28 de junio de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: sexta entrega

Sueño con un surrealismo de ojos calmos. Los furiosos no disuelven las catástrofes; los furiosos son incitados a procurar un refugio largo de ellos. Reivindico, por lo tanto, el escándalo de la dulzura, una tormenta delicada y suave, una tormenta comprometida con Eros. La pedagogía demanda actitudes mágicas. Ellas son siempre serenas. La magia es una energía aplicada, que disuelve las máscaras censuradoras, las observaciones del mundo en régimen de prisión, los gritos fóbicos, todo por el poder de la serenidad. La serenidad es la estética de la argumentación. La tranquilidad es retórica. Estamos delante de la revolución delicada, de la agresión tranquila de una flor. Es también la serena lucha por la dignidad de la vida que Gandhi practicó. El surrealismo no deja de ser una estrategia terapéutica. Los actos surrealistas precisan ser terapéuticos. No podemos, entonces, creer que el discurso de terapeuta es siempre una interpretación serena del habla de lo analizado. Imaginemos los estragos que produciría un terapeuta exaltado. Como quedarían nuestras neuronas si fuésemos analizados por un tornado? El surrealismo es una estrategia de transformación de las angustias en serenos actos emancipatorios. Para Bachelard la poesía es una metafísica instantánea. El poema debe darnos una visión del mundo y de los secretos de los deseos. En cuanto a todas las experiencias metafísicas, son preparadas por interminables prólogos, la poesía recusa preámbulos, principios, métodos, pruebas. Lo máximo, apunta Bachelard, tiene necesidades de un preludio de silencios. Produce su instante haciendo callar los trinados del museo de las creencias del saber, aquellas ideas que dejarían en el alma del lector una continuidad de pensamiento o de murmullo. El piensa que para constituir un instante complejo, para actuar, en este instante, numerosas simultaneidades, es que el poeta destruyó la continuidad simple del tiempo encadenado. El poeta detiene metafísicamente el tiempo en el instante poético para crear.. el saber de un sueño diurno. En lo mínimo, ese sueño es la conciencia de una ambivalencia: una ambivalencia excitada, activa, mágica. La poesía nos enseña a vivir el tiempo de la contradicción escondido en cada instante: la surrealidad tal como es propuesta por Breton. Ese es el saber que se procura en una pedagogía del imaginario, una didáctica del sueño, en los sueños del surrealismo pedagógico, una pragmática de la singularidad, una didáctica de la seducción, una enseñanza carnavalizada. En las múltiples avenidas de una afectividad inventiva, sin nada que esperar del paso de las horas, el poeta; el profesor ilusionista, reniega los fantasmas del saber. “Para vivir es preciso siempre traer fantasmas”, dice Bachelard. Para esto es necesario hacer la terapia del conocimiento. Un mundo para ser despertado, un mundo mostrando que las contradicciones íntimas son las que llevan a la claridad del saber. Se aprende en la magia de las contradicciones. Se aprende en el sueño. Por eso el profesor surrealista debe enseñar a soñar. Por eso el es un ilusionista que propone la lucidez como práctica revolucionaria. Estamos delante del poder del juguete. El sueño didáctico es siempre lúdico, carnavaliza el funcionamiento normal de las luces cartesianas. Por que no podemos esperar de los indicios del sueño lo mismo que esperamos de la iluminación cartesiana? Por qué los juegos lúdicos no pueden servir para ayudarnos a resolver cuestiones fundamentales de la vida?
Como dice la canción: soñar es preciso.

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