23 de enero de 2013

Vivencias en el apartamento de Maipú: Latinoamérica es un universo en emergencia...


Róbame otra vez


por  José Luis Serrano


Tamtum fibula catenae sumus. Somos sólo eslabón de una cadena. Mi padre había muerto. El niño que llevaría su mismo nombre y apellido llevaba cinco lunas en el vientre de una mujer.


Antes de nacer ya lo quería con el amor de la sangre, pero ¿cómo renunciar a la invitación de Bordalí para impartir una conferencia en la Universidad Austral de Chile? ¿Acaso no eran aquellas las tierras lluviosas de Confieso que he vivido? Mi compadre, Sergio Cademartori, me esperaba en una probable escala brasileña en la isla de Santa Catarina; mi amigo Luis Alberto Warat me ofrecía las llaves de su apartamento de Buenos Aires (él por aquellas fechas deambulaba por Italia). La otra única razón para declinar la invitación me la daba por entonces un amigo sabio:

—No vayas a Latinoamérica —me dijo—, porque puede que no vuelvas. España es un país gastado y Latinoamérica es un universo en emergencia.

Durante el viaje recordé cinco veces la advertencia de mi amigo: por primera vez cuando bajé del avión en el aeropuerto de Santa Catarina. Era abril, en Europa comenzaba la primavera, en Brasil terminaba el verano y yo, con aquel polo oscuro y aquella chaqueta negra, me sentí como un hidalgo castellano bajando de un galeón. Recordé la advertencia por segunda vez en la playa, apretando el acelerador de aquella moto náutica, tumbado en la arena amarilla con una caipirinha en la mano, oyendo el relato de las ballenas que viajan brillando por la línea del horizonte. ¿Acaso podría volver a bañarme en las costas grises del mediterráneo? Recordé la frase de mi amigo por tercera vez en Santiago de Chile: visité el Palacio de la Moneda y entreví al presidente Allende tumbado en el suelo, metralleta en mano, hablando de las alamedas por Radio Magallanes. Por cuarta vez, cuando ya estaba en Valdivia y vi con mis propios ojos a Pancho, un lobo marino que subía cada día por el río y aguardaba en la ribera del mercado hasta que un sabio catalán, llamado Jesús, exiliado republicano, le arrojaba su alimento.

Eran ya tres semanas lejos de casa y, a veces, en la soledad de los hoteles, colgaba el teléfono aliviado porque ni el niño había nacido, ni nadie parecía sentir mi ausencia. Debía volver, pero antes tenía que visitar Buenos Aires. Era un riesgo, pero Cortázar, Borges, tumbas y héroes me llamaban. No quería llegar en avión, mis familiares habían llegado en barco y allí estaba yo, Marcos Luis Fasterres, padre de Marcos, hijo de Lucas, sobrino de Mateo (fusilado) sobrino de Marcos (exiliado en Buenos Aires) primo de Marcos José (desaparecido en Buenos Aires), cruzando el Río de la Plata, con un habano robusto en una mano y un güisqui en la otra. Y llegaste tú, barca loca, ¡qué casualidad! ¿verdad? Veníamos los dos del congreso que Bordalí había organizado en Valdivia y los dos habíamos elegido la extraña ruta de la siempre hermosa Montevideo. No recordaba haberte visto por los pasillos del congreso, tú a mi sí, claro...

Fue aquella misma noche cuando recordé a mi amigo por quinta vez, en el apartamento que me había cedido Warat, en la esquina de Maipú con Córdoba. Envuelto en tus brazos grandes, embadurnándote con miel, chupándote entera... Tardé varias horas en descubrir tu tatuaje. Te hizo tanta gracia mi demora que lo celebraste cabalgándome como una princesa india, de espaldas, para que yo pudiera disfrutar de los detalles de aquel pequeño dragón azulado que se movía como una serpiente. Vinieron días de alcoba, paseo, cava helado y felicidad templada. Ya no estaba seducido como al principio; ahora estaba enamorado de ti.

