9 de agosto de 2010

esperanza

Una esperanza - Clarise Lispector


En casa se nos ha posado una esperanza. No la clásica, la que tantas veces se revela ilusoria, por mucho que así nos lo sostenga siempre. Sino la otra, bien concreta y verde: el insecto

Hubo un grito sofocado de uno de mis hijos:-¡Una esperanza! ¡Y justo encima de tu silla!Emoción de él, además que unía las dos esperanzas en una sola, ya tiene edad para eso. Antes, mi asombro: la esperanza es algo secreto y suele posarse directamente en mí, sin que nadie lo sepa, y no en una pared encima de mi cabeza.
Pequeño desorden: pero era indudable: allí estaba, y más flaca y verde no podía ser.-Pero si casi no tiene cuerpo- me quejé-Sólo tiene alma- me explicó mi hijo; y como los hijos son para nosotros una sorpresa, descubrí sorprendida que hablaba de las dos esperanzas.

Por entre los cuadros de la pared, ella caminaba despacio sobre las hilachas de las largas patas. Tres veces, obstinada, intentó salir entre dos cuadros; tres veces tuvo que desandar el camino. Le costaba aprender.-Es tontita- comentó el niño.-De éso yo se bastante- respondí, un poco trágica-Ahora busca otro camino. Mira cómo duda .-Ya lo sé, así es.-Parece que las esperanzas no tienen ojos, mamá. Se guían con las antenas.-Lo sé- continué yo, cada vez más desdichada.

Nos quedamos mirando no sé cuánto tiempo. Vigilándola como en Grecia o Roma se vigilaba el fuego del hogar para que no se apagase.-Ha olvidado cómo se vuela, mamá, y cree que sólo puede andar así, despacio.Andaba realmente despacio, ¿estaría herida, tal vez? Ah, no, si hubiese sido así, de un modo u otro perdería sangre, conmigo siempre ha sido así.

Fue entonces cuando, presintiendo el mundo comible, de detrás de un cuadro salió una araña. Más que una araña, parecía " la " araña. Caminando por su tela invisible, parecía trasladarse blandamente por el aire. Quería esperanza ¡Pero nosotros también la queríamos, vaya!
Dios mío, la queríamos y no para comérnosla.

Mi hijo fue a buscar la escoba. Yo, sincera, confundida, sin saber si no había llegado la segunda hora de perder la esperanza, dije:-Es que no se matan las arañas. Me han dicho que trae mala suerte...-¡Pero ésta va a matar a la esperanza!- respondió mi hijo con ferocidad.-Tengo que hablar con la empleada para que limpie detrás de los cuadros- dije, sintiendo la frase descolocada y oyendo el cansancio cierto que había en mi voz.

Después fantaseé un poco sobre cómo sería de lacónica y misteriosa con la empleada; tan sólo le diría: "haga usted el favor de facilitar el camino a la esperanza."Muerta la araña, el niño inventó un juego de palabras con nuestra esperanza y el insecto. Mi otro hijo, que estaba viendo la televisión, lo oyó y se echó a reir de placer. No había duda: en casa se había posado la esperanza en cuerpo y alma.

Pero qué bonito es el insecto: se posa más de lo que vive, es un esqueletito verde y tiene una forma tan delicada que explica por qué yo, que tengo la costumbre de agarrar las cosas, nunca he intentado agarrarla. Por otra parte, una vez, ahora lo recuerdo, se me posó en el brazo una esperanza mucho más pequeña que ésta.

De tan leve que era no sentí nada, sólo visualmente me dí cuenta de su presencia. Permanecí absorta en la delicadeza. Sin mover el brazo, pensé: "¿ Y ahora?¿Qué debo hacer?" En realidad , no hice nada. Me quedé extremadamente quieta, como si me hubiese brotado una flor. Después ya no recuerdo lo que pasó. Y creo que no pasó nada.

Fuente: www.salvealmundo.blogspot.com

Gracias Carolina!

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