1 de octubre de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: cuatrigésimo primera entrega

La razón humana parece tener una constante militancia contra la riqueza y variedad del mundo, resiste temerosamente a cualquier tipo de polifonía, buscando ansiosamente un principio unitario. En nombre de esa búsqueda surge la verdad, la objetividad, las esencias, las sustancias, esto es, la fe racional en que nunca fue percibido. Es la fe de los hombres de ciencia tan exigentes con los milagros populares.
Antes de eso, los profesores imponen los códigos aprendidos, enseñando a guardar la compostura antes del saber, antes de los libros eruditos, enseñándonos a resguardarnos en una indiferencia salvadora. Con ellos aprendemos la manipulación de una distancia que evite las zonas peligrosas donde el pensamiento se enfrenta a si mismo como obstáculo.
Con tantas prudencias se aniquila la diferencia, la respiración de las significaciones, su erotismo. Pura pornografía significativa por la posesión de una sabiduría a descifrar, mera sabiduría a lamentar.
En cambio, el surrealismo permite pensar el saber, los libros, las aulas como instrumentos disparados al lector, al alumno, para que el los multiplique en el vértigo de su identidad. De esta manera, las palabras son eróticamente ofrecidas, no más como plenitudes unívocas, sino como diseños de un imaginario devuelto al ritmo vibrante de la vida.
El valor erótico de un texto, para el surrealismo, no depende de su desciframiento. Tiene valor en la medida en que permite el reconocimiento que el lector hace de sí mismo, de sus deseos y de los desesperos del mundo. El valor erótico de un texto depende de que cada receptor pueda reconocerse como un lector de sí mismo. Entiendo que alguien es lector de sí mismo cuando adquiere la capacidad de efectuar interrogaciones dirigidas a su propio placer.
Todo texto, que puede ser caracterizado como erótico, presenta cierto coeficiente de autonomía, invitando a huir de la alienación. Yo decía hace poco al respecto de la autonomía, que ella precisa ser semiológicamente interpretada, como un proceso de resistencia al poder alienante de las palabras. En ese sentido, se resiste a la alienación multiplicando a las significaciones petrificadas, volviendo creativo el discurso ofrecido a una identificación ociosa y desbordando, utópicamente, las verdades contratadas.
Si la alienación es pornografía semiológica, la autonomía es su resistencia erótica. La autonomía sería ese viaje que permite desembarcar en una tierra libre de perfecciones significaciones: la escritura carnavalizada. Ella contiene la fuerza de huir infinitamente, de transgredir los sentidos congelados del imaginario instituido. Un modo de tomar distancia para revelar el carácter significativamente pornográfico de la construcción simbólica de la sociedad, su naturaleza de la fantasía perfecta.
En otras palabras, la autonomía discursiva permite aceptar el carácter inacabado de las fantasías significativas y abrirlas a un plural imperfecto de sentidos. De eso resulta que la autonomía discursiva ayuda a cuestionar el poder inserto en un magma de significaciones imaginarias, instituidas socialmente. Sería un discurso de resistencia al poder de las significaciones.
Barthes me enseñó a percibir el poder que reside en la significación. Me muestra que existe un tipo de poder que debe ser visto como el parásito del lenguaje. A partir de Barthes pude distinguir con cierta claridad el poder de las significaciones y las significaciones del poder. Fue una distinción bastante importante para mí. Me permitió constatar la existencia de un poder impersonal y anónimo que disciplina la institución de la sociedad y, sobre todo, fabrica los sujetos heterónomos, universa e unívoco, de la institución simbólica de la sociedad. Las actividades de significar, mismo en la intimidad más profunda del hombre, se encuentran al servicio de un poder, pues las connotaciones que las acompañan introducen en el lenguaje una coerción implacable de que obliga a pensar y sentir en conformidad con ellas.
Las significaciones dominantes en una sociedad contienen en ellas mismas un poder que precisa ser diferenciado del poder que se hace oír en el discurso de todo poder, y que yo llamaría de significados del poder, vale decir, de los significados que instrumentan las prácticas del poder.
A mi manera de ver, el poder del significado nos coloca delante del poder como categoría discursiva; delante del hombre frustrado por una significación. Es la fuerza alienante de la significación que pone en escena un sistema sagrado de representación. Ella impide la relación de pensamiento con el deseo y el gusto de significar. La voz de la alienación: un modo de jactancia y servidumbre presenta en la producción simbólica de la subjetividad y de la realidad. Una tarea de metabolización semiótica que amarra a los deseos un patrimonio común de certezas prestadas. Se instaura, así, un pacto de intercambio basado en el peso psicológico del Occidente, destinado a disciplinar, heteronomamente, el deseo y otorgar a la forma de sociedad una densidad totalitaria.
Cuando hablo del poder del significado, estoy pensando en el control del deseo por el discurso.
La actividad del pensamiento queda, entonces, reducida a una función sin proyecto, pensamientos de una mente que no piensa, pensamientos dependientes de un saber que pierde la forma de un discurso productivo para asumir al de un código rígido, que prohíbe pensar más allá de sus determinaciones.
Atendiendo al poder de las significaciones podemos percibir un espacio social construido a partir de un eco de voces que se mantienen como soportes de una idealización obligatoria, unívoca y extrema. Un espacio social donde el hombre es impedido de participar de los procesos de pensamiento y de la formación colectiva del deseo que depende de su inscripción en cuadros simbólicos institucionalmente controlables. Es el poder que provoca la indiferenciación del deseo. Es el poder que niega el carácter, originariamente, imprevisible, del deseo. En el dominio de esa imprevisibilidad es que se puede pensar la cuestión de la autonomía. Luchemos a favor de ella actuando declaradamente contra el poder de las significaciones.

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