24 de marzo de 2014

La perspectiva del poder - Vaneigem



La perspectiva del poder


 El insignificante significado


Raoul Vaneigem

  
    La historia actual recuerda a ciertos personajes de dibujos animados, a los que una alocada carrera arrastra repentinamente por encima del vacío sin que se den cuenta, de modo que sólo la fuerza de su imaginación les permite flotar a tanta altura; pero cuando se aperciben de ello, caen inmediatamente.

    Al igual que los personajes de Bosustov, el pensamiento actual ha dejado de flotar por la fuerza de su propio espejismo. Lo que antes lo había elevado, hoy lo rebaja. A todo correr se lanza al encuentro de la realidad que lo romperá, la realidad cotidianamente vivida.


   ¿La lucidez que se anuncia posee una esencia nueva? No lo creo. La exigencia de una luz más viva sigue emanando de la vida cotidiana, de la necesidad, percibida por todos, de armonizar su ritmo de paseante y la marcha del mundo. Contienen más verdades las veinticuatro horas de la vida de un hombre que todas las filosofías. Ni un filósofo consigue ignorarlo, por más menosprecio con que se trate; y este menosprecio se lo enseña la consolación de la filosofía. A fuerza de girar sobre sí mismo, aupándose sobre sus hombros para lanzar más alto su mensaje al mundo, el filósofo acaba por captar este mundo al revés; y todos los seres y todas las cosas se encuentran al revés, cabeza abajo, para persuadirlo de que él es quien se encuentra de pie, en buena posición. No obstante permanece en el centro de su delirio; no comprenderlo sólo sirve para hacer más incómodo su delirio.

   Los moralistas de los siglos XVI y XVII reinan sobre un amasijo de banalidades, pero su cuidado por disimularlo es tan grande que edifican en torno a aquéllas todo un palacio de yeso y especulaciones. Un palacio ideal abriga y aprisiona la experiencia vivida. De ahí surge una fuerza de convicción y de sinceridad que el tono sublime y la ficción del “hombre universal” reaniman, pero con un perpetuo aliento de angustia. El analista se esfuerza por escapar de la esclerosis gradual de la existencia mediante una profundidad esencial; y cuanto más se abstrae de sí mismo, expresándose según la imaginación dominante de su siglo (el espejismo feudal en el que se unen indisociablemente Dios, el poder real y el mundo), tanto más su lucidez fotografía el rostro oculto de la vida y tanto más inventa la cotidianeidad.

   La filosofía de la Ilustración acelera el descenso hacia lo concreto a medida que lo concreto es de alguna manera llevado al poder con la burguesía revolucionaria. De las ruinas de Dios, el hombre cae a las ruinas de su propia realidad. ¿Qué ha ocurrido? Más o menos esto: diez mil personas están ahí persuadidas de haber visto elevarse la cuerda del faquir, mientras que otros tantos aparatos fotográficos demuestran que no se ha movido ni una sola pulgada. La objetividad científica denuncia la mistificación. De acuerdo, pero ¿qué muestra? Una cuerda enrollada que no tiene el menor interés. Me siento poco inclinado a escoger entre el placer dudoso de ser engañado y el aburrimiento de contemplar una realidad que no me concierne. Una realidad sobre la que no tengo influencia, ¿no equivale a la vieja mentira renovada, el último estadio de la mistificación?
   Ahora los analistas están en la calle. La lucidez no es su única arma. ¡Su pensamiento ya no corre el peligro de aprisionarse en la falsa realidad de los dioses ni en la falsa realidad de los tecnócratas!

  Las creencias religiosas ocultaban el hombre a sí mismo, su bastilla los encerraba en un mundo piramidal en el que Dios era la cumbre y el rey la altura. Ojalá hubiera aparecido en el 14 de Julio suficiente libertad sobre las ruinas del poder unitario para impedir que las propias ruinas construyeran una prisión. Bajo el velo lacerado de las supersticiones no apareció, como soñaba Meslier, la verdad desnuda, sino la liga viscosa de las ideologías. Los prisioneros del poder parcelario no tienen más recurso contra la tiranía que la sombra de la libertad.

