13 de agosto de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: vigésima tercera entrega

De que manera adelanta tener una sociedad perfectamente organizada si en su interior las relaciones entre los hombres pierden su sentido, no existen más?
No importa la tecnología, importa aprender a estar con los otros. La tecnología construyó sociedades de hombres impenetrables.
Hace poco tiempo asistí a un filme sobre la vida en Tokio. En el mostraban una fábrica de muñecas del tamaño de los niños, hechas para que los viejos pudiesen saltar en los parques, sustituyendo a los nietos que los ignoraban. Los niños preferían las computadoras a la posibilidad de relacionarse con sus abuelos: una cena dramática del devenir del mundo, una muestra de un absurdo aceptado como sensatez racional.
En la pos-modernidad, podemos registrar dos tendencias en conflicto: una dependencia de la cultura oficial, la otra fuertemente resistente a ella. La primera tendencia puede ser vista como paradigma de todas las sumisiones, de todos los compromisos con el status quo y los componentes totalitarios del imaginario social instituido: una dimensión cultural absolutamente presa al poder y a la ley de hierro de la producción capitalista de bienes y creencias. La segunda tendencia se caracteriza por una intermitente búsqueda de la separación entre el saber y el poder. El saber quedándose a la deriva en relación al poder; un saber en busca de la autonomía del hombre y de una estrategia cognitiva predominantemente basada en una “comprensión vivencial” de la significación. Llamaré a la primera tendencia de “pos-modernidad oficial” y a la segunda de “pos-modernidad utópica”. Ésta última designa una actitud de reivindica la posibilidad del hombre de concretar sus utopías interiores, evitando contabilizarlas como ilusiones perdidas.
Pienso que no podemos entender el sentido de la pos-modernidad sin sumergirnos en la dialéctica conflictiva de estas dos tendencias.
El surrealismo tardío pretende insertarse en esta dialéctica como expresión de la pos-modernidad utópica.
Mi gran objetivo es intentar proyectar las principales concepciones de la pos-modernidad utópica en el campo de la enseñanza del Derecho.
Se puede ya vislumbrar un pálido intento de implementación de un proyecto pedagógico consonante con el paradigma cultura de la pos-modernidad oficial. Es necesario, por lo tanto, comenzar a generar amplios focos de resistencia, basado en la reiteración infinita de micro-afirmaciones individuales. La pos-modernidad no es el tiempo de las grandes y heroicas contestaciones. Al contrario, ella precisa de un incesante devenir de la afirmación de nuestra autonomía.
El surrealismo nació con una interrogación abierta sobre la modernidad.
El surrealismo tardío interroga la pos-modernidad.
Bretón vivió lo suficiente para percibir la necesidad de adecuar el surrealismo a los nuevos acontecimientos de la cultura. En una entrevista el afirmó que en su juventud los espíritus estaban amenazados de anquilosamiento, pero los jóvenes de los años 50 tienen su espíritu amenazado de disolución. Y es precisamente en esa década que Lyotard fija el inicio de la pos-modernidad.
En la cultura de la pos-modernidad la amenaza de disolución es total. La energía atómica, cultural y productiva puede llevarnos a la aniquilación final. El sentimiento de estar amenazado crece cada día. Espero que esa amenaza nos impulse a reaccionar y tengamos la fuerza suficiente como para generar la energía de las pasiones. Ella nos puede devolver el equilibrio vital

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