida asociamos con totalitarismo: una operación exitosa de la factoría Arendt cuyos actuales productores se han especializado en reducir política a democracia liberal.
Él se presenta como un filósofo radical porque pensar es pensar de nuevo. Se hizo filósofo, aclara, en segunda opción, como casi todo el mundo. Su aspiración era el cine, hasta que se dio cuenta de que para entender por qué Charles Chaplin se oponía tan tercamente al cine sonoro tenía que echar mano de la filosofía. Žižek tiene una capacidad innata para sorprenderse ante dichos o hechos que a los demás nos resultan normales. Lo que necesitaba era instrumentos apropiados para dar contenido a esa capacidad de sorpresa.
Los encontró en el psicoanálisis lacaniano y en el marxismo. El psicoanálisis le permite reconstruir la subjetividad del hombre moderno, tan cuestionada por todos los que dominan la escena filosófica, desde los deconstructivistas a los procedimentalistas.

Con la ayuda de Lacan recompone el escenario originario en el que debe desarrollarse un sujeto a la altura de nuestro tiempo. Lo que envuelve al hombre cuando nace no es un mundo inocente sino una realidad llena de fracasos e injusticias que traumatiza a quien trate de ignorarla, pero que coloca a quien la reconozca ante la grave  responsabilidad de dar una dimensión política a su subjetividad, tema de El espinoso sujeto (Paidós, 2001). Para eso está el marxismo. Žižek, que ha sufrido los rigores de la burocracia comunista en la ex Yugoslavia, no está dispuesto a tirar el marxismo con el agua del comunismo.

Él no puede renunciar al concepto de economía política, es decir, no quiere perder de vista el papel determinante de los intereses económicos en la construcción y en la explicación de la política. Pero nada más lejos de este autor que la escolástica, ni siquiera la marxista. Su pensamiento está trufado de sociología, literatura, cine, chistes y una astuta utilización de lo que podríamos llamar el motín de la anécdota, esto es, la habilidad para cuestionar una teoría con un ejemplo que no encuentre acomodo en ella.

Con este armazón teórico sale a campo abierto para -a libro por año, pese a que odia escribir, según dice en Arriesgar lo imposible (Trotta, 2006)- luchar contra los entuertos que le salen al paso. Su mirada sobre lo que llamamos “nuestro mundo” es corrosiva. Ese mundo está compuesto, en efecto, de café sin cafeína, nata sin grasa, guerra sin bajas (propias), política sin política, es decir, se nos ofrece una existencia desprovista de substancia por lo que ésta tiene de conflictiva y amarga. De ahí saca dos conclusiones de alguna manera contradictorias: como la realidad pura y dura está llena de peligros, hay que desplazar al hombre a la realidad virtual, único lugar en el que se le puede liberar de la amarga substancia. 

Y, en segundo lugar, el mandato del goce. Gozar es obligatorio y no hacerlo conlleva culpabilidad. Entonces, ¿por qué no, en lugar de café, inyectarse cafeína?; ¿por qué no, en lugar de la excitación de la realidad externa, tomar drogas que animen directamente al cerebro? El problema es que, pese a todo este decorado artificial, la guerra causa muertos y la droga no trae la felicidad. Ahí se sitúa Žižek

Y provoca de verdad cuando él, dispuesto a refundar la izquierda, prefiere las malas compañías de los conservadores. Por ejemplo, la de Pascal, un cristiano a la vieja usanza que moviliza su gran talento contra lo nuevo. Admira esa rebeldía porque es señal de que Pascal ha reconocido la fuerza de lo nuevo, los desgarros que acarrea, los cambios profundos que exige. Quien no se entera de nada es el progre siempre dispuesto a estar al día y correr tras lo último. Es el mismo talante de Charlot cuando se oponía al cine sonoro: él sí sabía lo que estaba en juego.

Con Žižek no se puede uno fiar. Piensas que está contigo pero pronto adviertes que es por razones opuestas a las tuyas. Pasa con el multiculturalismo que él acosa sin respiro. ¿De qué sirve, se pregunta, no guisar las hamburguesas en la India con grasa de vaca si esa multinacional es portadora del virus económico que arruina los recursos naturales, las tradiciones culturales y sus formas de organización? ¿El respeto al otro debe cerrar los ojos a costumbres bárbaras como quemar viva a la mujer del viudo que es lo que se hace hoy en la India? Ni está con los que subliman el respeto al otro, ni con quienes defienden valores universales sin atreverse a tocar el uniformismo letal del capitalismo.