Bueno, al menos eso creía yo, tal vez no fuese amor en el sentido grande del término pero, en todo caso, había cumplido los treinta y cinco y a esa edad los matices se esfuman. Maldita la edad en la que uno no puede pasar unos días con una mujer sin pensar en como será el resto de la vida con ella. Así que era llegado el momento de hablarte en serio de mí, de hablar en serio contigo. Lo primero sería contarte que iba a ser padre y que eso, por ahora, me parecía tan grande que acaso bastase para suspender aquellos días de sábanas y miel. "Llegas demasiado tarde, princesa"-pensé decirte como conclusión, pero no te lo dije. Dí un rodeo: juristas los dos, te propuse conversar sobre consanguinidad y afinidad. "¿Estás de acuerdo, Liana, -te pregunté una vez- en que el amor de sangre es más fuerte que el amor de carne y que por ello merece un tratamiento jurídico diferente?". No me entendías y te reías. En las facultades brasileñas no se estudiaba Derecho canónico y tu risa me desarticulaba. Probé con el cine, hablamos de Cabaret. En una escena del final de la película, desnudo y con corbata él, rodeados de velas ambos, ella le pregunta algo así como: ¿qué sería de nuestro amor en una vivienda de protección oficial? Ya te habían dicho que te parecías a Liza Minelli, esa fue tu única respuesta y te reías. "Será en la cara o en el corte de pelo -dije yo-, porque tu cuerpo no tiene nada de menudo". Te reíste más fuerte. Siempre reías y así era imposible hablar de lo que yo -profesor dedicado al estudio de la planificación y las reformas del estado- quería hablar: del futuro.
Llegaron después otros días para visualizar la música y para probar sustancias amerindias eludidas -como tú decías- al prohibicionismo gringo, sustancias que me relajaron y me mostraron los placeres de la demora en el amor sin límite. Con la conciencia adormecida, iba siendo cada vez más banal mi duda existencial: volver a Granada porque iba a ser padre, quedarme en Latinoamérica contigo porque creía amarte.

Dormíamos hasta mediodía, desayunábamos pizza argentina, bajábamos al locutorio telefónico. Tu padre vivía en Curitiba dedicado, según tú, a la barbacoa, la caipirinha y el chiste fácil; tu madre en Brasilia con un senador. A veces yo telefoneaba a Granada para asegurarme de que nada se inmutaba por allí. Sin decírtelo, un día llamé también a Porto Alegre, hice gestiones con el vicerrector amigo de una universidad privada: me dijo que no era descabellado esperar que me contratasen como profesor si yo se lo pedía de manera formal.

El sueldo, sería similar al que cobraba en España. Si tú querías podríamos vivir juntos. La decisión maduró y la tomé en firme aquella misma tarde: me quedo. Así, de una vez, ya estaba bien de darle tantas vueltas a las cosas. Te lo diría en la cena. El gran amor llega sólo una vez y yo lo acababa de vivir contigo. Mi hijo, dentro de algunos años, lo entendería. El restaurante de Maipú con Córdoba, era perfecto para una declaración contemporánea de amor: posmoderno, almodovariano, minimalista y mestizo. Fuí al lavabo para despejar mi cara con agua fría, siempre lo hago cuando juego al póquer y cuando tengo que hablar de algo serio. Con la copa de la sobremesa te expondría mis planes. Tú eras brasilera y tal vez preferirías vivir en Porto Alegre, pero también podríamos quedarnos aquí en Buenos Aires. Yo viajaría todos los lunes y volvería los jueves. También podríamos pensar en buscar trabajo en tu ciudad, Curitiba. Cuando volví a la mesa no estabas. Pensé que tú también habrías entrado a los lavabos. Había una flor sobre mi servilleta. Pedí un güisqui. Dibujé en un papel un mapa del cono sur: Buenos Aires, Montevideo, Porto Alegre, Curitiba y la isla de Santa Catarina.

Contorneé los puntos y escribí tu nombre, como si fueses un continente. Tal vez estarías hablando por teléfono. Bebí el güisqui en un instante y encargué otro. Ya sólo dudaba entre Buenos Aires y Curitiba. Tú decidirías. Apenas volvieses, antes de sentarte, yo te interpelaría: ¿Buenos Aires o Curitiba? Responde rápido y sin pensar. Tu elegirías riendo como siempre y después yo te diría que acababas de decidir la ciudad de nuestro futuro. Como tardabas en volver, me dio tiempo a soñar despierto que vivía contigo y que un niño de diez años venía a conocerme. Era mi hijo y su rostro era el de la foto de mi primera comunión, yo lo abrazaba y pensaba si no me habría equivocado aquella noche de 1994 en la que decidí quedarme contigo en Latinoamérica como estaba predicho por un amigo sabio y augur.


Un par de cigarrillos más tarde pedí la cuenta. A aquella hora, según la policía, el apartamento de Warat ya había sido vaciado. Mi chaqueta negra seguía en el espaldar del asiento. Mi cartera no estaba. Te llamabas Liana Lins. Ahora tengo tres hijos. El mayor, Marcos, termina este año el bachillerato. Dicen que se parece a mí y eso, entre otras cosas, me hace moderadamente feliz.



Domingo, 19 de Mayo de 2002
Ultima modificación el Sábado, 21 de Mayo de 2011



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