8 de julio de 2009

Manifiesto del surrealismo jurídico: décimo segunda entrega

A veces, eso perturba lo que se quiere decir. No percibimos la diferencia de las generaciones, a las que, habitualmente, hablamos en una sala de aula. Eso nos desorienta. Nuestro individualismo nos hace pensar muchas veces que poseemos el don de una palabra mesiábuca. Pensamos que estamos predestinados a transformar, con nuestra palabra, el mundo. Son nuestras defensas maníacas, que muchas veces hablan mas fuerte que nuestra voluntad consciente. Observo, en mi día a día, como mi narcisismo traiciona mis objetivos existenciales, no me deja ser fiel a mi mismo y, consecuentemente, con los objetivos que me propongo para encarar mi propia vida. Tal vez el narcisismo sea la enfermedad profesional de los que enseñan, no sé. Lo cierto es que clavando el inconformismo, se tiene también mucho poder sobre los otros y no se reuncia a contratar con la institución universitaria. Nos engañamos a nosotros mismos cuando secretamente decimos que estamos ahi y nos quedamos para intentar que las cosas cambien. Estamos delante de un sentimiento de omnipotencia que esconde otras razones.
Estoy escribiendo casi automáticamente y no voy a releer lo que coloqué en el papel. Quiero dejarlo así como está. Es una confesión sobre los peligros del surrealismo de este texto.
Los críticos de la cultura se alimentan de esa crítica, viven en función de ella. Muchos de ellos no consiguen hablar de otra cosa. No se trata de entender el mundo sino de vivirlo. Caso contrario, el profesor termina siendo una víctima de las teorías. Tengo amigos que hacen la crítica del saber instituído, desprecian los alumnos y los ignoran magistralmente.
Nadie me necesita de la manera en que yo pienso ser necesario. Yo pienso que me necesitan para dar de comer a mi narcisismo. Mientras tanto, lo estudiantes necesitan de ayuda. Nadie los ayuda autoproclamandose un fetiche ofreciendose como un objeto para idolatrar, mostrando, enigmáticamente, que existe un lugar (en donde el crítico parece vivir) donde las miserias del mundo fueran vencidas. Las palabras del profesor nunca le dan la llave para entrar en ese paraíso alternativo.
Por lo general, el profesor, que ocupa el lugar de un gran inconformista, habla de las miserias del mundo y se va. Los alumnos se quedan peores, tan solo con el placer masoquista que dá cierto sufrimiento. El placer muy "argentino" de sentirse, en el fondo, bien en las situaciones de angustia.
Ayudar al alumno es darle condiciones para crecer a partir de sus propia historia y de las condiciones en que se encuentra. Generalmente el profesor busca que el alumne lo copie, intenta que el alumno sea su doble. En el fondo, no se respetan las diferencias. Muchas veces se habla de estimular la creatividad del alumno, pero se quiere que el alumno sea creativo de una manera semejante a la que practica el profesor. Es una creatividad vigilada.
Tengo un colega de la universidad que tenia un alma profundamente bahiana, pero que necesitó asumir las máscares de un lord inglés para sobrevivir en la universidad. Era una máscara de rasgos eruditos con los que cubría el erotismo de su imagen. Esa máscara, que le permitió adquirir el aspecto de un hombre frío y distante, terminó quedándose pegada a su rostro, dejó de ser para él una máscara. Los profesores inconformistas corren el mismo riesgo. Su rostro puede quedarse confundido definitivamente con la máscara de insatisfacción. Lo más triste es cuando ese profesor quiere que esa máscara se haga carne en el rostro de los que escuchan.
No basta hablar a los alumnos de que es necesario pasar con armas y equipajes para el lado de los hombres. Es preciso darles la bengala que les permitirá hacer ese viaje. Por eso, la bengala es nuestra palabra. Ella está en la fuerza vital que pueden redescubrir entre ellos mismos. Toda bengala exterior termina siendo un fetiche. Los propios alumnos tienen que descubrir el saber que les devuelva la vida.
En la mayoría de las veces el profesor inconformista - el gran íconoclasta - juega a ser Dios. Simular derribar a todos los ídolos con la secreta esperanza de poder él ocupar el lugar de todos ellos. Nada se representa, sólo su palabra, el único fetiche a ser venerado.
Como un discurso de un Dios, su palabra, enigmaticamente, deja entrever la vida que precisa ser celebrada. Ella es ofrecida pero al mismo tiempo negada, ocultada por el modo enigmático en que ella es ofrecida para una contemplación ociosa.
Un poco como en estas fiestas de los swingers (swinge's party) donde todo el mundo sale mal de esas aulas inconformes.
En las orgías inventadas por la clase medica en el Capitalismo tardío, todos se sienten mal: sucios y rígidos. Porque estas fiestas son una fuga de la vida que reflejen su vida. Es una tentativa de olvidar la monotonía, de huir falsamente de la incomunicación, y de la falta de relación. Un fracaso total: el modo diferente de no comunicarse.
Lo mismo pasa en muchas de las aulas en que se intenta hacer la crítica del saber. No existe ninguna celebración de la vida. Todos continúan en el anonimato. Hablan de vivir de un modo diferente, pero no intentan aprovechar ese instante para eso... y cuando la fiesta termina cada uno vuelve a su normalidad, como siempre frenéticos, mecánicos y anónimos. Inclusive el profesor crítico vuelve a su reutina sin llamar mucho para sus propias palabras, ella son únicamente su intervalo cotidiano. La pausa que reanima.
El surrealismo debe estar atento a esto. El aula surrealista debe ser parte de la vida y no una fuga de ella. La magia y el sueño como parte de la vida y no como un olvido de las penas.
El surrealismo como estrategia para la enseñanza del Der4echo nunca puede permitir que un infierno se desate. El debe intentar la presentación supra-real de lo cotidiano para proyectar, como en una tela amplificada, algunos de los absurdos que aceptamos como parte de la llamada condición natural del hombre.
Jugando surrealisticamente como la realidad, podemos también percibir los mecanismos que se manifiestan en nuestra estructura psíquica, ayudandonos a encontrar un destino - sin censuras externas - para nuestros deseos. Es el trabajo de lo fantástico que permite ver como mucho de lo que se convenciono llamar realidad no es otra cosa que un territorio de ficciones presentadas como dadas naturalmente para conseguir que los hombres nieguen sus deseos. Fetiches que ocultan los absurdos que integran la "sensatez cotidiana".
Es importante considerar a esta altura que, a partir de un punto de vista pedagógico, por la vía de lo fantástico, puede intentarse una encuesta de los límites de los códigos académicos y epistemológicos, institucionalmente establecidos, como de las autoritarias mistificaciones de la enseñanza tradicional. El deseo situado en un hacer de cuenta, sin angustias ni alienaciones.

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