8 de octubre de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: cuatrigésimo sexta entrega


No es posible reflexionar acerca de la generalizada insatisfacción que provoca la actual estructura de la enseñanza jurídica sin ocuparnos de los modos en que el poder se funde con el deseo.
En ese sentido, es preciso comenzar interrogándonos por las razones que nos llevan a ignorar el deseo como elemento-llave del acto de aprender.
Ocultando los efectos del deseo sobre el saber, obtenemos un conocimiento desmotivado e inocuo, que no sirve para movilizar al hombre en la búsqueda de un obrar transformador (emancipatorio) de la sociedad.
Acompañando el pensamiento de Lacan, recuerdo la fuerte articulación que existe entre el deseo y la verdad. En el fondo esta relación revela una radical imposibilidad del hombre para tener acceso a la verdad. La conciencia es impotente para mostrarnos la verdad, a no ser de manera ilusoria. Este acto es ocultado, en las metáforas de la objetividad y de la neutralidad del saber, para obtener un discurso arbitrario y alienante, pues su efecto es determinar el destino del otro. Ese es el discurso de la ciencia que se ocupa del hombre. Ese es el discurso dominante de la institución universitaria.
Con el auxilio de algunas nociones psicoanalíticas, quiero sugerir la posibilidad de reformular la versión cartesiana de los procesos educacionales, reivindicando la necesidad del deseo en causa, liberando al sujeto que se confrontaría, así, con la ilusión de sus verdades.
En fin, parece interesante no perder de vista que, cuando se desvincula, cuando se omite considerar la relación deseo-saber, se está automáticamente reforzando la relación saber-poder, posibilitando, con esto, que el conocimiento sirva para la irreversible consolidación de una estructura social totalitaria. Si queremos impedir esto, debemos buscar una relación más rica con la razón, capaz de percibir y trascender sus condicionantes totalitarios y de denuncia o substrato de deshumanización que acompaña a la razón instrumental.
Las aulas no son, tradicionalmente, un territorio propicio para buscar, junto con el saber, mejores condiciones de existencia. En las escuelas de Derecho la vida es atenuada y la eficiencia técnica exaltada. El profesor contribuye, inconscientemente, para ahogar cualquier posibilidad de emergencia de vectores de singularidad y espacios de afecto. La autonomía no se conquista sin una predeterminación afectiva.
La ideología, como forma de neurosis comunicacional, no puede ser disuelta si no se contemplan también los conflictos de origen afectivo que la organizan y regulan. Por esta razón es preciso el tratamiento psicoanalítico de los recuerdos latentes, que pueden ser superados por una educación transformadora.
Así, el componente afectivo pasa a ser dos grandes ausentes del proceso de enseñanza en el campo del Derecho. Nadie se ocupa, en las teatralizaciones que van armando la cena pedagógica del Derecho, de lo que acontece emocionalmente con los estudiantes. Exigencias desmedidas, solemnidades e imperturbabilidad en las aulas. No existe proximidad, sensibilidad ni comprensión vital. Los alumnos crecen, cambian, tienen necesidades insatisfechas, angustias y ansiedades; fracasan, triunfan y necesitan ser acompañados en sus ritmos vitales. Pero esto no, acontece. El miedo y la coerción sustituyen, innumerables veces, el placer y los afectos. El miedo y la coerción aflorando el impulso de autonomía y ajustando los estudiantes al trinomio: leer, saber, poder. Una especie de “triángulo de las bermudas” donde desaparecen los deseos, donde se pierde el impulso emancipatorio.
Los hombres aprenden y se socializan, sin ser heterónomamente violentados por la práctica de dominación, cuando la enseñanza funciona respetando una razón dependiente de la interacción emocional y de los deseos sin disciplina.

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