23 de agosto de 2009

De los agenciamientos

De los agenciamientos 1

Félix Guattari.
Reunión en la Escuela Freudiana de São Paulo (SP, 26/08/1982).

Desde mi punto de vista, los fenómenos que el psicoanálisis trata en términos de conflicto no se dejan aprehender. Tomemos el ejemplo de la noción de represión: un procedimiento de semiotización —de agenciamiento onírico, fantasmático, sintomático, de acto fallido o cosas similares— en conflicto crearía una dinámica de represión. Ese conflicto puede ser de orden tópico (en el primer tópico, entre Inconsciente, Preconsciente y Consciente) o de orden pulsional (entre pulsión oral, pulsión anal, pulsión sexualizada, pulsión simbólica, etc.), o incluso puede tener la naturaleza de los conflictos personológicos de la triangulación edípica (identificación, etc.). O puede no tener nada que ver con eso. Un ejemplo esclarecedor es el sueño. La experiencia del sueño pasa por «grados» sucesivos de lectura, cada vez más reduccionistas. La cuestión se plantea en términos de agenciamiento de enunciación y no de interpretación. Hay al menos dos, tres o cuatro fases en esa experiencia, dos, tres o cuatro agenciamientos. En la primera fase, que yo llamaría «fase de semiotización onírica propiamente dicha», tenemos cierto agenciamiento de enunciación que se caracteriza por no pertenecer a las coordenadas espacio-temporales que manejamos en sociedad. Vamos a denominarlo A. Llamo la atención porque esa semiotización no es forzosamente individuada: frecuentemente, percibimos en la experiencia del sueño, que podemos ser muchos personajes al mismo tiempo, pasando de uno a otro en una suerte de encadenamiento. Despertamos y pasamos al segundo agenciamiento, que llamaré B, en el cual se retoma el material semiótico del nivel A. Notamos que el pasaje de un agenciamiento a otro se organiza según un fenómeno de compresión general de las coordenadas semióticas. Aquel mundo infinitamente rico y diferenciado en el cual estábamos zambullidos apenas un segundo antes, aquella especie de fenómeno de implosión, va perdiendo a cada segundo su riqueza pseudodiscursiva, se va vaciando gradualmente de sustancia. Es como el universo en expansión, universo en el que son preservados algunos fragmentos y son olvidados algunos otros que quizá luego son recordados y anotados. Se constituye así un tercer agenciamiento, el de rememoración. Nos sorprendemos al constatar que los pocos elementos de complejidad del sueño que pudimos preservar se revelan en sí mismos extremadamente ricos. Es en este preciso aspecto donde se sitúa el descubrimiento freudiano de la interpretación de los sueños: un pequeño fenómeno semiótico de nonsense puede tener el papel de núcleo semántico capaz de funcionar como polo de atracción, a través de la asociación de las más diversas líneas. En el nivel B teníamos un fenómeno de expansión y expulsión de significaciones, considerando que en este tercer nivel tenemos un tipo de fenómeno de atracción, contracción y concatenación de significaciones. La enunciación oral para un interlocutor en una situación determinada —por ejemplo contar su sueño a su esposa en el desayuno— constituye un cuarto agenciamiento. Aquí ya dejamos de lado toda una serie de afectos, de sentimientos y de impresiones.


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Otra enunciación incluso, diferente de esa, sería la que es dirigida a un psicoanalista. Es como si no fuese el mismo sueño: otro agenciamiento, otra materia de expresión. Podríamos inventar aun otros agenciamientos de enunciación, otras constelaciones de universo, siempre a partir del simple elemento de singularidad que es la producción semiótica de un sueño. Podemos, por ejemplo, utilizarlo en la escritura de una novela, o incluso en otro sueño, en el cual eventualmente habría un sentimiento de «déjà rêvé» —de haber tenido el mismo sueño antes. Sin embargo, aquí no se trata de interpretar: esos diferentes modos de semiotización no se plantean en una relación de conflicto o represión entre un supuesto sentido latente y otro manifiesto. No hay un sentido latente, deformado, una significación verdadera a la espera de una interpretación que vendría a desnudarla. Ningún sistema de significación tiene primacía sobre los otros. El agenciamiento A es tan verdadero como el B, el C o el D. Simplemente no son de la misma naturaleza, no provienen de un mismo sistema de semiotización. En el pasaje de uno a otro se produce una ruptura del agenciamiento. La cuestión es saber que existen diferencias entre los distintos sistemas de semiotización, y no reducir uno al otro, considerando por ejemplo el agenciamiento E, la enunciación al psicoanalista, como aquel que ilumina la verdad de todos los otros. Yo diría que la verdad, aquí, apenas se torna Deseo e historia funcional. ¿Para qué sirve ese soñar del nivel A? ¿Para qué sirve contar mi sueño en el desayuno? ¿Qué genera, en términos de productividad o improductividad, el hecho de contar un sueño a un psicoanalista?


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Sin querer extenderme en este ejemplo, me gustaría enfatizar que la perspectiva que sitúa la problemática del inconsciente en las enunciaciones y no en los enunciados —o, más precisamente, en los agenciamientos de enunciación—nos permite como mínimo economizar dualismos, tanto los del tipo «contenido manifiesto y latente» como aquellos que hablan de una «toma de poder sobre las significaciones» —sea por parte del yo o de un psicoanalista que interpreta. Si ya en el ejemplo del sueño este problema se vuelve complejo, todo se complica aun más en el caso de otros objetos psíquicos como los contextos de realidad social o de productividad artística. Allí la diferenciación entre los agenciamientos es aun más patente. En el ejemplo del sueño sólo tenemos tres personajes: el «yo» del despertar, la interlocutora del desayuno y eventualmente el psicoanalista. En otros sistemas de agenciamiento entran instituciones complejas, equipamientos de trabajo, equipamientos de modelización de los sentidos, sistemas de máquinas. Las significaciones —el habla, la escritura— están cada vez menos restringidas al espacio de relación entre los individuos y cada vez más mediadas por sistemas maquínicos, no sólo explícitos (una grabadora, por ejemplo) sino también invisibles (esquemas de comportamiento, referenciales, máquinas de identificación —en definitiva, toda una serie de elementos de significación social que dirigen, literalmente, las ideas y las actitudes). En otras palabras, en un agenciamiento de enunciación entran todos los modos de producción de subjetividad, sea cual sea el nivel en el que nos encontramos: pequeños grupos, instituciones o grandes conjuntos lingüísticos nacionales. El inconsciente, aquí, es considerado como una producción singular de enunciados, de afectos, de sensibilidad, siempre resultante del entrecruzamiento de diferentes agenciamientos. Un ejemplo de esto es el núcleo de singularidad intensiva que emergía en el sueño reciente y que se producía en diversos registros de expresión: los agenciamientos A, B, C y D.


Extraído del blog de Deleuze
http://deleuzefilosofia.blogspot.com/

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