29 de septiembre de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: trigésimo novena entrega

Los romances carnavalizados pueden ser reconocidos como textos poéticos que no dispensan las convicciones surrealistas.
Todo texto que tenga como característica la carnavalización presenta cierto coeficiente de marginalidad, no se encuadra en el modelo recibido de la literatura. Demasiadas cosas están en juego para que las normas y valores que determinan los géneros, literarios y poéticos, puedan encontrar allí su lugar. Los textos carnavalizados son inclasificables, por esa razón son surrealistas: irreductibles a las reglas y criterios que fueron formando la historia oficial de las expresiones poéticas. Son textos que no se encuadran en ningún género, ni responden a la inverosimil ambición de pretender alcanzar la verdad atemporal de la obra.
Por sobre la necesidad de la interpretación de los textos, se exalta la posibilidad de amarlos para vincularlos a la inteligibilidad de su destino. Se propone un vínculo de amor y un compromiso vital. Obsesivas necesidades informativas son, así, relegadas a un segundo plano. En estos escenarios textuales importa más la transmisión de vida que la transmisión informativa.
Para vincularse a un texto carnavalizado, es preciso romper el envase de los géneros y de los hábitos del pensamiento, ni que sea para intentar poseer por lo menos el derecho de ver el mundo y la cultura como en un sueño. La profundidad de estos textos reposa mas en la intensidad que ellos emana, para transformar la sensibilidad, de lo que en los intrincados itinerarios de un orden conceptual. Un discurso carnavalizado no fundamenta la profundidad de su mensaje en la coherencia interna de sus elementos. Se encuentra fundado en los enigmáticos confines de los mecanismos identificatorios: una conquista del proceso de creación en el interior de un texto al que nos fuimos adhiriendo, emocionalmente, para intervenir en el orden del mundo, hasta perdernos en lo indefinido.
La carnavalización es un estado de espíritu y no un género literario. Vale decir, el estado de espíritu transgresor realizado, como en un sueño, por la fuerza del deseo, para provocar deslocamientos expresivos. Desde Descartes todo el mundo sabe que no se puede reconstruir más donde fue efectuada una experiencia de deconstrucción; una experiencia donde la exploración de las ideas precisa ser hecha fuera de los lugares y de las fórmulas consagradas, en la marginalidad de los géneros. Constituyen, por consiguiente, modos extraños y vibrantes de representar las cosas del mundo: visiones inesperadas que rompen, con sus significados, los lugares comunes que, como un murmurio de abejas, solo en la cabeza de muchos – inclusive profesores y científicos sociales.
Lo carnaval es, originariamente, un espectáculo sin pasarelas. No existen separaciones entre actores y espectadores. Todos convergen, en el acto carnavalizado, ejercitando lo plural de la fantasía.
Cuando hablo del sueño surrealista como posibilidad didáctica, me encuentro fuertemente influenciado por las posibilidades de la imaginación carnavalizada. Pienso en las bondades de una sala de aula convertida en un espectáculo sin pasarela. Un lugar donde no existe más separación entre la voz del profesor y los oídos anestesiados de los alumnos. Todos protagonizando la comprensión de sus vínculos con la vida, en lo plural de lo fantástico.
La imaginación carnavalizada establece también una distancia enriquecedora con relación al papel que juega el imaginario cientificista en la producción imaginaria de lo real. El cientificismo, entre otras cosas, se presenta como la negación del plural de la praxis y del saber singularizado, políticamente, en los lenguajes de las ciencias sociales y en la mentalidad que, silenciosamente, trabaja para producirlas. Es la ideología operando como gramática de producción y reconocimiento del saber. En esa dirección, desideologizar y tomar conciencia del carácter mítico y de las funciones fetichizadas de la idea de unidad de lo real y univocidad de la verdad. Estoy hablando de la carnavalización como estrategia desalienadora: un proceso que provoca el descentramiento constante de las verdades, que las sitúa fuera del lugar que la lógica les atribuye. Carnavalizar es arrojar todo fuera del lugar que el buen orden de las instituciones determina. Esto es fundamental para entender las posibilidades de la enseñanza surrealista del Derecho.

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