27 de octubre de 2010

texto ardiente


Mañana

En aquel día azorado de verano en dónde la mañana se fue tan fulgurante, impensable...
Subí a la terraza. Cielo espectacular nubes blancas, limpias y claras. Mi mente ahí, ahí arriba. Suspiros narcóticos que me hacen pensar en todo. Pensar que no fue porque no quise. Bajo las escaleras. Alguien toma mi brazo ¡Qué arrebatado! No me dio tiempo de bajar a esta realidad, la de los dos. Algo nuevo, efímero, contundente. Anoche reconociéndonos con el roce de nuestros cuerpos. Por desquite o curiosidad. Y ahora en esta mañana yendo a su cuarto.

Vuelvo al mío después del todo, después de la nada. Estás en mi cuarto. Tu cama junto a la mía. El calor de mi cuerpo no se fue todavía, mis mejillas arden. Tienes ese color pomáceo del despertar luego de noches tremendas, de buscar y querer encontrar.
Entra él a despedirse. Se miran los dos y ambos me miran ¡Qué extraño!
Lo despido a él rápidamente y vuelvo al cuarto. Me dices: “te gusta ese gringo”, en un tono irónico. Te miro y sonrío. Simplemente porque no son cuestiones físicas las que me hacen que alguien me guste, son otras cosas...
Quisiste que hable y conté todo estrepitosamente.

¡Qué zarpazos tiene mi vida! Ahí en la oscuridad de ese cuarto me besaste agonizantemente suave. Y sólo pude sentir y sólo pude seguirte.
Nos reconozco insertos en la multitud en esa noche de verano. Recuerdo nuestros ojos imaginándonos, deseanlo todo.
Y claro que presentíamos como ésto nacía esta mañana y moriría mañana.


Claudia Calizaya


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