9 de septiembre de 2009

Papeles inesperados: imperdible.


por Graciela Speranza

Convendría, tratándose de Cortázar, que el lector traicionara el orden dócil del índice y la cronología, y empezara a leer las casi quinientas páginas de inéditos y textos dispersos de Papeles inesperados por cualquier parte. Sería ideal que el azar lo llevara a “Manuscrito hallado junto a una mano”, por ejemplo, un cuento escrito alrededor del 55, que en apenas seis páginas condensa el mundo cortazariano y se lee con esa sensación doble, de familiaridad y extrañeza, con la que se descubre un rostro conocido en un viejo álbum de fotos. Antes de llegar al final, uno ya está preguntándose –enigma insidioso de las ediciones póstumas– por qué Cortázar no habrá querido publicarlo. La trama fantástica es sencilla, casi ingenua, pero se expande y se complica con la destreza del escritor que puede mover todos los hilos y al mismo tiempo ocultarlos con la fluidez transparente de la prosa. Mientras en una sala de conciertos parisina Ruggiero Ricci ataca uno de los Caprichos de Paganini y el violín se convierte en “una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida”, el narrador se distrae, piensa en la tía (dicho así de simple: “Entonces yo pensé en mi tía”) y la lógica causal reconocible se trastoca: la segunda cuerda del violín salta en una concatenación confusa de sucesos que se repite con la tapa de un piano que se cae y dispara un insólito plan extorsivo con cuantiosas recompensas y un final imprevisto. Como el salto de la cuerda, la irrupción de lo fantástico –apenas la estilización de una superstición popular en este caso– sucede en el cuento con una naturalidad asombrosa. De ahí en más, todo suma en la composición perfecta (¿demasiado perfecta?) pero el relato avanza con decisión y soltura, como si las frases se escribieran solas. La lógica irracional popular (¿demasiado doméstica para el fantástico más elaborado que Cortázar está tramando en esos años?) irrumpe en un espacio ritual de la alta cultura y desbarata la rutilante lista internacional de virtuosos de los arcos. La abundancia de los nombres reales ilustres, de Pablo Casals (que pide un descuento) a Nathan Milstein (que se resiste y merece un escarmiento), contrasta con el recuerdo banal de la tía y es una de las claves de la eficacia del cuento. Se sale del “Manuscrito...” con una media sonrisa y un leve desasosiego que seguramente volverán en alguna sala de conciertos, como a menudo vuelve el recuerdo de Cortázar cuando el tráfico se atasca, el azar deja ver una figura que la razón no contempla, o los brazos se enmarañan en las mangas de un pulóver. Ya lo sabíamos antes de leer el cuento pero la frescura inédita de estas y muchas otras páginas de Papeles inesperados nos lo recuerdan: no existía esa amalgama de rigor y gracia, realidad y fantasía, alto y bajo, convicción y desprejuicio, antes de la literatura de Cortázar.
La posibilidad de reunir pasión intelectual y experiencia pura, la adecuación de audacia formal y fluidez narrativa que hoy se celebran en las ficciones del chileno Roberto Bolaño florecieron sin duda en la obra de Cortázar y abrieron una nueva vía para la literatura en lengua española. Bolaño nunca dejó de reconocerlo (“Cortázar, que es el mejor”, dice en un repaso de la gran tradición argentina) y está claro que su “modernismo visceral”, con un fondo romántico y surrealista, abreva en ese camino, en confluencia feliz con la vía regia abierta por Borges. Entre nosotros los argentinos, en cambio, la espinosa cuestión de la herencia cortazariana está siempre en entredicho y nunca termina de saldarse, atrapada en los rankings de modernidad con que se reorganiza periódicamente la tradición autóctona, los antagonismos y las oposiciones binarias contra los que el propio Cortázar nunca se cansó de dar batalla. La coartada falaz de entronizar al cuentista y condenar al novelista, por ejemplo, es una forma de recluirlo con honores en el pasado y por lo tanto una trampa. Porque si bien es cierto que, en sus versiones más acabadas, los cuentos renovaron el género y abrieron los engranajes metafísicos del fantástico borgesiano a la vida cotidiana, la eficacísima fórmula quedó exangüe, si no exhausta, en la misma obra de Cortázar. ¿Qué literatura renovadora se escribió en la estela de la cuentística cortazariana? Rayuela, en cambio, artefacto de inspiración patafísica, surrealista y duchampiana, abrió los límites del género, sepultó la pretensión ontológica de la gran novela argentina à la Sábato, preparó el camino de otros experimentos narrativos y regaló un principio de ars combinatoria con el que el escritor puede conectar los materiales y las tradiciones más diversas, sin anular la tensión de sus polaridades. Lo admitan o no sus herederos, Rayuela fue el pasaporte a una forma lábil, modular y cambiante del género que, sin divorciarse del lector mediante un experimentalismo solipsista y vacuo, consigue distanciarlo y a la vez acercarlo.

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