   Ni un gesto, ni un pensamiento que no se enzarce hoy en la red de los tópicos. La lenta recaída de ínfimos fragmentos salidos del estallido del viejo mito esparce por doquier el polvo de lo sagrado, un polvo que enferma de silicosis el espíritu y la voluntad de vivir. Las presiones han pasado a ser menos ocultas, más groseras, menos poderosas, más numerosas. La docilidad ya no emana de una magia clerical, procede de una multitud de menudas hipnosis: información, cultura, urbanismo, publicidad, sugestiones condicionantes al servicio de todo orden actual y futuro. Es, atado el cuerpo por todas partes, Gulliver, tumbado en la orilla de Liliput, decidido a liberarse, paseando en torno a él su atenta mirada; el menor detalle, la menor aspereza del suelo, el menor movimiento, no hay nada que no revista la importancia de un índice del que dependerá su salvación. En lo familiar nacen las más seguras posibilidades de libertad. ¿Ocurrió alguna vez de manera distinta? El arte, la ética y la filosofía lo demuestran: bajo la corteza de las palabras y de los conceptos, aparece siempre la realidad viva de inadaptación al mundo, agazapada, pronta a saltar. Ya que ni los dioses ni las palabras consiguen hoy cubrirla púdicamente, esa banalidad se pasea desnuda por las estaciones y los solares; se os acerca a cada recoveco de vosotros mismos, os coge por el hombro, por la mirada; y comienza el diálogo. Hay que perderse en ella o salvarla consigo mismo.

    Demasiados cadáveres adornan los caminos del individualismo y del colectivismo. Bajos dos razones aparentemente opuestas reinaba un mismo bandolerismo, una misma opresión del hombre abandonado. Sabemos que la misma mano que sofoca a Lautreámont estrangula a Serguéi Esenin. Uno muere en el apartamento del propietario Jules-François Dupuis, otros se ahorca en un hotel nacionalizado. En todas partes se cumple la ley “no hay un arma de tu voluntad individual que, manejada por otros, no se vuelva inmediatamente contra ti”. Si alguien dice o escribe que ahora conviene sustentar la razón práctica en los derechos del individuo y sólo del individuo, se condena en sus opiniones si no incita inmediatamente a su interlocutor a sustentar por sí mismo la prueba de lo que acaba de decir. Ahora bien, dicha prueba sólo puede ser vivida y empuñada desde dentro. Por ello no hay nada en las notas siguientes que no deba ser experimentado y corregido por la experiencia inmediata de cada cual. Nada tiene tanto valor que no deba ser recomenzado, nada tanta riqueza que no deba ser enriquecido incesantemente.

   De la misma manera que se distingue en la vida privada entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que es y hace realmente, no hay nadie que no haya aprendido a distinguir entre la fraseología y las pretensiones mesiánicas de los partidos y su organización, sus intereses reales; entre lo que creen ser y lo que son. La ilusión que un hombre mantiene sobre sí mismo y sobre los demás no es básicamente distinta de la ilusión que grupos, clases o partidos alimentan en torno a sí y en sí mismos. Más aún, surgen de una única fuente: las ideas dominantes, que son las ideas de la clase dominante, incluso bajo su forma antagónica.

    El mundo de los ismos que envuelve a toda la humanidad o a cada ser en particular, no es más que un mundo privado de la realidad, una seducción terriblemente real de la mentira. El triple aplastamiento de la Comuna, del movimiento espartaquista y de Kronstadt la roja ha mostrado de una vez por todas a qué baño de sangre conducían tres ideologías de libertad: el liberalismo, el socialismo, el bolchevismo. No obstante, para que sea comprendido y admitido universalmente ha sido necesario que formas bastardas o amalgamadas de estas ideologías vulgaricen su atrocidad inicial mediante costosas demostraciones: los campos de concentración, la Argelia de Lacoste, Budapest. A las grandes ilusiones colectivas, hoy en día exangües a fuerza de haber hecho derramar sangre humana, suceden millares de ideologías parcelarias vendidas por la sociedad de consumo como otras tantas guillotinas portátiles. ¿Será precisa tanta sangre para demostrar que cien mil pinchazos de aguja matan tan certeramente como tres golpes de maza?