La compañía de pensadores radicales occidentales le hizo sospechoso ante los burócratas comunistas. Nada extraño si constatamos aficiones tan poco ortodoxas como el interés que éstos muestran por Pablo de Tarso, por ejemplo.

Podemos enumerar hasta media docena de libros paulinos entre los filósofos políticos contemporáneos: Agamben, Badiou Taubes... Žižek no se queda atrás hasta el punto de definirse como un materialista paulino. El subtítulo de El frágil absoluto (Pre-Textos, 2002) es '¿Por qué merece la pena luchar por el legado cristiano?'. En la carta a los Corintios Pablo habla, a propósito del amor, del “odio a los padres” que Žižek interpreta como rebelión contra el mundo de valores y símbolos que nos rodea; él apuesta por una subjetividad política capaz de crear de nuevo el mundo.

Pero es en El títere y el enano (Paidós, 2006) donde Pablo ocupa el centro de su reflexión. En ese libro el tema es el del subtítulo: “El núcleo perverso del cristianismo”. La perversión consiste en crear un gran otro que anula ese momento creativo de la libertad, propio de quien sabe que no hay garantía y que hay que jugársela con cada decisión. El cristianismo es perverso porque en lugar de sacar las consecuencias del abandono de Jesús en la cruz ha construido una historia con otro omnipotente. Su salvación depende de que se autodestruya como religión.

Ya ha quedado dicho el partido que Žižek saca de las películas. En Matrix, cuando el héroe despierta a la cruda realidad, ve un paisaje desolado, lo que quedó de Chicago después de una guerra mundial. El líder de la resistencia, Morpheus, recibe al héroe con un “Bienvenido al desierto”, frase que da pie al título de otro de los libros de Žižek recientemente traducidos Bienvenidos al desierto de lo real (Akal, 2005). El argumento del filme le sirve para explicar el atentado del 11-S. No deberíamos ver, nos dice, en las Torres Gemelas el símbolo del poder mundial, sino la encarnación del desierto, del capitalismo especulativo financiero cuya realidad es virtual. Ahora bien, si la nada gobierna el mundo, ¿por qué extrañarse de que el mundo real de afuera sea una amenaza a esa irrealidad? El capitalismo financiero sería el mejor alimentador del terror y lo que los habitantes del Primer Mundo -que son los que se aprovechan del mundo virtual- deberían preguntarse es por qué no conocen causa por la que valga la pena sacrificarse.
Kieslowski, el director de la famosa trilogía de los colores, le sirve de guía a su Lacrimae rerum.
Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio (Debate, 2006). Nada como el cine para hacernos ver que la ficción, aunque se tome por Lo Real, no es la realidad. Pero lo que aquí persigue es indagar por qué vivimos la realidad como pesadilla de la que hay que huir. ¿No habría manera de transformar lo que nos hace daño en punto de partida de una reconstrucción de la realidad que no sea huida en lo virtual? “Lacrimae rerum” era el nombre que daban los antiguos a las lágrimas de la escena, las únicas que soportaban porque las reales provocaban pavor. A través de mil aproximaciones, Žižek trata de decirnos que lo grave no es que hayamos perdido de vista la realidad, sino que hemos perdido de vista el sentido de la realidad simbólica, esto es, la capacidad de ver en lo imperfecto de la vida, en sus dolores y contradicciones el único sentido capaz de sacarnos de la inmovilidad a la que nos remite este mundo virtual tomado por la realidad.

Más allá de la provocación o del virtuosismo indigesto propio del jugador que regatea hasta su sombra, lo que hay que ver en este autor es el rescate del gesto filosófico originario, como dice Antonio Gimeno, traductor e impulsor del conocimiento de Žižek en el área hispanohablante. Ese gesto de pensar de nuevo -algo que tratándose de la filosofía debería ser evidente- es lo que resulta excepcional. Por eso seduce tanto.


Slavoj Žižek. Arriesgar lo imposible: Conversaciones con Glyn Daly.
Traducción de Sonia Arribas. Trotta. Madrid, 2006. 168 páginas. 14,42 euros. 
El títere y el enano. El núcleo perverso del cristianismo. Traducción de Alcira Bixio. Paidós. Barcelona, 2006. 240 páginas.14 euros.
Bienvenidos al desierto de lo real. Traducción de Cristina Vega Solís. Akal. Madrid, 2005. 128 páginas. 14 euros.
Lacrimae rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio. Traducción de Ramón Vilà Vernis. Debate. Madrid, 2006. 300 páginas. 19 euros.

Publicado en la sección “Babelia” de El País.
www.elpais.es

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