22 de febrero de 2010

Retomando a Onfray


Michel Onfray

Obsesiones de un filósofo hedonista


Su desembarco en el panorama del pensamiento francés fue una bocanada de oxígeno que pensaba por fuera de las tres grandes figuras del postestructuralismo, Foucault, Derrida y Deleuze. “Política del rebelde” y “La construcción de uno mismo” significaron la revelación de una filosofía vital, provocadora, radical, libertaria y antiacadémica. Ahora publica “La filosofía feroz”, un conjunto de artículos que continúa su último fetiche: la crítica de las religiones esbozada en el “Tratado de ateología”.

Por Luis D. Fernandez

Sí, lo sé, profeso un anticristianismo primario…” Así abre el artículo “¡Enseñar el hecho ateo!”, de Michel Onfray, en La filosofía feroz, y quizá sirva para calificar la última etapa de su pensamiento. La filosofía feroz es un conjunto de artículos, denominados “Ejercicios anarquistas” por el filósofo, sobre una diversidad de temas que encierran básicamente sus obsesiones: la religión, la política, el hedonismo, la gastronomía y las izquierdas y derechas. Un libro menor en comparación con el resto de sus obras, pero que funciona o puede funcionar como un momento de inflexión o balance de su programa filosófico.

La aparición de Michel Onfray en el panorama filosófico francés fue una brisa fresca que ayudó a quitarle el corset a la Zeigeist del postestructuralismo de las tres grandes figuras (Michel Foucault, Jacques Derrida y Gilles Deleuze). De alguna manera, su pensamiento abría una nueva manera de pensar, antiacadémica, ligada, en cierto sentido, a la tradición sartreana. Posicionado como un nietzscheano de izquierda, emparentado con los planteos de Georges Bataille, el programa filosófico de Onfray se constituía como una vuelta sobre el desarrollo de un ética como estética de la existencia, combinando elementos del pensamiento anarquista más radical, del dandismo, el hedonismo y el libertarismo.

Sin dudas, la aparición de Política del rebelde y La construcción de uno mismo significó una sorpresiva revelación de una filosofía vital, con grandes ideas, provocadora, original, bien escrita, antiacadémica y sólidamente argumentada. El pensamiento de Onfray se abría paso citando y embebiéndose de un corpus original y diverso. Un corpus que iba desde los cínicos y cirenaicos hasta Georges Palante, desde los condottieres del Renacimiento hasta el pensamiento anarquista de derecha de Ernst Jünger y Max Stirner, desde el dandismo de Baudelaire hasta el accionismo vienés. Estimulante por donde se lo viera.

Vivo y original. Provocador. Heredero legítimo de la recepción francesa que tuvo el pensamiento de Nietzsche en el siglo XX (quizás el lugar donde mejor recepción tuvo junto con Italia). Construyendo una teoría anarquista y hedonista que tenía en la filosofía nietzscheana un disparador, pero siempre desde una izquierda no dogmática, donde el propio Nietzsche aparecía cruzado con Bakunin o hasta con Marx. Esa mirada lasciva, lúcida y fuertemente filosofal, lo ponía en un lugar de privilegio para un espacio de pensadores que no encuentran una fácil ubicación: demasiado elaborado para ser un ensayista o divulgador, claramente antiacadémico e institucional para ser un exégeta. Algo así como lo que Gilles Deleuze decía de los verdaderos filósofos: “Creadores de conceptos”.

Los últimos años han tenido a Michel Onfray focalizado en el análisis y, básicamente, en el enfrentamiento con las religiones monoteístas (y con el deísmo en general). En cierto sentido, La filosofía feroz viene a continuar algunas ideas ya planteadas en el Tratado de ateología de un modo más veloz y periodístico. Pero también lo que resulta evidente es que la gran elaboración conceptual que tenía el “primer Onfray” parece desaparecer en aras de una diatriba cada vez más violenta y poco argumentada en contra de la religión. Onfray parece haber colocado todo su esfuerzo en la crítica sistemática y “primaria” (como él mismo dice) de la religión.

Esta cruzada atea, precisamente, corre el riesgo de volverse una “cruzada” fanática contra las religiones. En sus últimos libros, Onfray ha perdido ese brillo renacentista y esa lucidez argumentativa genial. Donde no hacía falta destruir de un modo tan tosco la religión (con argumentos, por cierto, que la propia religión suele usar contra los ateos), sino simplemente exponer una filosofía del amor al cuerpo, lo sensual y la libertad. En este aspecto, el libro más anticristiano de Onfray no es ni el Tratado de ateología ni La filosofía feroz, sino La construcción de uno mismo.

Allí Onfray describe la moral de la virtud renacentista, sus fundamentos y sus continuadores, en detrimento de la moral represiva y resignada del cristianismo. Y lo hace con fineza argumentativa, sin la necesidad de exponer furiosamente sus planteos. Mostrando que la indiferencia leve de un Montaigne es en verdad la mejor muestra de la insignificancia de la religión. Inversamente, al poner tanto énfasis en el hecho religioso, Onfray está otorgándole mayor importancia, volviéndose contraproducente para sus propias ideas.

Quizá La filosofía feroz dé cuenta de un momento de su pensamiento o bien de que su mejor momento ya pasó o también de haber encontrado una especie de especialización: la crítica a la religión. De ser esta última la verdad, habría que lamentarse por la pérdida de un pensador provocador y lúcido.

Fuente: Diario Perfil

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