   ¿Qué tendría yo que hacer en un grupo de acción que me impusiera dejar en el vestuario no digo algunas ideas -pues serían mis ideas las que me inducirían a unirme al grupo en cuestión- sino los sueños y los deseos de los que jamás me separo, o una voluntad de vivir auténticamente y sin límites? Cambiar de aislamiento, cambiar de monotonía, cambiar de mentira, ¡qué más da! Donde la ilusión se convierte en insoportable. Ahora bien, éstas son las condiciones actuales: la economía no cesa de empujarnos a consumir más y más, a consumir sin tregua; el cambio de ilusión a un ritmo acelerado disuelve poco a poco la ilusión de cambio. Uno se encuentra solo, sin haber cambiado, congelado en el vacío producido por una cascada de gadgets, de Volkswagen y de pocket books.

    Las gentes sin imaginación se fatigan de la importancia conferida al confort, a la cultura, a las diversiones, a lo que destruye la imaginación. Lo cual significa que no se cansan del confort, la cultura o de las diversiones, sino del uso que de ellos se hace y que impide precisamente disfrutarlos.

    El estado de abundancia es un estado de vouyerismo. A cada cual corresponde su caleidoscopio: un ligero movimiento de los dedos y la imagen se transforma. Se gana de todas las maneras: dos frigoríficos, un Dauphine, la televisión, un ascenso, tiempo que perder...Después la monotonía de las imágenes consumidas toma ventaja, nos remite a la monotonía del gesto que las suscita, a la ligera rotación que el pulgar y el índice imprimen al caleidoscopio. No había un Dauphine sino tan sólo una ideología sin relación – o casi- con la máquina automóvil. Atiborrado de “Johnny Walker, el whisky de élite”, se padecía, en extraña mezcla, el efecto del alcohol y de la lucha de clases. Ya no hay nada de que extrañarse, ¡éste es el drama! La monotonía del espectáculo ideológico nos remite ahora a la pasividad de la vida, a la supervivencia.  Más allá de los escándalos prefabricados aparece un escándalo positivo, el de los gestos desprovistos de su sustancia en favor de una ilusión cuyo atractivo perdido hace cada día más odiosa. Gestos fútiles y apagados a fuerza de haber alimentado brillantes compensaciones imaginarias, gestos pauperizados a fuerza de enriquecer elevadas especulaciones donde entraban como criadas para todo, bajo la infamante categoría de trivial y banal, gestos ahora liberados y desfallecientes, dispuestos a extraviarse de nuevo, o a perecer bajo el peso de su debilidad. Helos aquí, en cada uno de vosotros, familiares, tristes, nuevamente entregados a la inmediata y móvil realidad, que es su medio espontáneo. Y contemplaos extraviados y entrampados en un nuevos prosaísmo, en una perspectiva donde lo próximo y lo lejano coincidan.


    Bajo una forma concreta y táctica, el concepto de lucha de clases ha constituido la primera reagrupación de los choques y desajustes vividos individualmente por los hombres; ha nacido del torbellino de sufrimientos que la reducción suscitaba en todas las sociedades industriales. Ha surgido de una voluntad de transformar el mundo y de cambiar la vida.

  Un arma así exigía un perpetuo reajuste. Y, en cambio, ¿no vemos ya como la I Internacional vuelve la espalda a los artistas, basando exclusivamente sobre las reivindicaciones obreras una programa que Marx, sin embargo, había demostrado hasta qué punto interesaba a todos los que buscaban, en su rechazo a ser esclavos, una vida rica y una humanidad total? ¿Acaso Lacenaire, Borel, Büchner, Baudelaire, Hölderlin no significaban también la miseria y su rechazo radical? En cualquier caso, el error reviste proporciones delirantes desde el momento en que, menos de un siglo más tarde, la explotación de la fuerza de trabajo está englobada en la explotación de la creatividad cotidiana. Una misma energía, arrancada al trabajador durante horas de fábrica o sus horas de ocio, hace girar las turbinas del poder, turbinas que los detentores de la vieja teoría lubrifican beatamente con su contestación formal.

   Los que hablan de revolución y de luchas de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y de positivo en el rechazo de las obligaciones, tienen un cadáver en la boca.
(...)


Fragmento - Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones - 
Raoul Vaneigem
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